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martes, 30 de diciembre de 2025

La oficina, día 74

I. Prisa inexplicable


Aquella mujer de gorro y suéter rosas posee un rostro que oscila entre los quince y los cuarenta y siete años -cuyas facciones parecen estar envueltas en aquellos papeles arrugados y nada discretos de los regalos de navidad- estaba al fondo de la oficina.  

Leía folios que yo había llenado hace una semana, o semana y media. Llegué a la 1PM, y mi tarea era auxiliarla a la captura de datos en computadora de los registros que a mano transcribimos en formatos físicos de los datos de los archivos de la Benito Juárez. Mi letra es, casi por definición, inteligible, parece que las letras que escupe mi mano están orientadas al Este, y golpeadas con fierros. Tenía también que ayudarle a traducir mis jeroglíficos. Esta mujer con semblante tan ensimismado tenía una prisa inexplicable por acabar de capturar los 94 folios que había transcrito de las miles de cajas que había por capturar, en aquella oficina (dicho sea de paso, con un ambiente laboral tan divertido) de la Benito Juárez. A lo mejor es que era el último día del año que se trabajaba. A lo mejor es que sentía una incomodidad por tener trabajo que hacer. A lo mejor, incluso, quería darle una buena impresión al Maestro, pero nada por si mismo explica su prisa que no respondía a ningún motivo lógico. Las oficinas son así. Poseen ejemplares de lo más extraño, y mira que yo no soy un tipo precisamente normal. Llegó Alexis a la oficina y lo saludé, y esta mujer me dijo "ay, te distraes bien rápido". Primer Strike. 


II. Una cuchara en el microondas

Dije para mis adentros: subamos la intensidad, y acatemos su petición de "también fijarme en lo que ella escribía". Lo hice. Cada dos capturas presentaba un error ortográfico. No le sonaba italiano "Pestalozzi", tampoco recordaba que Sevilla va con "v". Fácilmente pasaba por alto que se nos había indicado que después de la calle se ponía una coma antes de la colonia, y que esta última iba con mayúscula. Le hacía las puntualizaciones una por una, también en los registros que a veces numeraba obedeciendo a un orden misterioso antes que al consecutivo, pero nada de eso logró perturbarme. Ni si quiera aquel absoluto y fuera de lugar "creo que aquí te equivocaste de calle", apelando a una intuición mística en la que, al tiempo que estaba allí en la alcaldía, estaba observando las calles de los alrededores, corroborando que efectivamente estaba mal yo por comprobación empírica y no por ganas de chingar, digo, de tener el trabajo en orden. Llegó su hora de comida, y metió el tupper al microondas. En seguida el olorcito a comida recalentada inundó la oficina, pero Doña Lety (la mujer más chismosa y buena onda de esta delegación) se escandalizó de que el tupper estaba tapado (eso fue irónicamente lo que nos salvó del colapso). Yo estaba capturando, y dije para mis adentros "ah, esta doña Lety otra vez exagerando, ¿qué más daría que estuviese cerrado?" Lety explicó que lo ideal era calentar las cosas sin tapa, y eso comenzó a generar sentido en mi cabeza. Como en esta chamba de Godín el microondas tiene alta demanda, doña Lety sacó la comida de la mujer, y la destapó, encontrando un hallazgo perturbador según las circunstancias. Tenía la cuchara metálica dentro. Ahí si me percaté que aquella mujer con prisa extraña y endemoniada la había cagado. El microondas estaba al lado de mí. Irónicamente sus distracciones se alinearon de manera que fueran, en un movimiento, inofensivas pero delatantes a la vez. No me quedaba claro quién era el que se distraía fácilmente para ese momento... Segundo Strike. Pero esto cerró con broche de oro. 


III. Por mis huevos me voy 

Entonces, como buen Godín que me he vuelto, aproveché la hora en que se fue mi equipo de trabajo no para descansar y comer como solía hacer hasta ese momento, sino para capturar lo que le faltaba a esta mujer porque supuse que había urgencia en entregar el registro, y porque quería descargar mi furia de alguna manera. No sé por qué se me hizo buena idea que haciéndole todo el trabajo sería la mejor manera de hacerlo. A lo mejor para, subliminalmente decirle "hago esto en menos tiempo y mejor que tú". Quien sabe, mi cabeza opera de formas misteriosas (pero descifrables, esa es la diferencia). Acabé el registro en cuarenta minutos. Mi equipo llegó en los siguientes veinte. Traían pastelito. Me comí la rebanada, comencé a cotorrear con estos sujetos, bastante divertidos. Vaya, hasta mi jefe, el Maestro (algo neurótico) no le dice que no a una carcajada y alivianarse un poco. Pero esta mujer me preguntó si ya había acabado en cuanto me vio, y le dije que sí, que hasta había corregido unos datos incompletos que yo capturé. Me desafané del asunto, y ayudé a Doña Lety a capturar, un cambio drástico porque es tan arquetípicamente señora y tan arquetípicamente chistosa que se me pasó de volada el tiempo. Y de pronto, esta mujer, faltando cuarenta minutos para la hora de la salida dijo: "adiós a todos, ya me voy", y, sin decirle al Maestro se fue. Todos quedamos boquiabiertos. Risas, chistes, memes, y júbilo condensado en una indagación acerca de sus motivos por desaparecer, sucedieron en los restantes minutos antes de abandonásemos, como equipo, la oficina. Quién sabe, a lo mejor el metro (accesible a las 4:20 PM) si esta muy lleno. Solo Dios sabrá la lógica bajo la cuál opera esa mujer. Tercer Strike. Estás fuera. 

martes, 23 de diciembre de 2025

Del elitismo, la cantera filosófica, y la sencillez de un hombre

 

I - LA CANTERA Y EL DESPERTAR

La última vez que reconocí que hechos tan grandes evidentes estaban frente a mí, pero no podía visualizarlos por mi inmadurez tenía quince años y cursaba cuarto de prepa de la Nacional Preparatoria número cinco. Curioso momento, pues fue, sin quererlo, en el que me forjé por vez primera en algo parecido a mi oficio. Mi cantera filosófica la tuve en el aula de Raúl Santos Rubio, un profesor moreno, de entradas anchas, un señor bonachón, alto, en la mitad de sus cuarentas con una panza más bien de ingeniero cuya pinta distaba de la máquina de conocimientos que realmente es. De su magia logró edificar una vida filosófica digna... Fue la primera clase que tuve en mi preparatoria, en aquel lejano 2017 y 18, sus palabras parecían proféticas desde el inicio: "de los que están ustedes aquí, apenas un tercio va a acabar mi curso, y la mitad de este grupo va a desertar", "yo sé que esta materia les vale verga, así que así están las reglas, examen, yo doy clases, y yo respondo a la actitud del grupo. Si el grupo es de la verga, yo soy de la verga, pero si el grupo es chido, nos la podemos llevar relax. Ustedes deciden." A primera instancia, un tipo duro, y yo dije "valió madres". Avanzó el curso y no tardó en suceder algo que no había visto antes con mis propios ojos en un salón de clases: este cabrón no estaba realmente dando clases la mayor parte del tiempo, estaba hablando de su vida de manera filosófica y con una retórica tan hipnótica que tenía a los veinticinco alumnos que, predijo, serían los sobrevivientes al curso, al borde de la silla, escuchando, inquiriendo por detalles de significado y de sentido, absolutamente dominados. Desde ese momento, decidí escucharlo activamente. En general, nada de la preparatoria académicamente hablando me pareció interesante. Honestamente, la finalidad más grande de mi tránsito por allí era conseguir el pase reglamentado para la carrera, pues estimaba que pasar las materias sería sencillo, confiaba en mi intelecto. Pero como suele pasarme, no es mi intelecto el que trunca mis planes ni mis ambiciones, lo hace el ego y expectativas descalibradas. Es así como si bien tuve razón, reprobé algunas materias en mi primer parcial de cuarto simplemente por subestimarlas y hacer un trabajo chapucero a la hora de la entrega. En su momento, eso solo reforzaba la idea de que lo realmente interesante no se encontraba allí, que habría un más allá que sería mi pasión y vocación verdaderas, y si bien no considero que me equivocase, Santos y sus enseñanzas fueron de las cosas que fueron generando en mi mente las preguntas detonadoras para definir mi rumbo una vez que saliera de la ENP. Y claro, de lo valioso académicamente hablando para su momento y posteridad. En el 2018, muy diferente a lo que ahora me caracteriza, no era un sujeto tan vocal, las opiniones de las cosas y la vida me las guardaba más para mí, y en general no comenzaba conversaciones con los otros. Así que, por así decirlo, la primera virtud que aprendí en la cantera filosófica con Santos fue: 1) la escucha activa. ¿Qué quiere decir el otro, más allá de sus palabras? o lo que es más importante: ¿qué no me dice el otro en todo su discurso? ¿a qué no responde? ¿qué consecuencias tiene eso? 

Apenas pasé ese curso. La evaluación eran pruebas de (la que, hoy sé, se denomina filosóficamente hablando como lógica clásica de orden cero) la lógica proposicional. Una suerte de evaluación de argumentos y su consistencia a partir de reglas bien definidas, como un cálculo matemático más que filosófico a través de simbolizar las premisas con las famosas "p" y "q". Más algorítmico y frío que racional y conceptual. Y aunque tampoco me equivocaba al pensarlo en su momento, me estaba dando cuenta de que Santos le hablaba en un primer nivel del discurso a todos, en su versión más escueta y general este decía: "¿quieres pasar?, haz este examen y hasta nunca". Pero el segundo nivel introducía preguntas mortalmente sagaces ante situaciones del día a día, haciendo un ejercicio elevadísimo que Sócrates inauguró: bajar la filosofía de los cielos a la tierra. Año a año, grupo a grupo, sé que Santos no buscaba la verdad, pero buscaba ejercer una labor pedagógica elaborada y activa (tiene sentido, Santos posee formación profesional en pedagogía por parte de su maestría) que estaba dirigida a aquellos que desearan tomarla. Ese hecho lo fui descubriendo a lo largo de ese, mi cuarto año de prepa. Más confundido que con respuestas, ese curso acabó, las dudas ya estaban ahí, explotando, revoloteando, ¿cómo un señor en sus cuarentas podía verse tan genérico y pensar como nadie? ¿acaso sería posible...? ¿...dedicarse a la filosofía? ¿Estaba yo loco? El cómo di el paso final es otra historia, sin embargo, una vez decidido, tomé su clase en sexto de prepa, y yo ya estaba en un momento mucho más cercano a lo que ahora soy psicológicamente hablando, y aquel hombre bonachón me recordó (él si tiene buena memoria). En sexto fue otra historia. Ya no era Lógica I, sino Historia de las Doctrinas Filosóficas I. El cambio era abismal. Y si bien no recuerdo un carajo de las clases, sé que las bases de un pensamiento filosófico se habían instalado en mi mente. 

¿Por qué no recuerdo un carajo de las clases? Con el tiempo me di cuenta de algo. Santos no era un académico que la UNAM o el Instituto de Investigazzziones Filosóficas consideraría de primer nivel. Me fui dando cuenta de ello cuando, desde sexto año de prepa, acudía a los textos que dejaba en la bibliografía, y encontraba toneladas de ideas y cuestiones que Santos nunca abordó. La realidad era que Santos improvisaba más del cincuenta porciento de las clases de lógica I, y más del setenta de Doctrinas. Esto hizo sentirme extrañado, ¿entonces Santos no fue tan genial como parecía? La respuesta a esa pregunta es en núcleo de este texto. Porque aunque Santos nunca vaya a publicar en Dianoia, posee, en su actuar, más congruencia y autenticidad que el académico promedio con los que me he encontrado. Los que se sienten "cacas grandes", los SNI III, los que sacrificaron autenticidad por mercadotecnia filosófica. 


II- LA FILOSOFÍA NO SON TORTILLAS 

Hace algunas semanas, conversando con mi padre, noté que caía en una falta de entendimiento bastante común con respecto a mi oficio. Él, a grandes rasgos, proponía que era básicamente cosa de leer mucho y escribir mucho (y muy rápido) para avanzar efectivamente en mi tesis y acabarla pronto. Lo que traté de explicarle es que la filosofía está más cerca de ser un trabajo artesanal que uno de producción en masas. Usé el siguiente ejemplo: imaginemos que el filósofo es como un campesino que tiene un huerto. Cuando es inexperto, hace surcos equivocados en la tierra, y los otros filósofos que van notando ese trabajo equivocado le deberían decir que así no es la cosa, y le corrigen su trabajo. De ese modo, todo lo que había hecho debe desecharse. Hay que empezar una y otra vez. Es un trabajo en parte instintivo, pues hay un momento en el cuál haz de haber aprendido a hacer tus buenos o malos surcos y dejar que de estos germinen tus brotes filosóficos, que tanto tiempo han tardado en formularse. Parece ser que me entendió, y no dudo que Santos también lo haría. En cambio, el colombiano, un sujeto de apenas 1.65 de altura, con cachetes de ardilla y una panza pequeña pero tiesa como símbolo de su hígado graso, y piel lechosa, no entendería un demonio de lo que estoy hablando. En el Instituto de Investigaciones Filosóficas se aborda la filosofía desde la óptica académica de 'la mejor producción filosófica', y sin quitar mérito al genuino dominio que se necesita para estar ahí y producir los textos, lo cierto es que la acumulación de información conduce al inmediato y natural pecado de la soberbia, de la cual es común estar infectado si uno posee una plaza en aquel lugar. Nada de filosofías artesanales, debes de ser capaz de leer, desentrañar y comentar competentemente un texto inteligible en tres semanas, además de trabajar en tu tesis en el mismo tiempo, hablando y pensando inteligentemente, aunque no sepas qué carajo significa eso. Usted podrá pensar que no es algo tan misterioso, que en verdad una vez que entiendes cómo hacer la filosofía que en ese instituto se hace, lo demás cae por cuenta propia, pero las cosas no funcionan así. El colombiano me dijo que no había literalmente un método para la filosofía analítica. ¿Perdón? Entonces eso quiere decir que hay ciertas evaluaciones filosóficas absolutamente personales. Y por supuesto que es muy difícil hablar de la objetividad filosófica. Pero si tenemos un conjunto P, sea P filosofía analítica, en el cuál hay miembros S, sea S productos filosóficos (textos y libros), debe de, por fuerza, haber una propiedad P en S, para que dichos textos S sean llamados P, es decir, analíticos. ¿Era la estructura? ¿Era la aversión a la historia? ¿Era mi noción de consistencia? nada de eso parecía ser la analítica, y manuales decían que había prevalencia y preferencia de definiciones y procesos lógico-matemáticos como condiciones básicas y elementales de tal filosofía. Yo quería entender cómo empezar a notar aquello en los difíciles textos que leían, quería tener al menos un par de claves para comenzar a expandir mi dominio de temas. Pero incluso los mismos alumnos del colombiano ya van adquiriendo rasgos de la soberbia, uno de ellos me miró con odio y explícitamente dijo ya con un tono más de burócrata que de un ser humano normal, que mis preguntas básicas y casi casi tontas no debían de ser abordadas en ese momento, que había que sacar una exposición a la de ya. Estaba sucumbiendo ante el miedo al rechazo del colombiano. ¿Y yo temí por eso? No por nada hablo desvinculado académicamente de ese hombre como hablo ahora. Uno tiene derecho a contar su versión de una mala experiencia. Seguro que para él soy un embaucador, un vende-humos, un infra humano incapaz de volver sobre sus pasos y trabajar sobre lo ya señalado, y alguien con quien los analíticos de alto nivel no deberían de trabajar, pues perderían su tiempo. Pues soy eso, y más, sencillamente. 

No considero que todo el instituto esté podrido. Ni si quiera que pertenecer al instituto te convierta en alguien soberbio per-sé. Pero yo pude notar una cosa. Se decía del colombiano que era super-inteligente, y que bajo su tutela uno se convertía en un investigador de primer nivel. Hay un aura bastante mística en torno a su figura. Yo no percibí una cantidad sobresaliente de inteligencia en el colombiano. Yo percibí que poseía buena capacidad de retener información y que estaba obsesionado con su trabajo. Dos cualidades que a costa de otras cosas como por ejemplo, salud física, te llevan lejos en tu ámbito. Pero me quedaba muy extrañado cuando me decían que era inteligente. ¿De dónde? ¿El ya resolvió grandes dilemas de la filosofía? No vale decir que los tiempos de los grandes filósofos ya pasaron. Si es un gran filósofo que lo demuestre. Pero hacer miles de papers no es ser un gran filósofo. ¿Cuál es su nueva doctrina? ¿Cómo y en qué modo está en boca de todos por lo que ha escrito? Pero más importante aún, ¿sin qué contribución suya, exactamente, el mundo filosófico no se puede entender como hasta ese momento se entendía? Él es un trabajador obsesivo. Y está bien, se gana la vida de la forma en lo que lo hace. Quiero decir, permanecerá en su pequeña élite hablando con sus cinco tesistas y sus ocho o nueve amigos de los textos que en esa micro comunidad han escrito. Pero la filosofía no son tortillas. El análisis filosófico incluye en buena media el pedagógico. No puedes pedirle a la planta que sembraste hace dos días que te de el fruto que le costará unos meses. 

Esa filosofía endogámica y cerrada dista de los valores de mi cantera. Podrá Santos no publicar en Dianoia, pero ha hecho mucho más que el mejor y más refinado texto del colombiano, y habrá impactado a por lo menos cientos de vidas de manera filosófica. ¿Los textos del colombiano se citarán por cientos? 


III- ¿ERES CHIDO O CHAFA? 

El proyecto pedagógico que el docente escoja como el mejor dice mucho de él mismo y de qué visión desea propagar para con las nuevas generaciones. El profesor, casi por definición, debe de poseer un ideal de alumno. En función de ese ideal es que irá ejerciendo una labor pedagógica y debe de responderse a las siguientes preguntas: ¿cómo le debo educar? ¿cuánta cantidad de presión voy a ejercerle? ¿qué debo esperar de cada uno de ellos dependiendo de su contexto? y sobre todo: ¿sobre qué estándar me debo basar para exigirle lo justo? 

Hay dos nociones que he notado que prevalecen en el educador. O bien la educación es pública, es decir: accesible, en esa medida el educador asume el rol de un guía y mediador que facilita el aprendizaje, no por ello dejando de lado la exigencia hacia el alumno, motivándolo a que un día deje de necesitarlo para que continúe en su viaje por la vida. O bien la educación es privada, es decir: es de difícil acceso, pues hay un camino previo al camino previo al camino previo para alcanzar el conocimiento superior, el educador aquí basa su relación con el alumno base jerarquía, el educador dice "la información habla por sí sola, o lo que yo quiero que diga", sigue exigiendo al alumno, pero son obtusos y abstractos los cánones que se esperan, y, esto es curioso, suelen generar una relación de dependencia unilateral con los alumnos. Es decir, hacen que ellos los necesiten sin que ellos necesariamente necesiten a los alumnos. 

En la primera, el educador posee la visión de que el conocimiento es, por si mismo, el arma más grande contra los principales problemas con respecto a la carencia cultural generalizada, que desemboca en creencias aberrantes y prácticas anticuadas. Por eso, entiende que la mejor manera de combatir aunque sea un poco contra ello es, literalmente, cambiar poco a poco el mundo por medio de la diseminación del razonamiento correcto, apuntando ultimadamente a una visión comunitaria. En el segundo caso, el educador mitifica los efectos y usos del conocimiento, le importa poco o nada que en ese movimiento se halla alejado del mundo, él ya tiene suficiente con su mundo. Pone obstáculos que sólo unos cuantos van a esquivar para formar un pequeño círculo de individuos en los que hablará de los mismos temas con las mismas personas, casi como en un séquito, y con la misma estructura, por supuesto. 

¿Quién está del lado correcto de la historia? 

Yo tengo mi opinión y creo que fue clara en este texto. A la larga, el proyecto privado, elitista, obtuso, generará el impacto en el mundo que un caracol deslizándose sobre el tronco de un árbol. Por otro lado, cambiar vidas no tiene precio. Encaminar a los perdidos. Como diría Saldinger, "ser un guardián entre el centeno". 

Así culmino, como me acabo de inventar hace cinco minutos esta simple pregunta: ¿eres chido, o chafa?   


jueves, 20 de noviembre de 2025

Leí El Salvaje, de Guillermo Arriaga


[Esta no es una reseña y contiene spoilers del libro, advertidos están]

Salvaje: dicho de un animal. Feroz, fiero, bravío, indómito. 

Salvaje: dígase de Juan Guillermo, muchachito que lo pierde todo antes de la mayoría de edad y que tiene que nadar contra corriente en los barrios bravos de Iztapalapa. 

Salvaje: dígase del libro del mismo título, escrito por Guillermo Arriaga. 


Con una narrativa avasalladora e intensa, El Salvaje (2016) erige su escritura como un lobo erige el rostro en el amanecer de los fríos paisajes canadienses, donde reposa Colmillo. 

Si tuviera que describir el libro con pocas palabras, diría que se trata de una novela de denuncia y redención. Retrata un México que para mi generación sólo pertenece a los libros de textos y los relatos de nuestros padres: el de los 60's, donde el auge de las drogas, la música y con ello la influencia gringa se encontraban a la alza. En medio de ese contexto, las azoteas de la Unidad Modelo de la alcaldía Iztapalapa son el campo de batalla prematuro para un joven que tiene que lidiar con el peso de: la delincuencia que lo rodea, las expectativas que sus padres le imprimen, la muerte, la muerte y, por último, más muerte. No podemos obviar, naturalmente, el antagonista por excelencia de esta novela: los buenos muchachos y su líder Humberto, comandados por el jefe de la policía Zurita, quien articula este grupo paramilitar de extrema derecha cuyo fin último es mantener en orden y ejercer poder desmedido sobre la colonia Modelo. En este universo, la figura de Carlos emerge religiosamente, primero como guía espiritual de Guillermo, para quien es, en más de un aspecto, su todo. Sin embargo, esta novela es un entramado en donde el hilo conductor supremo de la narración se va bifurcando, generando capas de complejidad (quizá ese es el acierto más grande de todo el libro) que nos permiten notar que Carlos no era en absoluto un ser de luz como lo veía Juan Guillermo, y quizá éste último no era tan impulsivo ni bestial como aparenta. 

A lo largo de la novela, puntos críticos que incitan a la reflexión van surgiendo: como primer elemento mencionaría la ya sabida pero nunca redundante crítica a los sucesos ilícitos en el contexto mexicano más popular, donde nadie queda exento de condena. Seamos claros, Carlos también era un criminal. No importa desde dónde pretendamos blanquearlo, el caso es que se le podría acusar de posesión y distribución ilícita de drogas y es dudoso si de asesinato, aunque el libro lo deja a la especulación. Sean, Castor loco y los cómplices de Carlos también se vieron envueltos en una red ilícita de enriquecimiento económico en el que literalmente traficaron drogas propiedad de los Estados Unidos en territorio mexicano. Pero a pesar de ello, la inteligencia de Arriaga supo plantear que ni si quiera fue necesario tratar de blanquear esta red criminal, el mismo desenvolvimiento de la historia conduce naturalmente a que cada paso se siga del anterior. Carlos es presentado como un joven potente, con una visión empresarial que se entrecruza con una intuición poderosa con la que sabe dónde, cómo y por qué producir ganancias monumentales. Su ambición lo lleva a poner patas arriba a la policía mexicana, en donde, de no haber sido por los buenos muchachos, Carlos se habría convertido en la versión con corazón de Walter White. Y esto es importante. Porque la presente historia no es abiertamente moralina, aunque sí de manera un poco más oculta. En este tinglado, Juan Guillermo se nos presenta como un individuo cuya sangre es la sangre de todos los desconocidos, ¿será por eso que en esa mezcla de sangres él pudo conectar con la veta más primitiva de su ser, domesticándola y volviéndola racional? ¿Será que, como Colmillo, heredó la facultad del entendimiento animal? Los fallos de Guillermo hablan más que él mismo, y lo dotan de una personalidad compleja en dónde convergen las clásicas falencias de la adolescencia con la necesidad imperiosa de superar la adversidad vivida. Uno tras otro, van cayendo los bastiones que mantenían bajo control el mundo (ya de por sí inestable) de Juan Guillermo, hasta que violentamente los buenos muchachos llenaron de agua a su hermano Carlos. Ese fue el punto de inflexión, se quebró la fe (nunca mejor dicho) que, a decir verdad, ciegamente inculcó en los buenos muchachos y en Carlos. Ese fue el verdadero momento en el que tuvo que volverse en un hombre, o mejor dicho, en el salvaje. Debo decir que Sergio Avilés se presenta como el primero de los Deus ex machina que presenta el libro, hecho del cual no me siento del todo cómodo, pero era entendible que el personaje fuese necesario para la posterior trama. A la par de todo esto, debo comenzar mis críticas más incisivas. Tema Amaruq. Al principio se desarrollaba (al menos ante mis ojos) como algo genérica, intrascendente, sin embargo, a partir del repentino giro que me representó la muerte de Amaruq reconocí que Arriaga tramaba algo. Ese algo esta medianamente ejecutado, y a continuación diré por qué. Me da la impresión de que Arriaga cuida que la trama secundaria no le robe fuerza a la principal, pero creo que probablemente lo cuidó de más. Lo más interesante ocurrió cuando Robert entra en la disyuntiva de si seguir en el negocio o si debería cambiar de vida para siempre. Y, por supuesto, cuando encuentra a los chicos en búsqueda de la salvación de Nujuantutuq. Sin embargo, me pareció que esa trama a ratos se alargaba demasiado. Algo que tampoco me encantó fueron las fichas monográficas que de tanto en tanto asaltaban las páginas del texto. En verdad me preguntaba muy profundamente qué relación tenían con la trama en general, pero no pude resolver mi duda. No importó al final, me pareció que resultaron irrelevantes. Denominaré como dudoso el siguiente punto: el empleo de circunstancias Deus ex machina. Avilés, el dinero de Carlos, el abogado que les llevó el caso a Juan Guillermo y su frase de "has sido mi mejor cliente" fueron los más notables -incluso, la evasión que tuvieron Juan Guillermo y Avilés de la justicia cuando retiraron los millones de los bancos, ¿a eso se se podría denominar un no action-ex-machina?-. No me dedicaré a criticarlo excesivamente porque yo entiendo que el escritor deba tomar licencias creativas para que la historia pueda conducirse de un punto A a uno B de manera directa, sin tener que recurrir a la coherencia en el pleno uso de la palabra para justificarlo todo, pero me dio la impresión de que, como a Avilés, a Arriaga le gusta permanecer en esa cuerda floja entre la cantidad correcta de algo y su exceso. Lo cual me lleva al último punto que quisiera criticar, y esa es lo plástica que la escritura se siente en momentos selectos. Decía mi madre de varios poemas 'new age', es decir, escritos por jóvenes contemporáneos a mí pero no tanto a ella, que tenían el defecto de ser muy 'pop', es decir, que poseían el defecto de ser 1) pretenciosos, 2) repetitivos y 3) no decir algo tan complejo cuando pretendían hacerlo. En momentos selectos considero, con el dolor de mi criterio lector lo enuncio, que Arriaga cae en lo pop. 

Pero aún a pesar de todo, no dejaré de recordar un momento sublime, probablemente el momento que define el libro pues todo los esfuerzos que Juan Guillermo produce los orienta hacia esa acción, y esa es la venganza que comete para con Humberto. Aún vive en mi mente esa escena, Juan Guillermo, en una masa pestilente y hedionda se encuentra dentro de la casa de Humberto, lo encuentra lacerando su piel con un látigo, ya medio ido, y le propina una golpiza que lo termina de dejar demente. Cada momento, cada segundo de tensión que vivió Juan Guillermo en la previa a su venganza la viví con él, yo era un espectador al lado suyo. Hubo algo místico en ese momento, algo que se sintió tan bien y como una venganza bien ejecutada, porque fue una venganza muy Juan Guillermo. No lo asesinó, pero lo mandó a la locura. Castigo eterno. El libro te dice por medio de otro personaje: la venganza no está bien, en el diente por diente solo hay una espiral de violencia, pero por otro lado brinda el mensaje verdadero: la venganza puede ser ultimadamente personal, pero nada ni nadie te enseña como hacerla y los riesgos, como los súbditos de Humberto que custodiaban su casa, están allá afuera, esperando a reprenderte hasta la muerte. 

Podría seguir hablando de este libro, pero es momento de ir cerrando. No diré algo nuevo. No iré más allá de estas palabras que provienen de un simple lector. Este libro es maravilloso a pesar de sus vicios, como un lobo. ¿Será este libro un lobo domesticado o un alfa como Nujuantutuq? A lo mejor está allá afuera esperando a que sea adiestrado a la fuerza, como Juan Guillermo adiestró a Colmillo. Una vez que eso pase, el lobo te seguirá, pero recuerda cómo acaba la historia, hay que dejarlo libre para que encuentre su estado natural en la libertad. 


Nota final: 9.5/10 

viernes, 14 de noviembre de 2025

nostalgia (previa a el siete de xxxxxxxxx pt. II)

 Nostalgia de estar y de existir con la consciencia tan aguda siempre. Nostalgia de un adolescente de diecisiete años cuyo sufrimiento radicaba en la idea de alguien. 

Maldito el momento en el que la seriedad embargó mi alma. Antaño, las nubes revestían el fondo más profundo de mi cráneo, y el futuro sonaba como un espasmo violento, sólo pensaba en los fines de semana estar tranquilo viendo videos por la tarde. 

Era un niño, era un mundo nuevo, un ser intransigente por su inexperiencia, pero callado por naturaleza. ¿Cuántas lunas soñé con los dinosaurios y las estrellas? ¿cuántos días fueron suficientes trotando entre mis sueños para poder perderlos? Para abandonarlos y revestirme con una armadura pesada, como grilletes. 

Cuando era niño sólo era yo y mi mente, yo y los viajes intergalácticos que mis ilusiones propulsaban. Era yo y el libro del antiguo Egipto, los faraones y los gatos enormes. Era yo y los cómics sangrientos del hombre araña que me propiciaban pesadillas, los primeros encuentros con lo oscuro. Era yo y mi cama como un castillo en dónde, juraba, si miraba de reojo a mi patilla podía ver al lado mío al monstruo de Frankenstein. 

Pero eran dulces días, cuántos videos habré consumido. También videojuegos en el iPod. Las canciones en el otro iPod y la atropellada media hora en la que jugaba en la computadora a juegos Friv. El libro de los insectos. La película de Pinocchio. La de Cinema Paradiso. La historia interminable. 

Ese niño creció. De pronto, la secundaria, los cambios en su cuerpo y en su mente. 

De pronto los juguetes dejaron de vivir como en Toy Story. Recuerdo la última vez que jugué con mis calaveras de madera en honor a la metamorfosis del niño que debía forzosamente crecer. No he roto la promesa. Jamás volví a jugar (no de verdad). ¿Cuántas horas de luz habré visto a través de la ventana de este departamento? ¿Cuántas horas frente al Wii, frente a los espejos cuadrados? Frente al silencio después de los ruidos y las perturbaciones. Cuántas dudas mi cabeza formulaba. Cuántas veces adoré a la pantalla en silencio, al espectáculo del fútbol que unía al grupo completo, pero a mí me gustaba, quería ser parte de algo. 

Pero crecí, eso creo. De pronto me hice enorme, la sociedad me apabulló, Facebook, el maldito Instagram, el ojo público. Los trece, catorce y quince años aún preservaron dulzura. En los recreos, taciturno, iba de un lado a otro buscando un balón que patear para entrar a una reta de fútbol sin que nadie me invitara, o buscaba refugio en las conversaciones de alguien. O quizá, simplemente comía en silencio, fuera de los salones. Maldito sea el día en que la fuerza irrigó mis miembros y los volvió sedientos de la acción motora. Maldito sea el día en que conocí esos ojos avellana, ese color lechoso y cabello lacio. 

 Yo era un niño muerto, adolescente recién nacido. Era un amasijo de sensibilidad, alejado de las fantasías más prístinas y bellas, pero sin mucha otra alternativa a la cuál recurrir para imaginar. Aún no aprendía a leer (a leer de verdad, entendiendo, apreciando, desmenuzando). Supongo que tuve un último aleteo de inocencia. Un último instante en cuyo mi mundo personal sacro fue dignamente apreciado y santificado por mi mismo: el universo, los dinosaurios, el amor por conocer y engancharme a la información valiosa. Supongo que antes de que se desgajara mi primera piel fui capaz, por un último momento, de apreciar la belleza, la sencillez y calidez de lo que me atreví a complejizar. 

Pero otro yo crecía, ya no me veía como antes, ya no pensaba como antes, mi corazón comenzó a palpitar sangre negra cuyo origen fueron los infiernos de la ira. Comencé a sentir mi cuerpo, y una palabra comenzó a alejarme del ensimismamiento: futuro. También, comencé a sentir románticamente a razón de otros, quise indagar por vez primera los comportamientos ajenos, pero antes que ello, entender la naturaleza de los ojos avellana. 

Sin culpa te dejé morir, pequeño Octavio, y lo hice sin darme cuenta. Porque todo el fuego de mi pecho se desbordaba de mí, y yo sabía que eras incompatible con él. Sé que sin quererlo te inyectaron el gas que alimentaría este fuego, sé que tu arquitectura mental no fue capaz de soportar aquellas rabias primigenias, y no te culpo, que bien que me dejaste a mí el trabajo sucio. Tenía catorce años, y sabía que la vida cambiaba para siempre, así que me dirigí a mi interior y construí una torre. Bloque a bloque, yo, como un pequeño obrero, elegí una planicie mental y lo primero que hice fue dibujar las nubes que antes allí manaban colores brillantes, y las oscurecí. Después, bloque a bloque (en una velocidad que me sorprendió en verdad) fui dándole forma a un castillo. Adentro debía habitar lo que nunca pude solidificar: la esencia de mi mismo. Debía estar protegido, el mundo se avecinaba. Pero me veía a los espejos que dentro de mi castillo habían, y me veía desnudo, puro y color naranja como una flama, entonces decidí que tenía que elaborar una armadura que me protegiera doblemente de todo aquello que pudiera lastimarme. Pero... antes, tuve un espejismo que me rompió para siempre. Antes, en aquella fusión entre niño y adolescente, conocí los ojos avellana y no supe manejar nada de eso. Yo, sin coraza, expuesto, confundido. Dramático, y desposeído de herramientas de control emocional. Me inventé el mito de la repetición del mismo día: un amante recuerda el día en que perdió a su amada y vive condenado a repetir ese día en sus letras, lo escribe en un libro cuyos capítulos son siempre el mismo: el campo, las planicies eternas y extendidas hasta que la vista se pierde, luego la tormenta, arroparse con ella, pero nunca ver su rostro: ella es de papel y se desbarata. Todos los días, el final es lo único que cambia, a veces él tiene que ir por un poco de pan con la vecina, o por leña al bosque, o encontrarse con ella simplemente existiendo. Pero, día con día, poco a poco, ella pierde forma, los objetos, su dimensión, las paredes, su firmeza. Todo se va convirtiendo en papel y los ojos de ella se vuelven un espectro, pierde la voz, y cuando él quiere hacerle el amor sólo encuentra la luz que se desvanece de un fantasma. 

Supe que ese era mi destino si no abandonaba su idea. Decidí que por mi bien ella debería partir, pero yo fui ese hombre del mito. No lo habría podido articular en palabras si hubiera sido de otra manera. 

Esa fue la estacada final a mi niño interior, quien sólo había conocido rabia e injusticias, pero no oscuridad verdadera (mis oscuridades son dos gotas de petróleo, el mundo nunca me estacó el corazón, pero yo soy un dramático). Mi niño interior, si murió, fue de horror ante la noción de que el dolor podía estar anclado a la relación con el otro, y ese mito fundacional: la relación con el otro, se convirtió en una de las nuevas estelas que guiarían mi búsqueda de significados (antes, apreciación de información). 

Corrí de nuevo, pero ahora había a donde ir, a la torre. Entré, y, desesperado, el fuego se apoderó de mí, y decidí construir un cuarto maquiavélico de donde, como Pigmaleón, construiría con mis propias manos la estatua de la que me enamoraría y los dioses le darían vida. Nunca más me harían daño. Mi mente se transformaba. Yo simplemente elegí el control para que las cosas no me hicieran daño. Mientras tanto, decidí ir en búsqueda de los metales más preciosos y pesados cuyo revestimiento me alejaría de todo mal, y podría enfrentarlo todo, como nunca me enseñé o me enseñaron en la niñez. No busqué recuperar mi yo perdido, supe que había muerto, decidí enfrentarme al futuro, con la coraza real que revestía mi ser y protegería del peligro. Yo debía estar listo espiritualmente. Así que en otro cuarto de la torre comencé a forjar mi armadura, la adherí a mi ser, me expuse a la coordinación y endurecimiento de mi cuerpo: decidí que nunca debía volver a fallar. 

Después de tanto tiempo habitando esta torre cuya única luz se vislumbra amarillenta y tenue en forma de relámpagos solares, me miro al espejo que ella rompió, y veo una armadura perfecta, roja y ocre. En mi corazón hay un núcleo de mercurio inestable que se exacerba o atenúa según mi entendimiento filtre sus impulsos. Mi máscara tiene la forma de un casco de gladiador sin la pluma, es rojizo también, no hay lugar que no esté protegido ni amoldado a la hermosa arquitectura que he detallado con motivos góticos y esculturales. Me miro al espejo y noto un par de ojos rojizos, destellan fuerza. Este castillo ahora está lleno de libros cuyos pasajes he memorizado completos, hay salas en donde las emociones ya son procesadas, incluso, hay una ventana hacia la realidad. Pero... he quebrado la habitación de creación. Pigmaleón está maldito, yo forzosamente lo estuve también. Recuperarse de una maldición cuesta. La maldición de crecer... Y... he creado un par de lugares más. Una tumba. Una pequeña cabaña. De tanto en tanto, abandono la armadura al pie de la torre y en forma de espíritu anaranjado, sensible y débil, acudo a ella y observo el archivo que he escrito con mis propias manos: acudo a mi memoria frágil y temporal. Acá estoy desprovisto de todo, y juraría que dignamente un día podría volver al cielo o infierno en estas mismas inmediaciones si la flama que soy se apaga. 

A lo mejor el error no fue mío, fue del tiempo. A lo mejor sí fue mío, y debo buscar las cenizas de ese otro aire, ese otro color de nubes y ese sol que bloquean las nubes espesas. Pero hay algo adictivo en habitar la oscuridad (que no es lo mismo que las sombras). Hay algo enorme en sentir la pesadez, y es a lo mejor la expiación de culpas y sentires: si todo es pesado y sombrío es justificado sufrir por ello el tiempo necesario para sanarlo. 

Sin embargo, ante todo, crecí, siento nostalgia de revisar los archivos en mi memoria de ese niño que no tuvo que preocuparse de nada, que percibía a raudales y a gusto otros mundos, otras épocas de la tierra, otras realidades tan distantes como fascinantes. ¿Puede volver? No va a volver, murió de horror, ya lo he dicho. Pero pueden sus ilusiones educarme. Probablemente puede, si tengo suerte, hacer que despeje el cielo nublado y me de la luz natural, puede hacer que forje un cuerpo y no una armadura y que, por vez primera, la voz asesina del tiempo me deje de aterrorizar y pueda habitar plenamente sin exigir control a todo, a todos. 

miércoles, 8 de octubre de 2025

soy de izquierda



*Fe de erratas: escribí en la primera versión 'beta humana' en vez de 'veta humana', lo cual expresa un significado absolutamente diferente. Ya ha sido corregido. 


No puedo no hablar desde una visión absoluta y plenamente personal en esta ocasión. Trataré de ser justo con mi historia política, notando mi inserción paulatina al entorno político que me rodeó desde siempre. 

Nací en la colonia Roma, dato que me debió de haber dicho algo en cuanto pude tomar consciencia del hecho. Toda mi vida he habitado en Coapa, una localidad donde intersecan Tlalpan, Coyoacán y Xochimilco. Lo que me rodeó en mi infancia primera fueron libros y la burbuja que comprendía el binomio de: casa y escuela. Casa, escuela, ¿por qué hablar de ellos en este contexto? la política surge cuando te preguntas por qué lo que te rodea es normal (o no) y por qué lo que siempre ha sido así no para todos siempre ha sido así. En los tiempos primigenios tuve la fortuna de gozar privilegios. Y hasta la fecha siguen. ¿Pero saben qué pasa? Estos son como una venda en los ojos, incluso, como tapones en los oídos. ¿Qué me rodeaba? Un departamento (ante mis ojos neonatos) enorme, con una vista al horizonte perpetua: una torre de marfil. El entorno primero que observaba apenas fuera de mi casa consistía en suelos color gris áspero, los clásicos azulejos color rosa de mi explanada, y otras tres torres que cuadraban un complejo enorme y (según yo en ese entonces) sofisticado. El colegio: rojo y blanco que componían las paredes y vigas de metal que sostenían, en una arquitectura limpia y pulcra, salones y espacios recreativos. Una cancha enorme de fútbol. Un gimnasio. Arbolitos y gente afín. Eso era lo que estaba frente de mí, y en cierta medida me acostumbré a la comodidad, a ese tipo de comodidad. Me acostumbré a admitir como 'extraños' a los individuos fuera de mi círculo familiar. En sí, yo siempre fui un ser imaginativo, por lo que expandir mi consciencia hacia el otro era difícil o pérdida de tiempo. Pero fui creciendo, quizá el primer resquebrajamiento de aquel adormecimiento fue el cuestionamiento de si seguir en el Colegio o abandonarlo e ir a la UNAM. Soy el primero en admitir que a los quince años uno no tiene las luces bien prendidas. Hasta uno cree y sobre piensa y sobre elabora los amores de esas épocas. No me culpo, buena parte de la vinculación con otros es política, y buena parte de lo primero es que simplemente hace falta un cerebro que desarrollar. Pero como estoy tratando de explicar, sí hay cierta consciencia que despierta con el tiempo y que salta cualquier jaula dorada en la que podamos habitar. Dudé si seguir, pero tenía un sueño, entrar a la UNAM, entonces no tuve más remedio (a mis ojos, en ese momento) que hacer el examen. La verdad es que el vacío político con el que cargaba me era invisible. Nunca sospeche qué tan grande era la pieza que realmente me faltaba. En clases y en general en el entorno del Colegio se asumía mucho que éramos de izquierda, y para mí eso era básicamente apoyar a un viejito medio loquito que permitía partir el diez que el matado del salón sacó en treinta y dos partes para que todos tuvieran 0.31 en vez de cero. Y nos burlábamos. Éramos, en el mejor de los escenarios, la caricatura del izquierdista woke promedio, solo que en versión morritos de quince. Ni pena nos daba. ¿Qué íbamos a saber? El entorno influye mucho en el individuo. 

Pero después entré a prepa y las cosas cambiaron. Con el corazón roto y el germen de la verdadera razón (la que hoy habita en mi cabeza) emergiendo, me enfrentaba a un mundo totalmente nuevo e inexplorado. Estaba en buena medida solo (o, al menos, me alejé del entorno fresa y absorbente del Madrid). La primera vez que me di cuenta que importaba de dónde venía socioeconómicamente hablando fue cuando una antigua compañera de la preparatoria me preguntó si era buena idea comprarse un dulce para comer o usar el mismo dinero para regresarse en camión a su casa. Yo me reí, tan fría e insensiblemente como lo he solido ser por accidente, y ella se molestó conmigo. No podía creerlo. ¿Acaso no todos podían tener sus tres comidas al día? Eso ya lo sabía, pero lo que verdaderamente me impactó fue pensar en ¿en verdad esa realidad está aquí, frente a mí? ¿en verdad? 

Lo que pasa conmigo es que he sido muy tonto en muchos aspectos. Me he vanagloriado de aprender cosas rápido. De tener una voluntad de acero (o una buena dosis de necedad, según se vea). De cuidar de mi integridad física y mi persona. Pero nunca sospeché que tan ciego fui ante una realidad que hasta hace poco comprendí. 

Digamos que la preparatoria bajó muchos de los humos con los que venía del Colegio, y me empezó a dejar entrever cómo se veía el mundo mexicano, si es que ese concepto es aprehensible por alguien como yo. Pero todavía no. En mi cabeza habitaban muchas ficciones. Amargado y utilitarista, un poco triste y enfocado, eso era en prepa, y en esa medida encontré otros compañeros, pero aún la semilla de la izquierda no germinaba en mi cabeza. 

En casa la ideología que prima es esa. La izquierda. Pero sospeché de los fundamentos teóricos de mi madre cada que hablaba de ella, yo le decía que el Che era un asesino y no respondía nada. Le preguntaba qué hay más allá de la ideología, o en otras palabras, trataba de extraer su sentido más elemental. Nunca supo responderme y a la fecha creo que sería bueno que refinara ese detalle en su corpus teórico, tan sólido en ocasiones, pero tan absolutamente ausente en otras. Mi padre me hablaba de su participación en grupos de izquierda en su juventud, y en cierta manera sí se quedó desde esos tiempos esa curiosidad de por qué yo no podía acceder a esa parte nuclear y dorada que pudo hacer de mi padre y mi madre seres políticos y a mí no. ¿Estaba en parte muerto mi corazón? ¿Tenía de verdad tan poca empatía? Se puede vivir un volón de años sin ser consciente políticamente hablando. Es otro de esos males silenciosos que pueden hacerse pasar por males fantasmas de tan sigilosos que son cuando no los volteas a ver. Nada cambió en pandemia. Me gustaría que así lo hubiera sido. Pero no lo fue. Se sumaron varias cosas, eso sí, al caldo de cultivo que haría que todo explotara para mí eventualmente. Woke, ¿qué es eso? me encontré con el concepto de 'la agenda mundial', 'lo políticamente correcto', 'el progresismo', el apoyo a la comunidad LGTB, el lenguaje inclusivo, cosas que en prepa ignoraba y ni si quiera estoy seguro de si eran tan sonadas como lo fueron en el 2021-2022. Me sonaban a patrañas. Y aunque siempre supe que la UNAM tiene su personalidad, nunca me sentí realmente parte de toda la política que mis compañeros propagaban. ¿Por qué tienen que ser tan escandalosos, tan radicales? no me parecía que tuvieran en cuenta la noción de un verdadero justo medio, ni que en el fondo no les gustara más destruir que razonar. Aquí me detendré un momento. Mis años de la carrera transcurrían, el séptimo semestre era curioso y bueno para mí, comenzaba a frecuentar de nuevo a antiguos camaradas del Colegio, con los que sí pude tener una amistad sólida. Uno de ellos ya mencionado en este blog se había pronunciado fuertemente hacia los valores más conservadores y derechistas. Ese posicionamiento resultaba, prima facie para mí, valiente, algo prácticamente inigualable porque este hombre conjunta razón y argumentación de manera tremenda. Si Leo es derechista, una mente brillante, tiene sentido que todos lo sean. ¿Verdad? Así que eché un vistazo a lo que propagaba teóricamente la derecha. Lo que más me llamaba la atención era la noción de libertad personal que asignaban como derecho al individuo, y que, con el ahorro suficiente de capital, podía ir tan lejos como el quisiera, sin importar nada, sin importar nadie. Dejé que ese discurso le hablara a mi parte ambiciosa y por lo menos una cantidad de meses pensé que ese discurso era para mí, que todo este tiempo pertenecí a los elegidos, a una élite y que debía cerrar ese círculo para solamente habitar con lo mejor de lo mejor. Mi cabeza estaba llena de ficciones. Más que ahora. Sin embargo, me parece que la edad por medio del raciocinio permite que uno como individuo reconozca las partes elementales de los discursos que propaga o dice propagar. Lo primero que encontré disonante en mí, ya a eso de final de la carrera es que aunque decía filiarme a los valores de la derecha, había ciertas creencias fundamentales que habitaban en mí que resultaban contradictorias con ese discurso. Dos en especial. El tema Dios y la noción de jerarquía. Nunca he creído en Dios, y el que la jerarquía exista al menos como la derecha lo concibe implica que de alguna forma hay un ser humano por debajo de ti. Me causaba mucho conflicto pensar en cómo eso podía estar justamente fundamentado. Pero seguía embobado con la noción meritocrática y la noción de aplastar a los otros para sobresalir. ¿No es eso algo que la historia familiar me enseñó? (no, no lo hizo).

La ficción es el motivante de la derecha. La razón el de la izquierda. 

El punto de inflexión... Antes de llegar allí, me ubicaré en el espacio tiempo para que se observe por qué fue tan natural y qué pienso ahora. 2025, alejado de la facultad, posterior a un drama amoroso del cuál trato de empezar a hacer reflexión seria. Creo que fue la primera vez que sentí que la culpa me corroía desde dentro y todo por culpa de cosas que el entorno que me crio insertó en mi. Al poco tiempo me di cuenta de que era mi decisión dejarlas ahí o cambiar. Siempre he querido ser mejor. Y aunque no todo pueda reformarse, no volver a hacer daño es un deber humano. No fui humano en buena parte del discurso que propagué. Me sentí como una máquina. ¿Y mi corazón qué? ¿y la felicidad qué? me dijeron que en la facultad más de uno me vio como un maniaco del control. Observo por qué. Los detalles no aportan. Pero sí que posterior al desorden que generé me sentí desplazado. Desplazado de una veta humana que desee propagar y ser partícipe, pues el humanista es sensible a la realidad, valga la redundancia, humana. Sentí que sus palabras eran ciertas. Que no estaba siendo empático. 

Cambio. ¿Cuándo ocurre? por supervivencia. Por corazón. Por corazón y razón. Mucho 'tiempo libre', decidí ir a trabajar con mi tío un par de veces a la semana. Allá por Rojo Gómez, Iztapalapa. Rotulador de lonas y carpintería. La ficción de la derecha te diría que me estaba 'rebajando', y que mi lugar natural es otro, que estaría perdiendo el tiempo. Prefiero otro camino vital, pero el trabajo dignifica. De manera simplista, trabajar me abrió los ojos. ¿Todo un choro para decir que trabajar me abrió los ojos? de manera simplista sí. Pero no se trata de actos aislados. Estoy tratando de decir que todo tiene un por qué y que todo, de alguna manera, está fundamentado. Abandoné mi coqueteo con la derecha porque es inaceptable que sea inhumana. Que considere que el culto a la explotación está justificado. Es inaceptable que alguien piense que está bien trabajar horas sin un salario digno. Los valores más humanos, lógicos y razonables son izquierdistas porque podemos imaginar un mundo mejor para llevarlo a cabo. Y no hablo solamente de una redistribución de los medios de producción, la izquierda es en realidad el reconocimiento de que como humanos estamos insertos en una comunidad, y que tenemos voz como otro, el igual. Es una doctrina muy humana. ¿Qué me hizo cambiar? notar que la realidad de este país estuvo siempre frente a mí, me asomé afuera de mi burbuja y me reconocí tan pequeño frente a ella como nunca me reconocí pequeño ante nada antes. Uno no se puede dar el lujo de ser tibio en la vida. No a este punto. Como humanista no puedo simplemente ser indiferente y tampoco ser irracional ni egoísta como lo quiere la derecha. Aquellos que construyen su pequeño imperio personal mueren solos, rodeados de plata, sin un alma que los escuche. 

¿Qué haré con el privilegio? no considero que después de cierto umbral lo conserve como hasta ahora. Ser responsable con él, sumar a la causa, ser socialmente activo, hablar de esto, ser consciente. Lo lógico: apuntar a una vida modesta pero digna. Ser humano, abonar a lo humano. Informarme. 

Es simple pero efectivo. En realidad no me gusta ser performativo en este sentido. Es decir, gritarle a todos que ya me la sé y que ya cambié de verdad. No. Esas cosas se practican y listo. Esas cosas se hacen y listo. Es lo que un ciudadano en sus cabales haría. Parte de esto es la disolución urgente que hice para con mis ficciones más dañinas con respecto a mi plan de vida. La izquierda te enseña que vives en un mundo más inmediato en donde lo más accesible y fundamental a lo que puedes acceder es el lazo que construyas en una red inmensa donde prime la fraternidad, libertad e igualdad entre todos los seres humanos. No soy ningún comandante ni general. Soy simplemente un humano lleno de fallas que está tratando de hacer lo mejor con sus recursos, voluntad y mente. Soy el más simple de los seres humanos. Pero muchas veces la simpleza es lo más difícil de alcanzar.  

domingo, 14 de septiembre de 2025

DOS MINUTOS DIEZ PESOS

 ¿Has pensado en un teléfono público? decidí que caminar por los prados de Coapa tendría que ser hoy por lo menos un poco más interesante que en otras rutinarias ocasiones. Así que llamé a tres amigos con tres teléfonos públicos diferentes. El minuto cuesta cinco pesos. Pero sospecho que el cronómetro está calibrado en los cuarenta y cinco segundos porque no da tiempo de nada. A Leo le marqué primero, fue curioso notar el revestimiento de frialdad en su voz. A parte de eso, buscaba imaginar por lo menos unos cuantos segundos que los smartphones no existen y la única y mejor forma de comunicarnos es llamar a los celulares de antenita o teléfonos fijos. "¿Quién habla?", "HOLA QBO, TE HABLO DE UN TELÉFONO PÚBLICO, ESTOY EN DIVISIÓN DEL NORTE", algo así transcurrió el comienzo de nuestra conversación, tuve que gritar porque el tránsito vehicular se colaba en la bocina del teléfono. Qbo me respondía nervioso (naturalmente, notar que "desconocido" toca a la puerta de tu celular extraña al menos un poco) pero también atravesado por una interferencia robótica en su voz, de modo que hice esfuerzo sobrehumano por encontrar el hilo de sus palabras, tan mala era la calidad del audio. Yo ya le estaba a punto de hablar de mi emoción por sentirme en la primera mitad de los dos miles cuando escuché un bip-bip que, ahora entiendo, me indicaba que debía insertar tres pesos más para continuar conversando o que debía resignarme al final inevitable de una inventada conversación. Como no lo entendí en su momento, el teléfono dio fin a una conversación aún prematura. Me quedé con ganas de llamar a alguien más, así que busqué otra cabina telefónica. La encontré, si bien muchas están destruidas, sorprende la cantidad de ellas que están aún en pleno funcionamiento y aún frente a nosotros. Intenté llamar a Roberto, y la llamada entró, lo sé porque el timbre así lo indicó, pero la rechazó o simplemente no la tomó. Inteligente. Pero debía de abandonar la moción dosmilera victorioso, así que llamé al CAFE. Contestó, y le hablé de mi éxito y curiosidad en aquellos teléfonos en literalmente cuarenta y cinco segundos, a lo que no entendí una chingada de su respuesta, pero sonaba alegre como siempre. Me dijo que estaba en el metro y el legendario "Emperador". 

Todo esto es muy sencillo. Al menos en acciones. Simplemente llamé a tres amigos por teléfono. Pero nunca se trató de las llamadas en sí. Eso puedo hacerlo ahora mismo, y sin gastar un centavo al respecto. Y con calidad de audio es ordenes de magnitud mejor a lo que escuché en la calle. Estamos en plena era digital. De eso se trata. El salto a una tecnología anterior se siente como un salto cuántico. Como si cambiáramos una pala por una cuchara. O una llanta por un un cono de plástico de esos naranjas que cercan las calles. Me imaginé por un momento cómo las fotografías ahora están en la nube, un lugar artificial. Son archivadas en lugares en buena medida intangibles. Para poseerlas físicamente, hay que imprimirlas, y aquello es cada vez menos común. Estos teléfonos se están apagando poco a poco. De hecho supe que hace unos meses o como un año, el último teléfono público de Estados Unidos fue removido de la existencia. Esa crisis para con semejante objeto (icónico en buena medida) se encuentra aguzada a nivel nacional, pronto desaparecerán también. Simplemente tuve que realizar las llamadas en nombre de la tecnología analógica (lo que resta de ella). Porque esa crisis en realidad demuestra el avance implacable de las tecnologías digitales y cómo nos arrollarán por completo. No es novedad en lo absoluto, pero los tiempos cambian, ¿qué de lo que uso ahora y me es natural tecnológicamente hablando desaparecerá en algunas décadas? ¿también seré un abuelo renuente al cambio? ¿qué será mejor que los smartphones? 

Hay una fotografía en el suelo. Se está quemando. Sus orillas chamuscadas desprenden un fino humo, como el incienso oriental. Pero el polvo no se llevó la imagen. Puntitos de luz la reflejan. Brillantes, artificiales, casi como la luz del quirófano. Se observa una cabina de teléfono (la última en México) abandonada, rota, en mitad de la noche.  

viernes, 12 de septiembre de 2025

MI PRIMERA CHAMBA IV

 9:54 AM en el bachilleres 7. Hola tío, ya llegué, dime dónde puedo alcanzarte, que se me hizo un poco temprano. Riiing, Hola Rami, Hola Tavo, vas a caminar hacia el eje, y nos vemos en la esquina. Hoy si vamos lejos, oh, entiendo. ¿Qué toca hoy? Vamos a poner unos clósets. Entiendo..., decía para mis adentros, poner unos closets no es lo mismo que hacerlos (¿cuándo empezaremos la carpintería?), aunque la moción sigue siendo trabajar en lo que la tesis afloja su apretado cinturón mental que retiene la coherencia de mis ideas rebotando entre seis Meditaciones Metafísicas de un ex espía francés. Y..., ¿a dónde vamos? Vamos lejos Tavo, vamos lejos. Ramiro tiene esa aura misteriosa que la familia Cervantes en alguna u otra medida encarna... Tomamos el primer pesero que a mi me pareció que dio un rodeo por donde vine y le dije eso a mi tío, y él muy tranquilamente me dijo que no, que estábamos pasando por otro lado, un Cinemex viejo, un cuartel del ejército, estamos a punto de llegar a la avenida Zaragoza. ¿Sabían que antier explotó una pipa de gas por ahí? ¿Por ahí pasaremos? Le dije a mi tío. Sí. Y sonrió tímidamente, conjuntando una pena tremenda por los inconvenientes mortales que la ciudad puede ofrecer y una indiferencia no oscura sino... pacífica. No sé si me explico. Pedimos tortas pues allá no nos iban a dar de comer (eso creíamos), y tomamos la combi que nos lleva toda la avenida. Yo no dejaba de ver por la ventana, ahí está el ISSSTE, ahí está la ferretería gigante que me gusta, ahí están... más pipas de gas, me sorprendo, y una mujer también, intercambiamos algunas palabras al respecto, parecía que éramos tres amigos en una cafetería, al menos por quince minutos. Y de alguna manera extraña pero funcional mis comentarios acerca de los detalles técnicos de la existencia tenían lugar allí. Avísame cuando pasemos al lado del hospital psiquiátrico, okey, miré a la ventana y se me estaba yendo de la vista y le dije tío ya llegamos, ah, si es cierto, debí haberlo visto antes, me apendejé, hasta luego, mujer de la combi. Era en medio de la nada, que es equivalente a decir: a 800 metros de la primer caseta que da salida a los automóviles de la CDMX, en la carretera México-Puebla. Subimos un puente amarillo, en ese instante el viento frío de septiembre me hacía pensar que tal vez son bellos los paisajes con cielos grises, sintiendo que debajo de ti pasa el peligro y la vida veloz, y que un segundo elevado asemeja, quizá, a un segundo volando en los cielos, sin aviones, o sin alas... Pero bajamos, y con ello mi mente otra vez maquino pensamientos de tierra, nos hicimos doblemente norteños pues escrutamos entre las calles Sonora, Nuevo León, hasta llegar a la de Durango, no sin antes darnos cuenta de las higeras, de las granadas, incluso de los chayotitos que extrañamente se aferran a las fachadas de las puertas y los agujeros en las aceras que asemejan macetas para poder vivir. Durango, pero el del norte (de la CDMX) y la calle, por supuesto, hasta el fondo. Oye Tavo, vamos a entrar al Templo, no te saques de onda. Ellos van a hablarse de 'hermanos', y a mi también me hablarán de hermano, pero tu refiérete a ellos normal. Tú te refieres a ellos normal, y no pasa nada. Ya no entendía nada, pero estaba bien, y por fin llegamos a una casa como cualquier otra de esa calle. Hola Ramiro, ¿cómo estás? nos dice una señora de mediana edad, vestida con delantal, suetercito azul y falda negra, hola Hermana, él es mi sobrino, buenas tardes, me llamo Octavio mucho gusto. Pasamos a una casa en media obra negra. Vamos a poner los clósets, Hermana. Uy, Ramiro, disculpe. Mi hijo no ha acabado de poner el piso, ¿pero me ayuda con el baño? Hoy tocó, por fin sé, hacer de plomero. Y así comenzaron las horas de trabajo. Aprendí a taladrar para poner además unas repisas. Ya hacía hambre, ya cómete tu torta, Tavo. Descanso unos minutos, devoré aquello. La Hermana se aproxima a mí, ¿y vas a la iglesia? no, señora, fíjese que soy el mismo diablo, o más que nada, me quisiera autodenominar el anti-cristo. O más bien, el ecce-homo. Fueron algunas posibles respuestas en mi catálogo de respuestas, pero no sobre expliqué y simplemente dije no, no soy creyente, enfatizando una ligera pero visible confrontación con mi mirada. Ahhh. Ya... dijo ella con desdén, a lo que procedí a ser interrogado como si hubiera cometido un crimen de guerra en Irán o quien sabe qué expediente mental o imaginario quiso hacer la Hermana de mi, ¿cuántos años tengo? (¿qué importa eso?) 23, ¿qué estudias? ¿cuántos hermanos tienes? ¿por qué viniste aquí? sí, es que en lo que tengo algo sólido con la filosofía he decidido ayudar a mi tío, Ah... ¿Qué diablos quiere decir con eso, señora? pensé, pero dije para mis adentros que desconectarse en la casa de Dios era probablemente una de las peores decisiones que podía hacer, lo cuál realmente no significaba nada porque no creo en Dios, más bien dije no mames taBO, está tu tío, estamos pacíficamente hablando, y todo normal, todo X. Que me ponga de los nervios esta gente y estas creencias es otro asunto. Bueno pues nadie me avisó que había llegado la hora de la comida oficial, y que tenía que comer otra vez pero ahora mole con arroz. Y si bien soy un cerdo malagradecido cuando se trata de consumir alimento, no sé que chingados tienen las tortas de Zaragoza que fulminaron y rellenaron mi estómago como no pudieron 42 rollitos del sushi roll en mis buenos tiempos. El caso es que ahí sí me apené de negarle la comida a esta (ante todo, hay que decirlo) amable aunque insidiosa (eso me parecía) señora. Se sumaron dos integrantes. Un señor de la temprana tercera edad y el hijo de la Hermana (no mi sobrino ((debo dejar la comedia)). Y después de que la Hermana insistió 2 minutos en darme mole con arroz que se me hicieron como treinta minutos, dejó de insistir, y Ramiro convino en mi teoría de que las tortas de Zaragoza tienen algo sobrenatural que llenan incluso a los estómagos más apetentes. El caso es que comenzaron a rezar y por unos segundos escuché las plegarias musicalizadas de fondo también, generando un extraño ambiente que no terminaba de cuajar en una experiencia mística, sino, como sacada de un espacio liminal, alejado de todo, alejado de todos. Entonces comenzaron a comer, y la Hermana al parecer llenó su página uno de su expediente mental, pero se dio cuenta que le hacía falta rellenar la página dos, tres, cuatro y hasta la quince, pero entonces inflé el pecho de valor intelectual y cuando me preguntó la clásica qué haces en filosofía escupí un discurso que en mi mente sonó épico, y creo que para todos en la mesa lo sonó, menos para la Hermana, le hablé de la correcta construcción de creencias, de que en filosofía aprendemos a pensar bien, casi le digo que por la filosofía somos capaces de evadir cuestiones como el dogma, pero en eso Ramiro me interrumpió, o más bien, tomó la palabra apenas cerré cinco segundos la boca y recordó lo difícil que es notar cosas que están frente a uno mismo, como en la biblia, y entendí que mi momento discursivo estaba acabando, pensé en si había sonado pedante otra vez pero el señor estaba como maravillado de mis palabras, y a él dirigí los últimos soplos de mi grandilocuencia intelectual puesta en escena de nuevo, retomando unos puntos que expuse antes, tomando la palabra una última vez antes de abandonarla para siempre en esa sobremesa. Ese señor me alejó de quedar, como en el meme, por milésima vez. Entonces llegó la última parte del trabajo y cuando se complicó sacar un tubito de metal del lavabo, y ante el fracaso que supuso tratar de cortarlo con unas míseras pinzas, Ramiro demostró que tiene unos de toro y se sacó el reguilete (una sierra de disco de metal) de la nada o de su bolsillo, ya no sé, y sin lentes, sin miedo y sin avisar zambale, cortó el pedazo de metal del cual brotaron unas chispas brutales, ni me dio tiempo de reaccionar y sólo dije ay wey. Pues ya habíamos acabado con el baño y la luz, y fuimos a medir unas cosas para que el pusiera el clóset. Y se me ocurrió preguntar, ¿y esta es la casa de la señora? a lo que me respondió con unas pocas palabras y el ceño un poco fruncido, no..., éste es el Templo... Sin más. Es extraño, me habla a montones de las calles y las cosas, pero poco de las circunstancias y su significado. Pues ya nos íbamos y esa señora me dio las gracias por trabajar y lo le agradecí también y casi le pedí que mi expediente lo mantuviera en secreto o que por lo menos me pasara esos documentos pues yo luego pierdo los míos y desaparezco. El hijo de la Hermana nos dio ride al metro Guelatao, pero la camioneta era de esas que solo tienen dos asientos al frente y área de carga detrás, y fue mi tío quien se acomodó, como todo un can que disfruta del viento, atrás, sobre una caja de plástico para verduras. El hijo de la Hermana generó conversación conmigo, y fue agradable aunque no pude evitar notar que en su discurso pretendía haber algo hipnótico, un espiral, me habló de Dios, de las mociones del templo, de cómo hacían actividades de recreación, que iban a acampar, y le pregunté si un ateo era capaz de obrar bien sin Dios, y me contestó lo que esperaba escuchar, que sí, que Dios tiene las puertas abiertas de su corazón, y que nunca es tarde para aceptarlo, y de pronto ya habíamos llegado al lugar pero ese hombre alargó artificialmente el discurso un minuto en el cual mi tío ya se había bajado de la parte de atrás de la camioneta, pero él no paraba de hablar y yo simplemente le dije bueno ya tengo que bajar, y me dijo que sí, que sin problema, y me sentí como los ratones que se escapan milagrosamente de ser devorados por una serpiente venenosa. Ya en el metro, adiós Tío, nos vemos la próxima semana, adiós Tavo, ahí te digo cuando nos vemos la próxima semana. 

lunes, 1 de septiembre de 2025

¿Aún existen espíritus virtuosos?

 De los virtuosos, el más laxo. De los laxos, el más disciplinado. Eso creo que soy, ¿pero realmente soy virtuoso? No tengo idea, principalmente porque no me considero específicamente una buena persona, pero tampoco una mala. Ambas son palabras cargadas no solo de significado, sino de una prueba a quien las encarne. El bondadoso debería, idealmente, tender hacia la ejecución de actos desinteresados, altruistas y, en una palabra, ver por el bien del prójimo sin esperar reconocimiento. El malvado, por otro lado, disfrutaría de dañar al otro. Yo lo podría denominar como alguien que tenga conductas antisociales, entendidas aquellas como las que dañan directamente el orden social y por ende suponen un obstáculo directo para la armonía que como sociedad deberíamos propagar. No soy bueno porque la bondad no nace de mi, al menos no naturalmente. No soy naturalmente compasivo, mas no por ello no entiendo de compasión. En muchas ocasiones, simplemente paso de circunstancias que no me incumben. Tampoco soy malo porque por lo general no disfruto ni invierto demasiados recursos en dañar a nadie, y casi siempre que la ira me consume y pienso en dañar al otro se debe a circunstancias muy puntuales que han incidido en mi ánimo, mas no busco propagar ninguna cantidad de odio que exista en mi "de a gratis". Si lo planteo así, podría suponer que me muevo en el justo medio entre la bondad y la maldad, pero no quiero juzgar aristotélicamente mi moral aún. 

A pesar de mis falencias, me he considerado especial. El adjetivo que mejor me definiría, según mi percepción de mi, es: "formal". ¿Qué es la forma? lo delimitado por un perímetro, bien definido. Considero que en mi existencia he sabido trazar perímetros de situaciones, circunstancias e ideales que me han permitido vivir adecuadamente. Lo que pasa es que siempre se me ha hecho más fácil vivir teniendo las cosas bajo control. Pasa también, que casi por definición, ello implica que creo en cosas. En una suerte de teleología para mis acciones. Es curioso porque se me ha dicho que por mi actuar sería un excelente cristiano, pero yo no creo en ninguna patraña judío cristiana. La disciplina es importante, eso he aprendido. Por lo tanto, ¿la virtud también lo es? eso me gustaría decir, pero me parece inexacto qué es lo que quiere decir esa pregunta. No podría decir que no diferencio entre el bien y el mal, pero podría decir que pocos han tratado de actuar bajo la premisa del bien absoluto. Mi entorno directo e indirecto se rige bajo premisas morales realmente laxas o apegadas a la normativa de una institución/corporación más grandes que ellos. Me sorprende la baja cantidad de individuos que realmente 'crean' su moral. También, cómo no, me decepciono de lo poco virtuosa que en general resulta la moral creada por los pocos que he conocido y que la han creado. Al menos el estudiante promedio de la FFyL es bastante poco virtuoso, eso he reconocido. No despotricaré ante ellos o sus profesores, no es mi objetivo ahora. Pero quiero señalar que entre ambos noto pocos individuos que cuiden del bien más preciado que poseen: su propia alma. No con esto quisiera decir que la vida de académico diga ya algo negativo del tipo de persona que aspire o viva como tal, pero me gustaría sí condenar a aquellos cuya personalidad parece basarse enteramente en ser académicos. Me parece soso y hasta hostil. Pero lo que realmente quiero decir es que pocas personas se preocupan de aquello cuyas almas puedan consumir, y hacia donde los llevará tal consumo. 

¿Y por qué dije que soy especial? ¿Qué me diferencia -supuestamente- de las demás personas? 

Que yo sí me he interesado en agrandar mi alma. Sin embargo, entiendo perfectamente que no puedo considerarme virtuoso, porque para ello sí debería ser bondadoso, y esto no es algo que se pueda resolver o cambiar fácilmente como podría decidir si mañana desayunar huevo revuelto o pasado mañana molletes. O algo parecido, porque no me interesa a nivel nuclear la bondad. El trato es simple, tu eres bueno conmigo, yo soy bueno contigo, y viceversa. ¿Por qué tendría que ser de otro modo? ¿Acaso debería ser yo primero malo con las personas primero y esperar en esa medida respuesta? suena igual de absurdo para mí que primero ser bueno con las personas. ¿Me explico? 

Es por ese desinterés generalizado que no puedo considerarme tan único. Creo que hago cosas que los demás no hacen, pero tampoco creo estar en ningún tipo de élite. Me pesaba más antes. Esta realización fue emergiendo tras una serie de pasos que fueron poco a poco desmoronando forzosamente a mi ego, ya bastante grande, como es notorio. Pues, si soy formal y si sé trazar formas, figuras e ideales, puedo apegarme a cualquier normativa generada, pero no tiene por qué ser necesariamente buena o mala. Puede ser mía. Y eso es lo que creo haber aprendido en tiempos muy recientes. Que puedo crear una moral para mí. Sin embargo, eso me genera muchas dudas que a continuación expondré. 

Si dentro del margen de lo legal puedo crear reglas para mí, ¿de qué sirvió toda la restricción que supuestamente abonaba a mi gran moral? ¿Me estaba perdiendo de una vida más 'normal'? ¿Me perdí de algo no habiendo ido a grifos en preparatoria?, ¿perdí realmente alguna oportunidad valiosa en refugiarme en mi dolor en el mismo periodo de mi vida?, ¿perdí algo elemental en tratar de ser cuidadoso para con mis vinculaciones afectivas en todo ese tiempo, y aún ahora? 

Porque si siempre pude funcionar "como quisiese" y si siempre pude haberme delimitado bajo egoísmos funcionales, ¿entonces dónde queda la moral superior, si al final no es otra, si al final no es más inventada que la mía o la del ruin? ¿en dónde radica lo que hace que un alma sea grande y admirable? ¿en su simpleza? hombre, yo también puedo simplemente desear alimentarme con media hoja de césped y una gota de agua de rocío por miles de años, pero eso no es realmente lo que admiramos de alguien virtuoso. ¿Radica en lo heroico que pueda ser? pero al final si alguien siempre salva a los demás, o bien esperará admiración y aprobación a cambio o bien no podrá salvarse a sí mismo. ¿Radica en la contención que pueda uno tener con respecto a sus impulsos primarios? pero al final todos tenemos que comer y beber con algún mínimo de disfrute, y liberar tensión sexual de uno u otro modo (aunque sea dormidos). Todas las anteriores parecían ser modos de vida que se asocian claramente con una vida virtuosa, pero encuentro mal en cada una de ellas, ya sea en mayor o menor medida. Ya sea en una micro o macro escala. 

Entonces, es extraño, se siente como si en verdad el modo de vida que he articulado para mi fue obra de un impulso ciego, que sólo procuraba mi supervivencia de alguna u otra manera. No quiero decir con esto que el bien y el mal se disuelven y que viva la vida, a vivir el libertinaje, no, antes bien, quisiera en verdad afirmar todo lo contrario. Pero el énfasis específico que hice durante tantos años en facultades y cualidades propias que me hacían poseedor de algo diferente al resto parece ahora insulso y hasta pedante. Es cierto también lo que en algún rincón de la academia me dijeron: si tu no ves los avances, nadie los va a ver. Supongo que se extrapola a: si tu no ves tus virtudes, entonces nadie más las va a ver. Creo que sí. Pero también, ¿qué sentido tiene pretender ser útil en la medida que formal si a realmente nadie le interesa cómo puedas predicar una buena vida? Por supuesto que en alguna medida es un acto social ser un individuo virtuoso. Yo estoy en una antesala. Pero, ¿seguir cuánto tiene sentido? ¿Qué respalda que haga el bien por el bien y evitar el mal? ¿Qué respalda -más allá de un inagotable gusto personal- que cultive mi alma? si no soy capaz de iluminar otros caminos y la supuesta luz que poseo se queda para mí, qué decepción, qué mundo, y yo no voy a hablarle a quien no quiera escuchar. No necesariamente ser iluminado, esa pretensión es muy grande. Pero, por lo menos sacudir una cabeza. O que por lo menos alguien te diga: buen trabajo, reconozco tu esfuerzo en no quebrarte, estudiar, no corromperte por las sustancias que rodean a tus compañeros de escuela, que bien que has progresado en tus marcas de gimnasio, que bueno que llegas todos los días a dormir a casa y en buen estado, que bueno que me ayudas recogiendo y haciendo mandados, que bueno que no te has ablandado y has tratado de hacer algo útil incluso con tus tiempos libres, que bueno que vas a trabajar con tu tío, que bueno que en general tratas de alimentarte bien, que bueno que acabaste en tiempo y forma tu carrera cuando otros se tardan 6 años o más, que bueno que aunque tienes tu privilegio aún tienes sueños y ambiciones, y no te has dejado caer en los laureles de los libros o los pasatiempos, que bueno que eres tu, no en separado, porque yo no soy mi éxito de la escuela o mi buena marca en el gimnasio o mis lecturas, soy el que se ha cargado todo eso sobre la espalda y aún así tiene tiempo para los demás, soy aunque no lo parezca, el que aboga por todo tipo de resolución -a veces espasmódica y con incoherencia-, soy el que carga la presión de superar un legado insuperable. Nadie lo ve, ¿por qué tendría que exponer que todo eso sí genera cierta presión invisible sobre mí? Y NO, no digo que qué miserable vida, que necesito condescendencia. Nada de eso. Pero sí es difícil vivir según lo que creo que es bueno. Nadie lo ve, aunque lo explique y desmenuce. Porque claro, "lo tengo todo" o más que la mayoría, pero ¿saben lo fácil que habría sido no tener idea -al menos en esbozo- de lo que hubiera sido bueno para mí en su momento? ¿Saben la cantidad de decisiones estúpidas han hecho amigos cercanos, el tiempo que han perdido teniendo materialmente lo mismo o más que yo, pero genuinamente un quinto o un decimo de mi moral? Tener comodidad no significa la resolución absoluta a problemas tontos. Antes bien, es perfectamente la fórmula para tenerlos. ¿Saben cuánto me ha costado mantenerme sobre mi carril? Aunque se los pudiera explicar, nunca me entenderían. 

Por todo eso, es tan cansino notar que parece que pude haber sido menos de lo que fui, y estar en el mismo lugar o más adelante signifique lo que signifique eso en lo que estoy ahora. Es cansino notar esfuerzos de otros caer en sinsentido porque nunca tuvieron la facultad de organizarse bien en mente y en actos. Este mundo no premia la moral, pero lo que me parece peor: no castiga la inmoralidad. 

Entonces, ¿por qué el supra interés en la pureza? cuando a alguien le hablas de eso te miran como un payaso cuasi performativo, y lo peor para mí es que parece que sí lo somos. Los que queremos la pureza. 

No soy de los que se resignan fácilmente ante situaciones. Pero sí parece que a nadie más que a mí me importa la pureza en la vida. Bueno... quizá unos pocos. ¿y con eso basta? Tampoco soy un monje. Antes que guerrero, que no creo ser, soy una mini maquinaria, pues aún mi actuar es en buena medida sólo formal como ya he venido diciendo. Antes que abandonar mi actuar, me gustaría encontrar un algo que me siga dando esperanza en que mis visiones del mundo no se irán por la borda, que mis esfuerzos tienen sentido más allá de mí. Que puedo trascender y ser apreciado por todos las pequeñas decisiones que suelo tomar en aras de un orden que aún no conozco, pero al cual estoy a su servicio, y es más grande que yo. 

 

martes, 15 de julio de 2025

No me pidas que regrese, corazón

 No me pidas que regrese, corazón, porque estaré desparramado en la nieve de Siberia, con las tripas de fuera regando con sangre la prístina blancura de los mantos blancuzcos. No me pidas que regrese, nadie regresa del juicio de la memoria, nadie regresa del frío calcinante. 

Supongo la paz es buena, allá en las penumbras de las cuevas que descienden en acantilado hasta la garganta del diablo. Debajo del manto rocoso, un par de murciélagos duermen todo el día. Miles de pinos enfilados, saludando el amanecer. Nieve y solo nieve recubre la superficie visible por mis ojos. 

Me decía que era fácil perderse para encontrarse, ya sabes, dichos populares, cosas que escuchas que la gente se dice para arreglar sus mentes. ¿Cómo se arregla una mente? A lo mejor caminando unos cuantos kilómetros en las llanuras de Siberia, observando la lejanía; cómo es que el viento silva en augurios y cómo se lleva el polvo. ¿A dónde se va lo que se lleva el viento? 

Dar los primeros pasos activa engranajes antes dormidos. Ordena un poco taciturnos pensamientos. ¿Por qué soy agresivo conmigo mismo? ¿Por qué me gusta el dolor? Imágenes de una niñez distorsionada aparecen por mi mente, pero aquí ya no se puede huir; ¿acaso confrontar las imágenes haría la diferencia? Resultó natural que hiperventilara, que sintiera que en alguna medida nada tenía sentido, ni mi mente, ni mis traumas. 

¿De cuando a acá he deseado sólo perderme? Difuminarme sin que encuentre nada. ¿Cómo será un lugar lleno de vacío? Blanco, extremadamente blanco debe ser. Agresivo para los ojos. Un lugar donde sólo pudiésemos flotar. 

Ya los pasos se empastaban de esa sustancia invisible que es el cansancio. Me arrodillé, como lo hice ante todos los recuerdos imparciales y lastrados a mi humana condición. Casi no me di cuenta de que frente mío se encontraba un lago congelado, pero yo sólo tenía sed ardiente y mi cuerpo comenzaba a anhelar frío para quemar al frío. 

Palpé las aguas heladas, mis manos se adhirieron a ellas, estaban como imantadas, y en mi reflejo vi mi rostro, y mis memorias. Comenzaba a llorar, más por la falta de control sobre este final que por tristeza. Al fin y al cabo, nada es mío, nada me pertenece. 

Escucho una dulce melodía, proviene del corazón de estas aguas. 


In the bleack mid-winter,

Frosty wind made moan,

Earth stood hard as iron,

Water like a stone;

Snow had fallen, snow on snow, 

Snow on snow,

In the bleack mid-winter

Long ago


Vislumbro un rostro. Princesa de hielo, ¿me estás llamando? Acércate, que no te escucho. ¿Necesitas mi oído sobre el hielo? Me arde la garganta, la piel, estoy en llamas oscuras, te necesito, muerte, maldita sea, te necesito. ¿Eres tú al fondo? 

Fusiono mi cara al hielo, despojo mis ropajes, necesito más frío, necesito descubrir el secreto que aguardan tus ojos, princesa de hielo, son dos diamantes, pálida tu piel, y tu cabello, y tu vestido noble y fino, necesito darte la mano, depositar mi fe en ti, en mi final porque sólo eso es algo seguro. 

Comienza a vibrar el hielo. Estoy desparramado, con las tripas de fuera, manchan de sangre todo el camino que he recorrido hasta aquí, no me pidas que regrese corazón, pues nunca lo haré, mi alma se escurre entre mi cuerpo hacia el vacío sideral, mi pulso se apaga junto con el del planeta. Vomito sangre y entrañas, y solo puedo notar cómo los filamentos van tiñendo el azul rey de estas aguas en vino espantoso. No, no quiero opacar tu figura, princesa de hielo, ¿por qué sigues estática, viéndome? ¿Por qué no te has ido? 

Se quiebra el hielo donde reposa mi cuerpo, caigo al agua, me despojo de sensaciones corporales y al abrir los ojos veo el rostro de la princesa de hielo, 


posa sobre mis labios un beso sabor a rosas y espinas, 


nada soy, ese cuerpo se hunde, 

nada soy, 

nada soy,


mi tiempo se acabó. 

Nada soy. 

jueves, 26 de junio de 2025

la ilusión del control

 Yo no pertenecía más que a un oscuro silencio. No extrañaba en lo absoluto la vida. Las sonrisas, las ocupaciones, a los otros. Tampoco las tantas vidas que este antiguo edificio albergaba. Las sombras susurran los alegres gritos de los niños, los escombros me hablan de las rutinas de hombres olvidados, que caminaron un día a la vez hacia el olvido. 

Todo es silencio, y a pesar de su pesadez, hay un dulzor especial en el olvido. El silencio es olvido, sí. Pero también es la paz. ¿Qué hace alguien como yo hablando de la paz? Supongo que en el fondo estoy más que cansado, por eso inventé aquí. Supongo que puedo dejar de abstraerme y ser realista, lo cual significa dejar de hacer esfuerzos por encontrar sentidos. Y sentir que en el fondo mío hay un hueco lleno de nada, de éter, de la materia más difusa que puede alguien pensar. "No estoy ahí", "no puedes hacerme daño", son dos consignas que me regaló esa facultad de la difusión, "no estoy ahí", "no puedes hacerme daño". ¿Por qué? Porque no hay nada que dañar. Ni si quiera es que no tenga valor lo que poseo, sino que, no hay nada que poseer, nada en este mundo me pertenece, "no estoy ahí", "no puedes hacerme daño". ¿Es eso lo que se encuentra al final de mi mente? Solía pensar que después de la ambición tendría que hallar un lugar donde por fin desarmarme, donde poder descansar. No me percataba que ese santuario, toda esa paz ya se encontraba integrada en mi mente, solamente no la había dejado ser. No me entiendo del todo, eso me molesta. Por eso quiero regresar al origen, al silencio. Por lo menos el tiempo suficiente como para que se sientan los eones transcurrir entre segundos, y puedan las novas estallar y formar estrellas nuevas, como ideas, en mi entendimiento. 

Quiero subir los escalones del oscuro edificio, perderme en los detalles de las frías paredes, ver los viejos mecanismos de los elevadores, probablemente ir hacia ellos y jugar con los engranes. Que los días y las noches se entre mezclen y sean libremente, que me demuestren que la ilusión del control sí puede ser transitoria. Quiero ver desde los barrotes de barro y tiza el eterno atardecer, sentir la soledad con la que he soñado desde hace varios años, reconocerme en ella sin que nadie más exista allí, ni las almas de los muertos, ni las memorias del pasado, de nada ni de nadie. Quiero recostarme en la oscuridad y pretender que nada pasa, que todo tiene un secreto orden universal que mueve las partículas, incluso las mías. Solo para conducirme a la conclusión de que estaba predeterminado, que no tengo curso de acción sobre nada y que lo que supuse como mi voluntad es solo otro gran artificio. 

Ya me había relacionado con la paz y el silencio, hace unos años solía endurecer mi mente, cuerpo y espíritu de manera constante. Luego pasó el tiempo, luego las emociones, las ilusiones y las promesas compartidas. Quiero creer, pero no puedo. Comenzando por mí. No me siento más que un amasijo de carne teledirigido hacia el futuro. Y, ¿sabes? sé por qué. Entiendo por qué dejé que el frenesí manejara mi vida. En parte, vivir así permite que las situaciones no me introyecten mentalmente, en parte, es una máscara, no quiero reconocerme como un ser dependiente del alto consumo y más pasivo de lo que me gustaría. Pero eso también soy, me encuentro desarticulado. Siguiendo la ilusión de control. 

¿Qué sigue para mí? Probablemente, un jardín mental, generar el lugar que he estado buscando, pero dentro de mí, no fuera. Aceptar, dejar ir, dejar de vincularme compulsivamente. Aceptar las fallas. Habitar el edificio vacío, sentarme en una esquina a hablar con mis emociones. Recordar la vida como si fueran cortometrajes, catalogar, destruir, guardar y atesorar. Recuperar la llave del control. Subir a la azotea y perderme en el frío, la paz, la paz que es mía, que nada ni nadie me ha de poder quitar. 

sábado, 31 de mayo de 2025

i'm just an ordinary man...

 solo un hombre ordinario 

sin oz ni martillo 


con tiempo, 


encuadrado en una burbuja, 

en cuatro líneas del pensamiento y 

la curiosidad selectiva


¿quién me hizo creer que era tan grande? 

quién me vendó los ojos

quién creyó en mi entendimiento

maldito

y profano


¿quién me miro a los ojos y dijo: es una corona la que se encuentra sobre tus sienes, es un bastión dorado el que porta tu mano derecha, y es una estela la que puede seguir tu voluntad, siempre? 

¿por qué no tengo suficiente? acaso porque me acostumbre al mando, quizá porque poco a poco fui creyendo los cuentos que leía, 

nunca comprendí la realidad objetiva, nunca trabajé en nada más que en mis sueños

y el mundo no entiende de sueños, solo de piedras calientes, sal, cráneos quebrados,

dientes clavados en el asfalto, amasijo de carne podrida, alcantarillas, 

y gusanos encarnados. Yo nada de eso entiendo, acaso podría indicar intersecciones entre los sistemas, imaginarios por supuesto, de ese Kant, Aristóteles o Descartes, 

podría enunciar algunas formas en las que el entendimiento desgrana argumentos como un molino mazorcas, y los procesa hasta refinar un polvo a partir del cual crear cualquier cosa, podría hacer a cualquiera imaginar o pensar, 

pero aun no puedo enfrentarme a mi mismo, sin que la ansiedad me absorba, sin que me acorace de uno u otro modo, 

sigo siendo un misero privilegiado, preso de sus fantasías y deseo de control, ¿quién va a controlarme a mí? ¿quién podrá detenerme? 

pero,

¿y si lo que veo es universal? 

¿y si mi carne en verdad está hecha de otra madera? 

¿qué tal que lo que veo es enorme? único, grandioso, 

¿qué tal si no estuve en lo incorrecto? 

¿por qué conformarse con lo que tus manos sostienen? Diógenes debió tomar dos cuencos, no botar el que tenía. No soy esa clase de cínico. 

¿Por qué vivir en tinajas cuando puedes pelear por vivir en palacios? 

ustedes piensan que yo no sobreviviría allá afuera, 

y que mis miembros de descompondrían apenas tocara con mis pies la piedra caliza, 

pero ¿saben qué? mi sangre me exige aplastarlos a todos, 

dominarlos a todos, 

entonces me elevaría por sobre mi situación, 


quítenme todo y regresaré con el mundo entre mis manos. 

Quítenme todo, lo ruego, 


y regresaré con el mundo entre mis manos.  

  

viernes, 11 de abril de 2025

el ciclo

Estaba sentado en la piedra de mis eternas meditaciones cuando a lo lejos escuché un estruendo mortal. Apenas abro los ojos, me encuentro con un cometa que velozmente quiebra los cielos, coloreándolo de un naranja estrambótico, como las lenguas de rayos de sol. Aquel destello me cautivó, y me pareció escuchar el canto de una sirena que seguía a la rauda estela. Ese trazo brillante llevó mis ojos al horizonte, donde pude observar como resultado la colisión del pequeño astro en los valles volcánicos. Sabía que tenía que ir hacia allí. Usualmente estos lares permanecen solitarios. 
Este planeta es ideal para mí. Es oscuro, y sólo los rayos de las tormentas lo iluminan a base de espasmos plateados. A veces, eventos como éste también lo logran. Pasa que hay una capa de nubes tan gruesa que los rayos del sol al cuál el planeta orbita se quedan excluidos de aquí, de la superficie. A pesar de ello, he palpado todos sus surcos y protuberancias. He crecido aquí desde que tengo memoria, y de algún modo, me he hallado también perfectamente bien a lo largo del tiempo. Lo que más disfruto es recorrer los valles solitarios corriendo, saltando o rodando, o quedarme quieto en posición de loto unos cuantos miles de años. Este planeta también tiene un océano turbulento, cuyas aguas son muy difíciles de calmar. Es otro de mis desafíos ir allí y tratar de dominarlas. Es allí precisamente donde las tormentas más salvajes ocurren, no han tenido un fin hasta ahora, y no se sabe si han tenido tampoco un principio. Parece que todo lo que existe en este planeta siempre ha sido así. Sus piedras, su oscuridad, sus turbulentas aguas, las tormentas. 
Sólo sé que éstas son las reglas. 
Es mi hogar, desde luego. No tengo muy claro cómo es que llegué aquí, y no tengo realmente opción de salir de aquí tampoco. Pero yo tengo poderes. Todo lo que reflexiono lo tatúo en fuego sobre las piedras sagradas, y son los textos a los que recuro una y mil veces. Estar tan solo conduce a la mente a recurrir a métodos extraños para no volverse loco. O... volverse loco de una manera, digámoslo así: personalizada y ajena al dolor. En mis eternas caminatas he tatuado miles de letras y palabras en la memoria colectiva de un sólo individuo: yo mismo. Mentiría si digo que no he interactuado con algo fuera de este planeta, pero todo aquello asemeja, muy muy en el fondo, a un espejismo radical que no puedo simplemente tomar como cierto. Cierto soy yo, aquí, en esta piedra, mirando al cielo mientras la suave brisa me empapa el cuerpo, mientras respiro tranquilamente imaginando aquello que llaman estrellas o aquello que llaman luz solar. Cierto soy yo, que puedo formular silogismos silenciosos para atacar todo aquello que es externo. 
Entonces me encaminé hacia el lugar de la colisión. Unos cuantos kilómetros de distancia, solamente. Mientras voy pensando en qué podrá ser. O si me tocará vivir en espejismos otros tantos eones. 
Recuerdo haber visto esto antes. Los cielos se rasgaron como ahora, y una aurora de dedos de rosa logró polinizar algo de color en estos paisajes, pero también lo malogró en muy buena medida. Hay algo de mi que miente cuando digo querer no estar solo. Solo estoy bien. Solo, tengo el control. Solo, puedo recostarme en las piedras y ver las nubes del oscuro cielo pasar, y observar sus formas y detallar paisajes tan banales como efímeros. Solo no me importa si aquello que percibo no va a trascender, porque sé que en el fondo nada va a trascender, ni el cielo rasgado que me enseña los rayos del sol, ni el candor de las estrellas. Solo identifico que el olvido es la peor pesadilla de la cordura, y que solamente recordamos ficciones, y me puedo entristecer solemnemente sin tener que contar otra versión de los hechos, y sólo quedarme con mis letras, el océano y las rocas. Solo, no molesto a nadie. 
Entonces ya sabía que un ser externo había aterrizado, sabía que de nuevo nos reconoceríamos en el cráter del volcán, que al instante de mirarnos a los ojos nos paralizaríamos, solo para después diseccionar nuestras almas en un esquema mental congruente para la cognición uno del otro, y después tratar de hacer el habitar mutuo sostenible o agradable. Esos cometas han impactado en este planeta muchas veces. ¿Qué ocurre usualmente? 
Comienzo a arder en flamas, mi pecho me eleva hasta las nubes, donde nacen la lluvia y los rayos, uno me alcanza y me calcina, y como un cuerpo con sus órganos y miembros mallugados caigo desde el cielo con las alas rotas, el cuerpo desarticulado, dejando ahora yo una estela de fuego a través de los aires, solo para impactar en el duro suelo de piedra, que el calor de mis miembros fragmenta en arena. Y allí enterrado he de esperar la regeneración celular que tarda otros tantos eones. Al recuperar consciencia, me estremezco y me aseguro de expulsar intrusos. Respiro los aires de paz una vez más y narro una crónica de luz prestada, ánimo prestado, casi siempre una historia de incandescencia natural propia, océanos turbulentos contrapuestos a el olor de la lavanda, embriagantes vinos y licores y nebulosas flotantes que son como pequeñas luciérnagas ahogándose en los aires de este planeta.  
Todo se repite, ¿tengo que ver al respecto? por supuesto, pero la neutralidad se me da mucho más naturalmente de lo que creería, o en otras palabras: no puedo elegir lo que simplemente me gusta, y los cometas simplemente irrumpen mis cielos. 
A eso voy ahora, estoy escalando las faldas del volcán, no llevo prisa, estoy bien articulado. 
Apenas llego y no encuentro nada. ¿Acaso estoy demente?

Me apena el silencio. No entiendo qué está pasando. Me siento como si estuviera siendo narrado. No yo, por supuesto, porque este verdaderamente soy yo. En mi planeta, en mi silencio. Más bien, este otro yo, aquel que cree inventar un alter ego metafísico. Soy yo el falso, el dueño de los espejismos, de las compulsiones, del cuerpo y de lo terreno. Soy yo al que mi noema inventa. 

domingo, 23 de marzo de 2025

Mi castillo

 He sido un hombre que ha ido a la cantera solo

todas las moronas que mi pico ha escarbado las he convertido en ladrillos

con mis propias manos. 


He tenido en la mira una estrella

de la que mi mente

se ha hecho devoto. 


He apilado los pesados bloques 

la travesía ha implicado simetría

y algunos cuartos en blanco

y algunas noches en blanco. 


Yo sólo construyo de noche. 

Soy el arquitecto de mis sueños

y ahora veo el retrato

de mi lugar anhelado.


Mil pasillos

mil cuartos

un puñado de pisos

y una cabaña

donde he de morir sepultado. 


No conozco los rayos del sol

yo sólo vivo de noche

porque en este planeta las nubes son espesas,

los valles, desolados, 

y la furia, roja, es el prisma a través del cuál veo todo. 


Yo no conozco los rayos del sol. 


Por eso los imito. Mi paradigma primigenio. 


Allí deliro

allí grito

allí lloro

allí existo. 


Porque todo lo externo me es ajeno

porque la piedad se quedó sellada en letras

porque lo material es perecedero. 


Mi mundo es eterno

aún y yo haya muerto. 

domingo, 2 de marzo de 2025

tache

Soy la intersección del tiempo con el recuerdo, 

la masa de sangre que hierve mientras

entre palabras muerdes

la cal y sal calcinadas 

por el viento del norte. 


Estoy en la cúspide del noema, 

arrancando las estrellas del cielo

para guardar su luz en mi pecho

eternamente. 


Me deslizo entre los picos del cuadrado, 

la raíz lógica 

y el llanto abstracto

porque tú nunca supiste hacerlo. 


Sabía Dios que yo lo inventaba, por eso 

quiso engañarme otorgándome unos libros

que manos terrenales escribieron, 

qué jocosas historias. 


Estoy, escúchame bien, estoy en la punta de la palabra, 

mascando cenizas de opiniones ya gastadas, 

inyectando cinismo con una mirada

a mis sátiras funestas. 


Estoy en el filo del recuerdo (yo sólo recuerdo)

macerando ficciones

que me servirán para más adelante. 


Estoy en la prosa de este texto, 

en mi eterno ceño fruncido,


en la tecla de un piano olvidado,

en un sacrificio, 


y en un veloz vistazo hacia el pasado. 


[nunca podrás(n) olvidarme]

domingo, 23 de febrero de 2025

La furia del niño, la furia generacional

 ¿Qué podía hacer frente al miedo? 

¿Qué podía hacer frente a los gritos, la incertidumbre, el abandono? 

¿Qué podía hacer frente al silencio que presagiaban el ojo letal del inspector, de la corrección, de la furia? 


La furia no la elegí, al menos no conscientemente. Es simple, en más de un aspecto. Fue un regalo (maldito) del cielo, fue un mecanismo de supervivencia: un escape. El caos me quitó todo lo que respetaba: mi silencio y mis pensamientos. ¿Qué iba a hacer yo si no es que pelear de vuelta? 

Eso se dijo a sí mismo un niño ante la miseria del mundo circundante. Aquel tuvo un desafío real. Hoy día yo ya no tengo desafíos reales. En parte, que bueno. Edificar de la nada no es algo que deba hacer yo, como sí lo hizo él. ¿A qué acudió? ¿Qué me heredó como un sello fundacional en mi frente? 

La ambición desmedida. El control, el orden. Hoy día domina la laxitud, el engaño, y el libertinaje en el mundo. No podría ser de otro modo y no deseo que lo sea. Pero hay un asiento teórico y práctico que mi sangre me ha indicado es en donde debo reposar. Hay una explicación para todo. Hay una -falsa, si quieres- seguridad en el control que parcha todo lo que se puede salir de las manos. Yo, por definición, no puedo controlar ni dejar llevarme por lo que se salga de las manos. Yo no tengo esos otros poderes de la adaptabilidad, de la lujuria y la gula extrema. Yo estoy hecho de otra madera. 

En mi día a día se me ha acusado de dos cosas, reales en esencia, pero incomprendidas en la misma medida. Egoísta y autoritario. 

Por supuesto. ¿Cómo podría ser de otra manera? si el pequeño sólo tenía sus puños para enfrentarse a lo desconocido y la incierta cantidad de tiempo que el silencio durara? ¿Cómo podría ser de otra manera si sólo entendía de manera fundamental lo que mi mente podía absorber? -un tesoro que, parecía, nadie más comprendía.- ¿Cómo iba a ser de otra manera si mi sangre me arrastra a la edificación de cuestiones, nociones, mundos particulares y compartidos? Si mi esencia es y será siempre poseer el bastión de la dirección en la ejecución de mis ideas. Ellas son la única estela que miran mis ojos. 

¿Y sabes qué? no puedo, ni quiero desposeerme del control y la furia. No puedo eliminarla de mí. Así como tú no puedes desprenderte de tus rasgos fundacionales. No quiero eliminarla de mí porque el poder es sabroso, es el ente invisible más cotizado del mundo, es lo más difícil y más fácil de ejercer a la vez, a veces basta con bajar un poco la voz y brindar un silencio. Los que gritan son solo tiranos -probablemente lo fui alguna vez-. No quiero porque he edificado la fuerza, la vida, mi vida, en un ciclo de constancia (mas no rutina, muerte a la rutina, el que solo repite sin inteligencia nunca progresa) que me arroja al desafío del mañana para enfrentarlo con mis mejores armas: el pensamiento y, al parecer, esta furia. 

Quema, por supuesto. Me he calcinado millones de veces en sus adentros, a veces no sé de dónde mana la energía de mi interior para seguir enojado y seguir maldiciendo. Es un precio a pagar. Lo que considero pertinente ahora es que no permitiré en la medida de lo posible quemar a los otros, lo he hecho casi sin darme cuenta. Soy en parte desagradable. Pero qué te digo, lo llevo en la sangre. Mis ojos frente al horizonte son sus ojos, mi intuición es la suya pero potenciada, mi furia es la suya, pero atenuada. Pudo haber sido peor, por supuesto. 

Sigo siendo combativo. Sigo maldiciendo. ¿Qué te digo? cada quien tiene sus vicios. Tú tienes tus vicios. Sólo el ejercicio de la genealogía individual nos puede develar por qué somos así. Quizá entendernos. Quizá ser mejores. 

Yo tengo el sello de la furia en mi frente. Te digo la verdad: nunca se ha apagado. No sé si se apagará algún día. Nunca me ha abandonado. No sé si esto es bondad. No me importaría, yo no busco la bondad, nunca la he buscado. Esperaría en cambio que asemejara o acercara a la virtud, esa sí la persigo, de esa sí estoy sediento. La virtud duele, sacrifica, endurece poco a poco conforme pasa el tiempo, esta furia y esta asertividad me llevan, con suerte, a habitar allí. Para eso sirve, por lo menos. Pocos lo entendemos. Pocos tenemos la cabeza tan dañada en ese sentido. Pero... aquí estamos. Asumiendo que sí servimos para algo de lo que quizá el mundo no está preparado. Servimos a ideales que están más allá de lo humano. Porque si no podemos ser dioses -que ordenarían el cosmos en su totalidad-, por lo menos podemos parecernos a ellos. Aunque, en efecto, somos los más humanos de todos los dioses.