[Esta no es una reseña y contiene spoilers del libro, advertidos están]
Salvaje: dicho de un animal. Feroz, fiero, bravío, indómito.
Salvaje: dígase de Juan Guillermo, muchachito que lo pierde todo antes de la mayoría de edad y que tiene que nadar contra corriente en los barrios bravos de Iztapalapa.
Salvaje: dígase del libro del mismo título, escrito por Guillermo Arriaga.
Con una narrativa avasalladora e intensa, El Salvaje (2016) erige su escritura como un lobo erige el rostro en el amanecer de los fríos paisajes canadienses, donde reposa Colmillo.
Si tuviera que describir el libro con pocas palabras, diría que se trata de una novela de denuncia y redención. Retrata un México que para mi generación sólo pertenece a los libros de textos y los relatos de nuestros padres: el de los 60's, donde el auge de las drogas, la música y con ello la influencia gringa se encontraban a la alza. En medio de ese contexto, las azoteas de la Unidad Modelo de la alcaldía Iztapalapa son el campo de batalla prematuro para un joven que tiene que lidiar con el peso de: la delincuencia que lo rodea, las expectativas que sus padres le imprimen, la muerte, la muerte y, por último, más muerte. No podemos obviar, naturalmente, el antagonista por excelencia de esta novela: los buenos muchachos y su líder Humberto, comandados por el jefe de la policía Zurita, quien articula este grupo paramilitar de extrema derecha cuyo fin último es mantener en orden y ejercer poder desmedido sobre la colonia Modelo. En este universo, la figura de Carlos emerge religiosamente, primero como guía espiritual de Guillermo, para quien es, en más de un aspecto, su todo. Sin embargo, esta novela es un entramado en donde el hilo conductor supremo de la narración se va bifurcando, generando capas de complejidad (quizá ese es el acierto más grande de todo el libro) que nos permiten notar que Carlos no era en absoluto un ser de luz como lo veía Juan Guillermo, y quizá éste último no era tan impulsivo ni bestial como aparenta.
A lo largo de la novela, puntos críticos que incitan a la reflexión van surgiendo: como primer elemento mencionaría la ya sabida pero nunca redundante crítica a los sucesos ilícitos en el contexto mexicano más popular, donde nadie queda exento de condena. Seamos claros, Carlos también era un criminal. No importa desde dónde pretendamos blanquearlo, el caso es que se le podría acusar de posesión y distribución ilícita de drogas y es dudoso si de asesinato, aunque el libro lo deja a la especulación. Sean, Castor loco y los cómplices de Carlos también se vieron envueltos en una red ilícita de enriquecimiento económico en el que literalmente traficaron drogas propiedad de los Estados Unidos en territorio mexicano. Pero a pesar de ello, la inteligencia de Arriaga supo plantear que ni si quiera fue necesario tratar de blanquear esta red criminal, el mismo desenvolvimiento de la historia conduce naturalmente a que cada paso se siga del anterior. Carlos es presentado como un joven potente, con una visión empresarial que se entrecruza con una intuición poderosa con la que sabe dónde, cómo y por qué producir ganancias monumentales. Su ambición lo lleva a poner patas arriba a la policía mexicana, en donde, de no haber sido por los buenos muchachos, Carlos se habría convertido en la versión con corazón de Walter White. Y esto es importante. Porque la presente historia no es abiertamente moralina, aunque sí de manera un poco más oculta. En este tinglado, Juan Guillermo se nos presenta como un individuo cuya sangre es la sangre de todos los desconocidos, ¿será por eso que en esa mezcla de sangres él pudo conectar con la veta más primitiva de su ser, domesticándola y volviéndola racional? ¿Será que, como Colmillo, heredó la facultad del entendimiento animal? Los fallos de Guillermo hablan más que él mismo, y lo dotan de una personalidad compleja en dónde convergen las clásicas falencias de la adolescencia con la necesidad imperiosa de superar la adversidad vivida. Uno tras otro, van cayendo los bastiones que mantenían bajo control el mundo (ya de por sí inestable) de Juan Guillermo, hasta que violentamente los buenos muchachos llenaron de agua a su hermano Carlos. Ese fue el punto de inflexión, se quebró la fe (nunca mejor dicho) que, a decir verdad, ciegamente inculcó en los buenos muchachos y en Carlos. Ese fue el verdadero momento en el que tuvo que volverse en un hombre, o mejor dicho, en el salvaje. Debo decir que Sergio Avilés se presenta como el primero de los Deus ex machina que presenta el libro, hecho del cual no me siento del todo cómodo, pero era entendible que el personaje fuese necesario para la posterior trama. A la par de todo esto, debo comenzar mis críticas más incisivas. Tema Amaruq. Al principio se desarrollaba (al menos ante mis ojos) como algo genérica, intrascendente, sin embargo, a partir del repentino giro que me representó la muerte de Amaruq reconocí que Arriaga tramaba algo. Ese algo esta medianamente ejecutado, y a continuación diré por qué. Me da la impresión de que Arriaga cuida que la trama secundaria no le robe fuerza a la principal, pero creo que probablemente lo cuidó de más. Lo más interesante ocurrió cuando Robert entra en la disyuntiva de si seguir en el negocio o si debería cambiar de vida para siempre. Y, por supuesto, cuando encuentra a los chicos en búsqueda de la salvación de Nujuantutuq. Sin embargo, me pareció que esa trama a ratos se alargaba demasiado. Algo que tampoco me encantó fueron las fichas monográficas que de tanto en tanto asaltaban las páginas del texto. En verdad me preguntaba muy profundamente qué relación tenían con la trama en general, pero no pude resolver mi duda. No importó al final, me pareció que resultaron irrelevantes. Denominaré como dudoso el siguiente punto: el empleo de circunstancias Deus ex machina. Avilés, el dinero de Carlos, el abogado que les llevó el caso a Juan Guillermo y su frase de "has sido mi mejor cliente" fueron los más notables -incluso, la evasión que tuvieron Juan Guillermo y Avilés de la justicia cuando retiraron los millones de los bancos, ¿a eso se se podría denominar un no action-ex-machina?-. No me dedicaré a criticarlo excesivamente porque yo entiendo que el escritor deba tomar licencias creativas para que la historia pueda conducirse de un punto A a uno B de manera directa, sin tener que recurrir a la coherencia en el pleno uso de la palabra para justificarlo todo, pero me dio la impresión de que, como a Avilés, a Arriaga le gusta permanecer en esa cuerda floja entre la cantidad correcta de algo y su exceso. Lo cual me lleva al último punto que quisiera criticar, y esa es lo plástica que la escritura se siente en momentos selectos. Decía mi madre de varios poemas 'new age', es decir, escritos por jóvenes contemporáneos a mí pero no tanto a ella, que tenían el defecto de ser muy 'pop', es decir, que poseían el defecto de ser 1) pretenciosos, 2) repetitivos y 3) no decir algo tan complejo cuando pretendían hacerlo. En momentos selectos considero, con el dolor de mi criterio lector lo enuncio, que Arriaga cae en lo pop.
Pero aún a pesar de todo, no dejaré de recordar un momento sublime, probablemente el momento que define el libro pues todo los esfuerzos que Juan Guillermo produce los orienta hacia esa acción, y esa es la venganza que comete para con Humberto. Aún vive en mi mente esa escena, Juan Guillermo, en una masa pestilente y hedionda se encuentra dentro de la casa de Humberto, lo encuentra lacerando su piel con un látigo, ya medio ido, y le propina una golpiza que lo termina de dejar demente. Cada momento, cada segundo de tensión que vivió Juan Guillermo en la previa a su venganza la viví con él, yo era un espectador al lado suyo. Hubo algo místico en ese momento, algo que se sintió tan bien y como una venganza bien ejecutada, porque fue una venganza muy Juan Guillermo. No lo asesinó, pero lo mandó a la locura. Castigo eterno. El libro te dice por medio de otro personaje: la venganza no está bien, en el diente por diente solo hay una espiral de violencia, pero por otro lado brinda el mensaje verdadero: la venganza puede ser ultimadamente personal, pero nada ni nadie te enseña como hacerla y los riesgos, como los súbditos de Humberto que custodiaban su casa, están allá afuera, esperando a reprenderte hasta la muerte.
Podría seguir hablando de este libro, pero es momento de ir cerrando. No diré algo nuevo. No iré más allá de estas palabras que provienen de un simple lector. Este libro es maravilloso a pesar de sus vicios, como un lobo. ¿Será este libro un lobo domesticado o un alfa como Nujuantutuq? A lo mejor está allá afuera esperando a que sea adiestrado a la fuerza, como Juan Guillermo adiestró a Colmillo. Una vez que eso pase, el lobo te seguirá, pero recuerda cómo acaba la historia, hay que dejarlo libre para que encuentre su estado natural en la libertad.
Nota final: 9.5/10
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