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domingo, 23 de febrero de 2025

La furia del niño, la furia generacional

 ¿Qué podía hacer frente al miedo? 

¿Qué podía hacer frente a los gritos, la incertidumbre, el abandono? 

¿Qué podía hacer frente al silencio que presagiaban el ojo letal del inspector, de la corrección, de la furia? 


La furia no la elegí, al menos no conscientemente. Es simple, en más de un aspecto. Fue un regalo (maldito) del cielo, fue un mecanismo de supervivencia: un escape. El caos me quitó todo lo que respetaba: mi silencio y mis pensamientos. ¿Qué iba a hacer yo si no es que pelear de vuelta? 

Eso se dijo a sí mismo un niño ante la miseria del mundo circundante. Aquel tuvo un desafío real. Hoy día yo ya no tengo desafíos reales. En parte, que bueno. Edificar de la nada no es algo que deba hacer yo, como sí lo hizo él. ¿A qué acudió? ¿Qué me heredó como un sello fundacional en mi frente? 

La ambición desmedida. El control, el orden. Hoy día domina la laxitud, el engaño, y el libertinaje en el mundo. No podría ser de otro modo y no deseo que lo sea. Pero hay un asiento teórico y práctico que mi sangre me ha indicado es en donde debo reposar. Hay una explicación para todo. Hay una -falsa, si quieres- seguridad en el control que parcha todo lo que se puede salir de las manos. Yo, por definición, no puedo controlar ni dejar llevarme por lo que se salga de las manos. Yo no tengo esos otros poderes de la adaptabilidad, de la lujuria y la gula extrema. Yo estoy hecho de otra madera. 

En mi día a día se me ha acusado de dos cosas, reales en esencia, pero incomprendidas en la misma medida. Egoísta y autoritario. 

Por supuesto. ¿Cómo podría ser de otra manera? si el pequeño sólo tenía sus puños para enfrentarse a lo desconocido y la incierta cantidad de tiempo que el silencio durara? ¿Cómo podría ser de otra manera si sólo entendía de manera fundamental lo que mi mente podía absorber? -un tesoro que, parecía, nadie más comprendía.- ¿Cómo iba a ser de otra manera si mi sangre me arrastra a la edificación de cuestiones, nociones, mundos particulares y compartidos? Si mi esencia es y será siempre poseer el bastión de la dirección en la ejecución de mis ideas. Ellas son la única estela que miran mis ojos. 

¿Y sabes qué? no puedo, ni quiero desposeerme del control y la furia. No puedo eliminarla de mí. Así como tú no puedes desprenderte de tus rasgos fundacionales. No quiero eliminarla de mí porque el poder es sabroso, es el ente invisible más cotizado del mundo, es lo más difícil y más fácil de ejercer a la vez, a veces basta con bajar un poco la voz y brindar un silencio. Los que gritan son solo tiranos -probablemente lo fui alguna vez-. No quiero porque he edificado la fuerza, la vida, mi vida, en un ciclo de constancia (mas no rutina, muerte a la rutina, el que solo repite sin inteligencia nunca progresa) que me arroja al desafío del mañana para enfrentarlo con mis mejores armas: el pensamiento y, al parecer, esta furia. 

Quema, por supuesto. Me he calcinado millones de veces en sus adentros, a veces no sé de dónde mana la energía de mi interior para seguir enojado y seguir maldiciendo. Es un precio a pagar. Lo que considero pertinente ahora es que no permitiré en la medida de lo posible quemar a los otros, lo he hecho casi sin darme cuenta. Soy en parte desagradable. Pero qué te digo, lo llevo en la sangre. Mis ojos frente al horizonte son sus ojos, mi intuición es la suya pero potenciada, mi furia es la suya, pero atenuada. Pudo haber sido peor, por supuesto. 

Sigo siendo combativo. Sigo maldiciendo. ¿Qué te digo? cada quien tiene sus vicios. Tú tienes tus vicios. Sólo el ejercicio de la genealogía individual nos puede develar por qué somos así. Quizá entendernos. Quizá ser mejores. 

Yo tengo el sello de la furia en mi frente. Te digo la verdad: nunca se ha apagado. No sé si se apagará algún día. Nunca me ha abandonado. No sé si esto es bondad. No me importaría, yo no busco la bondad, nunca la he buscado. Esperaría en cambio que asemejara o acercara a la virtud, esa sí la persigo, de esa sí estoy sediento. La virtud duele, sacrifica, endurece poco a poco conforme pasa el tiempo, esta furia y esta asertividad me llevan, con suerte, a habitar allí. Para eso sirve, por lo menos. Pocos lo entendemos. Pocos tenemos la cabeza tan dañada en ese sentido. Pero... aquí estamos. Asumiendo que sí servimos para algo de lo que quizá el mundo no está preparado. Servimos a ideales que están más allá de lo humano. Porque si no podemos ser dioses -que ordenarían el cosmos en su totalidad-, por lo menos podemos parecernos a ellos. Aunque, en efecto, somos los más humanos de todos los dioses.   



martes, 18 de febrero de 2025

I hope so...

 Cuéntame, ¿cuándo fue la última vez que las nubes te envolvieron con su aroma? 

¿Cuándo fue la última vez que recibiste la luz en tu corazón? 

Hacia eones una estrella moría y después de la luz funesta todo el conocimiento quedó desparramado en una reverberación polifacética de colores y magia, allí naciste tú. ¿Acaso el destino fue el que eligió el ordenamiento de esa naturaleza? ¿o fue el acomodo natural de las primeras progresiones azarosas del caos fundacional lo que conjuntó elementos que sólo bajo la intensidad de ese origen funcionan a la perfección? 

Semblante cándido y compacto, ojos color miel persiguen los aciertos y bemoles que susurran "las voces", hay una flama que destila miel en tu pecho, hay conjuros en tu bolsillo para el mal de amores y la sonrisa triste -lástima que no para la ira vehemente-. Siempre estás trabajando. Siempre, también, lo veo, estás triste. Supongo es parte de ser una nebulosa que vive la intensidad de cada uno de los colores. 

Solo el azar -una causa más grande que yo mismo- nos pudo conjuntar en un breve lapso de tiempo en la eternidad. Solo a ella atribuyo las bendiciones. Tu mente son fuegos artificiales que dejan tras suyo un rastro enigmáticamente codificado. Unos allí sólo ven polvo, otros vemos los jeroglíficos de las runas antiguas.

Yo, un caminante eterno, un hombre que se encuentra meditando sobre la roca más alta que custodia un mar caótico y relampagueante en su mundo personal, tiene únicamente visión de su mente, pues no ha abierto los ojos en millones de años, tan inmerso ha estado allí. 

Pero de vez en cuando, los abre. Se da cuenta del bello paisaje frente suyo, de cómo los colores violáceos y rosados vibran en el mar sideral. Pareciera que está apenas a unos cuántos centímetros de sus dedos. 

Titiló el cielo. El hombre sonreía. Una silueta brillante aparecía al lado suyo. En el saludo transcurrieron dos mil años de conversación, con cuatrocientas voces distintas. El hombre extendió su ennegrecida mano y dijo: estaré aquí, mirándote al cielo. Ella respondió: mejor acompáñame a recorrerlo, de tanto en tanto. Sólo así ese hombre tiene la fortuna de salir de su planeta tempestuoso y recibir por fin luz natural.  



martes, 11 de febrero de 2025

Acerca de La clase de Griego, de Han Kang

 El siguiente comentario incluye spoilers de la obra, no pretende ser formal y es sólo una impresión personal de la misma. Advertidos están. 


De manera instintiva, los humanos creamos 'muros' que bloquean de un modo u otro la interacción para con el exterior, en aras de preservar la noción de que poseemos seguridad y no sentirnos tan expuestos a la hostilidad que nos rodea. Si bien muchos de ellos pueden ser, por así decirlo "artificiales", muchos otros son erigidos de manera accidental y penosa. Este libro explora exactamente esas nociones. 

Para la protagonista de esta historia (no se menciona su nombre), el muro es la pérdida del habla, y esto, podemos intuir, se debe principalmente a dos factores: que ha perdido la custodia de su hijo y que posee una sensibilidad e inteligencia lingüística abrumadoras. A la par, su profesor de Griego (pues a pesar de ella ser una persona con una vida relativamente exitosa como profesora de lengua, se ha quedado seca metafísicamente hablando, ha tenido que llenar su vida de actividades que la alejen de sí misma) está perdiendo la vista de forma permanente y batallando con los errores del pasado. 

La construcción de los muros se da de manera paralela. Solo hasta muy avanzada la novela los protagonistas llegan a conocer el muro uno del otro. Ya se planteaba una conexión lógica bastante evidente entre estos dos personajes, pero su entrelazamiento final es desarrollado de forma notable. El libro ahonda mucho en sus pensamientos, esto lo vuelve por definición pesado a nivel existencial, pero por supuesto que disfrutable y valioso. Podría criticarse que hasta un punto muy avanzado de la novela que la trama parece estancarse y no ir a ninguna parte, pero Han Kang (última premio Nobel) definitivamente sabe lo que hace. Se ahonda en la notable anhedonia de la protagonista, y el libro ataca directamente las soluciones de bolsillo como 'actívese, distráigase, anímese' que se suelen formular ante ese problema. Podemos notar cómo se teje su vacío existencial, y la silenciosa resiliencia que la protagonista construye bloque a bloque, día a día, aunque a veces pareciese que se le desmoronase todo. Por otro lado, el profesor expone un optimismo silencioso, reacio a abandonar el mundo, pero condenado -no a abandonarlo- al muro. Lo siguiente podrá sonar controversial, pero me parece un personaje aún más interesante que la protagonista. Hay tanto en su pasado; la pérdida de su amada, la de su mejor amigo, la distancia con su familia, la muerte de sus padres, todo ello, me figuro, han moldeado un individuo que prefiere la paz a las ambiciones -quizá aún prevalece la única y más imposible de todas: no perder la vista-. 

Lo que me gusta también es que el libro sólo complejiza las situaciones, obligando al desarrollo de sus personajes. Parece que no, pero la protagonista logra quebrar al menos en parte la maldición de su muro en el momento en el que decide ayudar a su profesor tendido en el suelo a causa de una caída por la pérdida de su vista. El final es muy cuestionable, es cierto que no se ve venir la extensión tan radical del vínculo entre alumna y maestro (su apresurado romance), pero de algún modo extraño funciona. No todos los finales representan un broche de oro. En fin, una novela que no defrauda y ahonda en la complejidad de las barreras entre individuo, mundo y los miedos que de ahí derivan. 


9/10