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lunes, 11 de noviembre de 2024

El filósofo, aquel que "no hace nada"

 -"Pero como filósofo, ¿qué haces?" 

-Ya le he dicho. Pero lo pondré en términos aún más prácticos. Como filósofo sé leer y escribir bien un texto... 

-"Ah, o sea que puedes trabajar de periodista, escritor, o editor, ¿no es así?"

-Sí, pero no es mi interés primordial trabajar de ninguno de esos oficios. Cuando hago filosofía hago más que el trabajo de investigación. 

-"Y si es así, ¿qué haces exactamente? Parece que los filósofos no hacen nada." 


Ficticia, pero también anecdótica es la situación presentada en la anterior interacción. Me ha pasado múltiples veces. De algún u otro modo, una u otra persona fuera del nicho filosófico siempre llega a la incómoda pero incisiva pregunta: ¿es verdad que los filósofos no hacen nada? ¿pensar es una actividad?, ¡pero no estás produciendo más que textos que sólo académicos leerán!, ¡vete a usar tus habilidades para algo que por lo menos se lea! 

En nombre de mi ethos y de la utilidad de mi oficio, permítanme hacer una defensa a la labor filosófica, detallando de qué se trata y por qué es medular para cualquier civilización que busque progreso. 

La clásica noción de filosofía como amor a la sabiduría se queda corta para la presente defensa. Es también incompleta porque amar a la sabiduría no implica necesariamente hacer práctico ese saber. Uno puede ser un devora libros que, en su glotonería intelectual, se regocija sobre información añeja que, es verdad, lo aleja de este mundo. Hace unos meses ya hablé de eso en este blog. El caso es que, naturalmente, debemos entender qué es ese más allá al que pretende ir la filosofía. Argüir que se trata de una manera correcta de pensar suena interesante, pero entonces debemos definir cómo y por qué se piensa mal, cómo y por qué algo pensado es una mala conclusión y buscar lo mismo para con un buen modo de pensar. Lo anterior no puede sino caer, más pronto que tarde, en cierta forma de dogmatismo ideológico. No quiero decir que no hayan pensamientos indeseables o condenables, pero aquí me refiero a un proceso y no a un resultado. Es decir, estoy pensando que la filosofía es un proceso a partir del cuál uno puede pensar.

Decía Kant que se puede enseñar filosofía, pero no a filosofar. Es absolutamente cierto, y es un pensamiento que concuerda bastante con mi opinión y que, además, rescata el punto medular del presente escrito, y a continuación trataré de hacer notar por qué: 

La filosofía abarca las doctrinas que los pensadores han formulado como respuesta a la complejidad del mundo. Han elaborado explicaciones que tratan de hallar consistencia en un mundo inconsistente. Tratan de hallar sentido y formulaciones coherentes en un mundo donde prima lo desconocido. A la filosofía puedo comprenderla como la aplicación de principios lógicos elementales que, de ser ciertos, brindan seguridad explicativa ante la realidad que se presenta. La filosofía es una llave que abre el cerrojo del mundo, y la recompensa es haber descubierto que el sistema propuesto -y como consecuencia, el mundo- hace sentido. Otra recompensa es notar que probablemente la racionalidad va más allá de lo que uno puede pensar. Por eso se puede enseñar la filosofía, porque los diversos pensamientos pueden denominarse doctrinas. Toda doctrina suele estar bien articulada sobre bases teóricas sólidas, y por lo mismo se puede aprender, en el peor de los casos, como información más o menos bien acomodada. En el mejor de los casos, como un desafío intelectual que, al superarlo, será imposible ignorarlo, y por tanto será aplicado con éxito con la realidad. 

Pero, ¿qué es filosofar? Bien... es quizá la pretensión más grande de todo filósofo. ¿A qué se debe esa grandeza del filósofo que no se puede enseñar y que hace la diferencia entre un gran filósofo y uno extraordinario? A lo que estoy tratando definir. Al filosofar mejor o peor -no me malentiendan, es un acto muy difícil en sí mismo-. En general si un filósofo (valga la redundancia) filosofa, lo hace 'bien'. Es decir, ocurre lo mágico: piensa a su manera. Filosofar es aquello que hacemos en silencio cuando nos preguntan qué demonios estamos haciendo. Filosofar es el ordenamiento de las piezas que obtuvimos al explorar el mundo, son las conclusiones a las que nuestra mente nos conduce. ¿Y eso que lo diferencia de una opinión? En el fondo más elemental, en nada. Pero hay opiniones mejores o peores fundamentadas. El filosofar es algo así como una super-opinión que no se queda en el nivel del juicio. Aquella pretende ser resolutiva con respecto a los problemas de la filosofía. ¿Cuáles son esos problemas? Aquí algunos: ¿es el alma inmortal o perecedera?, ¿las matemáticas -y los sistemas lógicos- están fundamentados? ¿dónde reside la naturaleza del axioma? ¿por qué la vida vale la pena ser vivida?, etc., etc. 

Entonces, para todos aquellos que pregunten ¿qué hace un filósofo?, contestaría: tratamos de resolver, con nuestras armas, problemas existenciales y teóricos de la más alta categoría. ¿Se pueden ver o tocar? Quizá no, pero se pueden sentir. Todo ser humano se ha enfrentado a la pregunta, por ejemplo, de qué va a pasar después de la muerte. El filósofo está preparado teóricamente hablando para dar una respuesta más completa que alguien no filósofo. Esto no quiere demeritar aquellas otras respuestas, pero es verdad también que en nuestro oficio aprendemos a través de herramientas teóricas conceptuales modos de aproximarnos a esos problemas, que al final nos conducen a una respuesta articulada y que, como toda teoría, puede ser cuestionada, pero pretende ser de alta calidad. Los filósofos generamos pensamientos de alta calidad. A veces la gente piensa que esos pensamientos tienen que ser necesariamente positivos, pero no suele ser la norma, así como tampoco suelen ser negativos. Diría yo que suelen ser formales. En ese sentido, suelen tener estructura y lo positivo o negativo tiene que ver más con aquel que lo formula que con la naturaleza del problema. Ahí se observa el sello que cada autor impregna a su obra filosófica. Cada filósofo responde a su manera, pero responde bien. Y si la solución es negativa -ej.: un filósofo que argumente a favor del suicidio bajo ciertas condiciones-, se deberá evaluar la respuesta, no como dogma, sino como una posible entre las muchas otras tantas que puede haber al respecto. La predisposición a aprender de lo planteado debe prevalecer antes de asumirla como la mejor respuesta. Recordemos que el sello de individuación debe permanecer en el pensador, cualquiera que sea. 

Eso hacemos, ni más ni menos. En silencio. En los pasillos de la facultad, en nuestras casas, y sí, requiere silencio y un espacio apto. Pensar es difícil. En especial, pensar acerca de la filosofía. 

Nadie nos enseña a pensar por nuestra propia cuenta, pero podemos ser entrenados a través de la comprensión de, por un lado, los mecanismos internos que poseemos del pensamiento propio, y por el otro, de la observación directa de lo que acontece fuera de nosotros. Es una fusión de ambos elementos lo que genera el camino unívoco hacia la generación del super-pensamiento. Si a ese procesamiento le añadimos el énfasis e interés en los problemas fundamentales, más el propósito de tratar de resolver de algún modo ese problema fundamental, tendremos un proto-filósofo que sólo con el tiempo y reflexión podrá ser grandioso. 

El resultado incide en la realidad. Un pensador de gran calidad puede llevar sobre sus hombros fieles seguidores o detractores. Un buen pensador podría, por ejemplo, resolver el problema teórico de por qué la educación en México resulta mediocre y por qué es tan difícil converger al estudiante con materias que no le interesan a nivel secundaria. Podría preguntarse si una escuela de iniciación artística es igual de necesaria que una que priorice la lógica matemática. O podría preguntarse si un buen ciudadano debe de tener cultura general por el hecho de ser ciudadano y no entregarse tal analfabetismo. 

No tiene por qué ser utópica la resolución. Podemos incluso lanzarnos al ruedo vía pensamiento. Podemos enseñar en comunidades marginales. Podemos enseñar en cárceles. Que el filósofo promedio no tenga el valor en más de un sentido para hacerlo es otro problema. Pero de que se puede, se puede. 


Así que eso hacemos. 

La filosofía motiva a lo humano. La filosofía es un esfuerzo por no morir de preguntas y, por qué no, alcanzar el cielo ideal que sólo pensamos pero no vivimos, aunque solo la realidad que pensemos ideal merezca ser vivida. 


sábado, 26 de octubre de 2024

No name

[de algún momento de 2021]



Arrumbado al lado de un triste libro se encuentra una nota que nunca fue leída de manera correcta. Era una nota al pie de página de la vida. Eran unas cuantas letras, toscas, pero imprescindibles. Goteaba sangre de la orilla de la mesa. La tinta era sangre. “Te amo”, estaba escrito. El filo de la navaja trazó la caligrafía que cercenó el papel en blanco. El individuo estaba sentado sobre una silla de madera que olía aún a bosque. El libro reposaba frente a él. El hombre estaba abatido sobre su mesa de trabajo.

 En la imaginación del individuo se figuraba una silueta divina que se clavaba en un pasado imposible, de esos de las que ya no se hablan, de los que ya no se piensan. En el reverso de un espejo de bolsillo se encontraba un pequeño grabado que tallaba el rostro de una mujer que había sido su amada. El grabado estaba hecho a mano y de memoria, pues el tiempo había disuelto sus memorias. Cada que miraba el sencillo grabado, un recuerdo anclado en un pasado que, con dotes de sus fantasías personales, aderezaban una historia nueva, cada vez más idealista, cada vez más contaminada. 

Verdaderamente la amó. No obstante, no logró esbozar ninguna referencia de su rostro, ya ni si quiera en su recuerdo. A pesar de mirar el grabado, era como si todo lo que veía perteneciese a trazas de un retrato hablado. Ahora, en lugar de rostro, no podía más que superponer enormes vacíos oscuros en sus cuencas, con iris de luz, cabellos a veces dorados, a veces negros, una sonrisa delimitada por cortes de cuchillo e hilos de sangre recorriendo finamente la barbilla. Él recorría los campos donde llegaba la brisa fresca matutina diariamente con esa figura vacía. Cada mañana, en su mente, el salía a los campos alados, verdes de pureza y recolectaba los frutos de un manzano para comer todo el día. Él miraba al sol y lo ubicaba como el único punto estable entre el caótico cielo, que amaba también en las noches; estrellado de lejanas estrellas. Ahí, a su lado, estaba ella. Sonreía y vacilaba con sus palabras. En los recuerdos de antaño, solía tocarla y jugar con su cabello, luego morder sus cachetes y posteriormente, darle un beso. En aquel momento sus palabras se entendían. Cuando pasó el tiempo, su rostro se difuminaba y palidecía. Él tuvo que hacer esfuerzos brutales para que el cielo, el pasto, los olores, todo, permaneciera igual al del día anterior, pero poco a poco se desvanecía. Los olores se desvanecían en el tiempo. Ella se desvanecía en el tiempo. Al ser su único recuerdo activo, había abusado de él. Su rostro se desfiguró hasta lo que era ahora. El último día ocurrió del siguiente modo: el despertó como siempre, volteó a su lado y preguntó: -amor, ¿cómo estás? - escuchó un balbuceo disfórico, la observó, en ese momento solo era silueta, trató de tocarla como solía hacerlo, pero no pudo más que atravesar su espectro. Rutinariamente, bajó a cocinar unos huevos a la leña, abrió la ventana y no observó nada vivo, se dio cuenta de la repetición, de los escaparates mentales que estaba creando. No lo veía, pero él sabía que detrás de cada pájaro cantando y silueta conocida, estaba el universo amorfo y espeluznante del que no sabía nada. Observó a través de la rustica cocina a la pequeña sala de madera que era alumbrada por un rayo solar, miraba a una silueta comiendo, una silueta de mujer con el corazón sangrante. Se acercó y observó en el suelo las palabras: “ya no te amo”. Por primera vez coincidió algo de la idealización con la realidad después de tantos años. Después no hubo silueta y solo hubo silencio.

Él despertaba sobre en la mesita de noche con un libro y dedicatoria que se encontraba abierto. Él lo tomó y lo cerró. Pensó unos segundos. Lo abrió, arrancó la primera página. Bajo el influjo de la locura, corrió a la cocina y cortó el dorso de su mano para usar la sangre como tinta. Escribió con el cuchillo “ya no te amo”, y él se desvaneció.


viernes, 25 de octubre de 2024

La grandeza de un hombre

 ¿Dónde radica la grandeza de un hombre? 

¿Qué dignifica el alma hasta volverla lo más pura que pueda convertirse? 

En el pasado, creía firmemente que tal grandeza podría cifrarse, al menos en parte, en aferrarse a fantasías. En ese momento no parecían fantasías. En ese momento parecían ideales. ¿Cómo iba a saberlo? Suponía que esperar como un perro bajo la lluvia el paso de los años me conduciría a ese momento trascendente que estaba anhelando. Pensaba que el tiempo ordenaría esa mente ajena a favor de mis deseos. Pensaba que me buscaría, que sería solo cuestión de tiempo para arreglarlo. Pensaba, en una suerte de embriaguez metafísica, que ella también me entrevería entre el tiempo. Pensé que la grandeza podría verse en maquilar un plan maestro. En una suerte de revisionismo al pasado para elegir lo mejor de él, desempolvarlo y, quién sabe, quizá volver a ponerlo en marcha. 

Quizá de manera más profunda anhelaba que todo ese sufrimiento significara que de algún modo las cosas estaban tendiendo hacia mejor. Que valdría la pena el abrupto final con un abrupto reencuentro. Pensaba que a lo mejor, de haber ordenamiento cósmico, una casualidad me haría toparme con esa persona, que en ese momento tendría las palabras a mi disposición para poner en marcha el plan, ¿y qué ocurrió cuando la casualidad se dio? Sencillamente me resquebrajé. 

Quizá debí haber advertido el síntoma que se presentaba: el paso del tiempo estaba haciendo de las suyas. Yo, muy a pesar de ello, trataba de hacer calzar mis ideales a la realidad. Yo esperaba genuinamente que las ideas más retorcidas que tenía pudieran ser ciertas. Y ni si quiera podría denominarlas retorcidas por ser de naturaleza arisca o genuinamente perturbadoras, eran retorcidas porque, es visible, pertenecían a un jarrón de recuerdos y fragmentos de realidad distorsionada y nebulosa. 

En alguna ocasión escribí un cuento al respecto. Un hombre que despierta en su 'día ideal'. Una y otra vez. Es su mente la que recrea ese día por siempre. Pero la mujer que recuerda se descarapela, su rostro esta cuarteado y ya solo es una figura entre las sombras. Sin alma, sin cara, sin voz. Al final, todo ese mundo se desvanece para siempre entre los aires, y por fin queda liberado. 

Lo observo todo el tiempo. Personas ancladas a otras. A sus recuerdos. No puedo sino compadecer y entender la raíz de aquel sentimiento. No puedo sino lamentarme de aquellos. Yo mismo había decidido anclarme a una esperanza. A un reencuentro. Pero, ¿qué pasó? 

La respuesta debería comenzar con lo siguiente: ¿hace cuánto me siento tan conforme con el mismo consuelo? pero la misma respuesta que usé antes me servía para seguir forzando un sentido: debe de haber un plan para solucionarlo. Fue solo hasta la realización del tiempo que había pasado, de las experiencias vividas, de ver en el rostro de la gente la misma cara de condescendencia cada vez que repetía la historia, que me daba cuenta de que ya estaba comenzando a perder la certeza acerca de lo que estaba diciendo. 

Por principio general, todo el mundo desea valorar sus emociones. Me di cuenta con el tiempo de que en realidad no sabía muy bien a quién estaba extrañando. Me di cuenta de que en realidad estaba tratando de validar que pude sentir y de manera genuina aprecio por alguien. Traté de hacer encajar un futuro incierto a una única vía fantasiosa. Y... No pasó nada. Desde muy temprano bloquee la idea de que algo pudiera pasar de nuevo, pero me permití pensar al respecto durante mucho tiempo. Dando círculos, al final de cuentas. Escabulléndome entre los rincones del recuerdo, como el individuo de mi cuento. 

Al final, solo podía obtener los mismos resultados: estás extrañando un momento que ya no existe. Estás tratando de revivir la ficción. ¿Y bien? ¿Qué obtuve de ello? Reanimar cierta beta melancólica profunda que existe en mí, que, no negaré, es también profundamente satisfactoria, sobre todo porque induce a la proyección de recuerdos vívidos y juicios al respecto. Pero... ¿y después? no podría decir que algo suficientemente relevante. 

Eso, por supuesto, implicaba que la ficción ya era inútil. Ya incluso resultaba cansina. Ahora es muy fácil preguntarse ¿por qué lo hacía? ¿por qué después de tanto tiempo? en parte fue por el qué podría ser. ¿Y si no hubiera sido cobarde? ¿Y si hacía tal o cuál cosa distinta? Nunca lo sabremos, el tiempo se ha encargado de difuminar los trazos de ese amargo (en retrospectiva) pasado, para darle paso a un infinito presente. Nunca lo sabré y ese es el precio de la no decisión (que, por supuesto, también representa una decisión). 

Afrontarme al peso del silencio, de reconocer que en verdad lo que queda de allí son solo recuerdos es duro. No obstante, es necesario. Lo repito: es una historia hasta arquetípica aquella de no poder sacar del corazón a alguien. Es muy legítimo. Es, de hecho, una decisión que individuos deciden cargar para toda su vida. Vean a Florentino Ariza de El Amor en los Tiempos del Cólera. Ese hombre vivió bajó la sombra de Fermina Daza durante toda su vida. El libro dice que amó a múltiples mujeres durante toda su vida. Pero entregar el cuerpo no es lo mismo que amar. Supongo que su amor por Fermina fue aún más grande que las posibilidades de formar una familia. Se le presentaron bastantes de esas, a decir verdad. Pero el amor es egoísta. Supongo también por eso resultaba tan cómodo recluirme en las ideas y fantasías. Porque era un paraíso oscuro, provisional y, sagrado, por ser ideal (ideal en el sentido platónico). 

Pero solo era humo. Y del humo vivió Florentino Ariza durante más de cincuenta y tres años. Solo a sus ochenta y tantos logró alcanzar el paraíso [personal]. No negaré que para mí hubo una cierta oscuridad en ese momento. Aunque aún puedo imaginar aquel barco que navega hacia la tranquilidad absoluta y el cándido sol de fondo, con únicos pasajeros a bordo: Florentino y Fermina. 

Pero yo no soy tan egoísta, no te miento, no podría morir de amor. A pesar de anhelarlo (al amor). A pesar de... todo. ¿Dónde reside la grandeza de un hombre, entonces? 

Hice revisión de mis creencias, he modificado algunas. Sólo las necesarias. Sólo las que me ataban a unas cuántas líneas pertenecientes a las hojas amarillentas dentro de un jarrón, que narraban historias circulares. 

El hombre es capaz de mucho más que amar recuerdos y fantasías egoístas. 

El hombre es capaz de tomar las riendas de su vida, de creer en principios, principios de verdad, de los buenos, de los que funcionan. Creer, puede ser, en un par o tres líneas labradas en piedra, tatuarlas en su mente, callarse y actuar. 

Porque creemos que el poder de ser diferente reside en un alma limpia. No odiamos el amor. Por el contrario, creemos tanto en él que sabemos lo que realmente vale, y por donde comienza. El sólido hierro que como atlas sostiene la fuerza de la identidad personal, debe también, en cierto momento, desprender la mitad de sí para poder ensamblarla en un 'nosotros'. Por supuesto. Siempre ha sido cierto que el individuo debe gozar de cierta estabilidad para poder extender su mano hacia el otro. 

Y ahí comienza el problema para algunos. Desprenden la valía, su dependencia, que es también un modo de poder sujetar aquello que dicen temer perder (al otro-en tanto objeto de deseo-), pero irónicamente, sólo se aproximan a su pérdida mientras más insistan en que no se vaya. 

Así que, ¿dónde comienza la grandeza? 

En asumir el error. En observar las condiciones que el entorno le ha legado a uno mismo. En dejar de quejarse después de tanto dolor y convertirlo en acción. En edificar un castillo para sí mismo que, seguramente, compartirá con alguien, es imposible que nadie más sea virtuoso. A pesar de que sólo la élite pueda aspirar a los recónditos seguros que son consecuencia de ocuparse del cambio. [Todos pueden acceder a la élite, pero no todos son capaces de guardar silencio y actuar, por eso es difícil llegar ahí.] 


¿Y mi amor? ¿Y todo lo que le di a esa persona y se fue para siempre? es parte de la vida aceptar que sí, se fue para siempre. Pero eso es un hecho más de todos los que ocurren en el mundo. Quizá en el futuro, si uno limpia su alma, aquellas personas a las cuales dirija su atención espejarán esa limpieza, y por lo tanto una mejor decisión sea tomada. La paciencia siempre fue elemental para el cambio. Cambio y dirección son, quizá, unos de los ingredientes elementales de eso: de la grandeza a la que puede aspirar un hombre. 

viernes, 4 de octubre de 2024

un sueño

 Soñé, con la curiosidad renovada de un niño, que tenía que ascender a lo alto de un edificio abandonado, gris y polvoriento. Soñé que las alforjas que colgaban de mi torso estaban tan vacías, que solamente el grial de lo desconocido podía llenarlas. 

Cuando estoy despierto, pienso, no soy tan diferente. Ojalá algún día poder llenar las alforjas y no tener que escatimar en palabras, o en explicar hechos. 

No estaba solo, estabas tú. Aunque no sé quien seas tú, cuando volteaba a verte solo observaba una especie de sombra. Escuchaba tu risa, tus palabras cargadas de entusiasmo, veía en tu frente el destello lumínico que alimentaba mi cándido ánimo [inducido artificialmente].  

Yo amaba que me acompañaras en mis desvaríos, aunque casi siempre fueran cobardes tentativas de 'algo grandioso'. Yo amaba que los colores de mi realidad vibraban apenas hablaras. En el fondo, ¿para qué subir a las penurias de un cascajo gris vacío? ¿para qué vivir? ¿para qué llenar las alforjas? 

La mitad del sentido lo ponía tu voz. La mitad apagada de mi alma se encendía entonces. En ese entonces, allá por el neolítico, ahondaba en lugares abandonados como este. Sólo que no era un futuro-pasado, como es ahora. Los fantasmas eran personas. Los niños salían a correr y a andar en bicicleta. Las voces no estaban en mi cabeza. En ese entonces, con una boina y una estrella en la frente, salía en búsqueda de mi sentido. Más de una ocasión se me diluía entre mis manos, yo veía cómo los números se desparramaban entre mis dedos, y me preocupaba más saber si esa entidad era real o no antes que comprender sus extrañas relaciones. Ya hay gente que basa su fama en ello. 

Nunca supe si fue genialidad haber alcanzado aquello que buscaba en su momento. La luz, y con ello, toda tu, desaparecieron y engendró en mi una suerte de metaficción cíclica. Nunca entendí bien lo que sentía. Sólo sabía que lo sentía. Por lo mismo, no supe si haber hallado mi sentido prístino era digno de un mérito o expresión emocional tan grande como la intuía necesario. Tengo esa inevitable tendencia a glorificar mis logros, pero para mis adentros. ¿Si creo que me falta la fuerza de los dioses, pero no habiéndola alcanzado, a cambio alcanzo la superioridad por sobre los que no la encuentran, en qué me convierte eso? en un engreído, por supuesto... Pero lo acepto con firmeza, porque me alegra ser auténtico. ¿Pero fue genial eso? bien... Supongo que sólo para mí. Cuando la luz se fue sólo pude atragantarme en las penurias... imaginarias. Soy un falso desdichado. Un hombre que ha adoptado más rasgos camaleónicos de los que puede admitir. 

En el fondo, el pretexto del dolor y del odio sirvieron para acorazarme de dramas que antes que inútiles, consumían energía y tiempo que no quería perder. No me arrepiento por eso. 

Pero es cierto, extrañaba y extraño la luz. A esa voluntad tuya que convenía en ir hacia lo desconocido, juntos. ¿Qué más daba a dónde? si había que hacerlo los dos. 

Fui egoísta también. Confiaba poco en tu criterio aventurero, ¿puedes creerlo? antes que pereza, pensaba en tu mal juicio propositivo. Siempre me gustó llevar el timón, hasta en las aventuras en las que ello implicaba perderse en la tormenta. Tampoco sé si arriesgar la vida es una aventura. Una aventura es una vivencia mítica, por supuesto. Algo que va más allá de una horas o días. Creo tu espíritu lo sabía bien. 

Hoy lo soñé. Estábamos a punto de subir el edificio, íbamos a perdernos en los pasillos oscuros, para buscar quién sabe qué cosa. Pero estábamos juntos, y eso era lo que importaba. 


   

lunes, 2 de septiembre de 2024

???

 Un lugar donde reposar, alejado del ruido. Un lugar hermoso. Los pasos que dejo atrás en el sendero imaginario se pierden, el tiempo pasa y es letal. Cada segundo es tan fundamentalmente arrollador que no puedo sino figurarme la alarmante situación, silenciosa, por supuesto. La duda y el deseo ardiente son la directriz del camino imaginario, pero aquello que busco es sólo metafísico e imaginario. Me doy cuenta, estoy paralizado entre dos momentos intangibles, el pasado maldito que no es más que un relato a partir del momento en el que dejó de ser, y el futuro posible, que no siendo en actualidad, no puede ser más que palabras e imaginación que se basa en tendencias e impresiones. Es cierto, esta soledad es macabra, pero a la vez perfectamente lógica. Personas como yo, con la mente maldita, solo pueden formular la coherencia en sistemas intangibles. Me preguntaba si por aparte de la intuición que cargo como cruz en los hombros, los hechos que hago y ejecuto son en realidad algo significativo. Algo más allá que un peldaño de apoyo para, por supuesto, esa intuición. Es una vida muy normal la mía. ¿Por qué me causa insignificancia y hasta repudio lo natural? Lo normal, lo 'sin chiste', lo cotidiano. ¿Hay algo realmente tan profundo en los objetos? ¿No es verdad que las ideas son las que significan los hechos cotidianos y hacen que nuestra vida sea más que eso, sobrevivir? ¿Y qué más hace grandiosa a la vida más allá de la repetición (si es que eso la hace grandiosa)? ¿No es el amor? ¿No es la conexión? Sin ella, ¿en verdad los seres humanos pueden evadir la miseria? Pero uno está atrapado en su propia psique, ¿no? y sujeto a sus propios comportamientos. ¿Es posible encontrar un lugar donde reposar, alejado del ruido? 

Donde la maleza en el valle esté fresca, y que las gotas de rocío se posen, donde el sol resplandezca en una suave mañana, donde se pueda observar paz y nada más que paz a lo lejos. Un lugar donde poder caminar a pasos alados, lejos de la guerra, lejos de las prisiones personales [quizá solo anhelo la prisión más elevada de todas], lejos del mundo, lejos, incluso, de mi mente. Un lugar donde no tenga que pedir explicaciones ni darlas. Donde emerja la confianza sin mucha dilación, donde el entendimiento sea mutuo. ¿Soy un viajero? ¿Es ese mi destino? 

Es probable, sin embargo, que me encuentre siempre viajando, que por eso lo arruine siempre, y que por eso disfrute tanto recomponiendo mis engranajes, vendando mi cuerpo. He encontrado comodidad en la noción de búsqueda, y ahora no sé si puedo hallar la noción de una verdadera conexión, conexión en mis términos, pues estoy cansado, por fin derrotado, no sé por cuanto tiempo. Enterrado en el desierto, así me imagino, por quien sabe cuantos eones. En mi planeta imaginario. Hasta que mis músculos se desintegren. Hasta que me fusione con la arena y solo sea alma, y deba divagar una vez más entre la materia, y esperar a vivir de nuevo. Hasta ese momento, fantasma, viajero nocturno, ladrón de momentos, primeros momentos. Y lluvia. Ideación y destierro de tantos lugares, escuela, hábitos, cordura, mi mismo. Un cráneo suavemente dejado en el olvido. Un manofacturador de recuerdos y planes extraños. Un catador de verdades y juzgador de mentiras. Pero, supongo, un emperador a final de cuentas. 



domingo, 4 de agosto de 2024

Sobre el principio universal que rige a todos los entes

 Ya hace tiempo escribí aquí en este blog acerca de mi aversión al Dios judío-cristiano. El hecho tiene que ver con lo que nos reúne ahora mismo, pues no es ni más ni menos que de los fundamentos de la existencia de lo que hablaremos, y precisamente el Dios judío-cristiano funge en más de una cabeza como un parche metafísico explicativo ante la realidad tan intrincada e inmediatamente misteriosa que está frente a nosotros. 

La cosa no es fácil, ¿qué es la realidad?, ¿qué es lo real? Son las respuestas a esas preguntas los requerimientos básicos si queremos formular una respuesta pertinente al fundamento (si es que existe tal fundamento) de todas las cosas existentes. Notemos por lo menos nuestras limitaciones propias a lo humano. ¿Cómo se conoce algo? O bien por experiencia, lo más usual, o bien por la deducción a partir de premisas lo suficientemente sólidas como para sustentar un silogismo lógico adecuado. Básicamente así creemos en los gérmenes y en la existencia de la fauna no visible con el ojo humano, pues los efectos y la información que recabamos nos termina por orillar al razonamiento de que para demostrar la existencia de algo no siempre hace falta la experiencia directa como la entendemos. Teniendo esto en claro, podemos afirmar y aceptar que para conocer el fundamento de la realidad, si es que existe alguno, podemos partir de premisas que nos obliguen a realizar un silogismo en donde sea necesaria la idea del fundamento. 

Ahora bien, esto solo responde parcialmente a cómo conocemos algo, pues nos queda, ¿qué es lo real? puesto que asumimos muy pronto y muy rápido que un fundamento sostiene el andamiaje de lo real. ¿qué es un fundamento? Según entiendo, es lo necesario en la constitución de algo. Algo sin lo cuál no es lo que es. Así, si pensamos en un fundamento para la realidad, pensamos en aquel componente sin el cual todo lo real no sería lo que es. ¿Qué es común a todos los objetos que los hace reales, y sin o cual no serían lo que son? Esa es la pregunta de fondo que buscamos responder. Y no podemos responder con: "ser reales", pues estaríamos enunciando un efecto, mas no la causa, y sería un argumento cíclico. [La demostración de que algo es real es que sea real, y es real porque existe -es visible el absurdo-.]  

Aquí es donde comienza lo difícil porque entramos en el terreno teórico-especulativo. Pues, por lógica podemos comprender que todo efecto tiene una causa. Si vamos al punto anterior, podemos reconocer que toda existencia tiene su causa. Pero hay un salto enorme, cuántico, existencial si se quiere ver, entre el ser y la causa del ser. ¿Pues no es eso lo que buscamos? Y debemos entender otra arista. Debemos entender si el fundamento justifica las cosas en potencia o en acto. Es decir, podemos rastrear más o menos bien las causas de las cosas en acto. Las nubes causan la tormenta, la combustión al fuego, etc., pero, ¿qué otorgó la actualidad a la materia? Hablo, por supuesto, de la materia primera. Pues es posible aunque sumamente demandante rastrear las causas de todas las transformaciones de la materia. Pero hay un tope. Hay un límite que reconectará con la formulación problemática. ¿Qué otorgó la actualidad a la materia en primer lugar? Supongo yo que de eso hablamos cuando nos preguntamos por el fundamento, por un lado. Por otro, podemos preguntar si hay un 'algo' que sea común a toda la materia que la haga existir y no 'no existir'. Creo que esa función le puedo otorgar al fundamento que lo haría funcionar como elemento totalizador y necesario. Y me voy a atrever a responder esas preguntas, de una manera más temeraria que intelectual, aunque haremos el esfuerzo. 

Tenemos dos preguntas: 1. ¿qué otorgó la actualidad a la materia en primer lugar? ¿qué es el algo que hace que las cosas sean, y no más bien 'no sean'? 

A lo primero debo decir que no tenemos de otra más que remitirnos a lo teórico/especulativo porque aún con las mejores premisas y argumentación lógica, no hay nada que nos sugiera claramente aquel elemento generador. Podemos, sin embargo, reconocer algunas cosas a partir de esta realidad. Primeramente, que es racional brindar el punto de que hay una fuerza infinita que ha producido lo finito. Darle rostro, nombre y hasta un linaje a esa fuerza cae dentro de lo contingente. Eso puede o no puede ser. Pero lo que me parece necesario es reconocer la idea de que algo tuvo el poder de crear lo existente. Solo eso. Solo hasta ahí. A lo segundo debo responder con la incertidumbre absoluta. Tendríamos que develar la estructura más íntima de un objeto para responder a tal cuestión. Y eso es una tarea titánica. La relatividad se nos cruza de por medio. Eso implica conocer la realidad en sí. Ir más allá de la frontera que Kant reconoció. Es un cruce entre ontología y física (¿dejaron algún día de ser lo mismo? ¿no es la física ontología institucionalizada?) Muchos dicen que hay un principio ordenador de todas las cosa tangibles. Que el orden universal existe y ordena, que hay una única idea que unifica el todo. Yo solo puedo ver de todo que existe, pero no puedo ver una sola consistencia entre todos los entes. Yo creo que todo orden observado en la naturaleza es más humano que natural, más impuesto que realmente existente, y más humanamente racional que naturalmente racional. Si yo puedo concebir dos ordenes supuestamente naturales en el mundo, siendo ambos consistentes en sí mismos e igual de explicativos, entonces ninguno es realmente explicativo, pues estamos partiendo desde la idea de que es solo uno el orden válido. Así, podemos reconocerle a las personas que comprendan el mundo como gusten. Pero si se trata el asunto de encontrar EL orden explicativo, pues estamos en serias complicaciones teóricas. No podemos reconocer ese principio. Claro que podemos confiar en las matemáticas, pero hasta donde yo sé, toda noción numérica es abstracta e impuesta. No crecen números de los árboles. 

Es así como me que quedado no muy lejos de donde comenzamos. Solo pude reconocer que la idea de que hubo una fuerza más grande e infinita que todo lo finito. Pero ni siquiera la caractericé. Nada de teología. Y no me malentiendan. Los sistemas de las cosas son útiles. Los necesitamos. Pero no existe EL sistema. El software del mundo. La codificación última. En eso no creo. Ni en teleología. Somos dueños de nuestras posibilidades a futuro. Aún puedo decidir si tirarme por la ventana o no. Somos, a pesar de todo, más caos que orden. Incluso para una mente tendiente al orden como la mía. Los sistemas se articulan en idearios, en imaginaciones. Solo a partir de esas pautas podemos configurar lo real. Nosotros capturamos de lo real elementos constantes. Y asignamos un orden. Pero hasta donde sé, todos esos ordenes son actualizables. Luego entonces, no definitivos. Parece ser que siempre nos serán vedadas las respuestas a las dos cuestiones que he formulado ahora mismo. Pero no deja de ser interesante haber ahondado en las posibilidades negativas de esa respuesta, pues a mis ojos la ayuda que hemos tomado de la intuición nos ha conducido por un laberíntico razonamiento que nos ayudará a refinar lo que pensamos acerca de la idea tan apasionante que es la del primer fundamento. 

miércoles, 24 de julio de 2024

Harakiri (?)

Deslicé la katana por su cuello. Carmesí, brillante y estrambótico, ese cuerpo se empapaba, y el suelo se manchaba de explosiones pirotécnicas de muerte. La luna impactaba a la sangre con su luz plateada, su reflejo colisionaba con mi iris formando la imagen nítida, era una noche brillante. Ya desangrado el cuerpo, en mis espaldas lo até, salí de la vieja habitación, con paredes cubiertas de flores petulantes en un marco de madera acartonado. Afuera de la casona había un barril con pólvora a medio llenar. Allí lo arrojé, y encendí una chispa con un pedernal antiguo, explotaban por los cielos omniscientes los restos de ese cadáver, apenas asesinado. 

-12.000- Daba la espalda, con indiferencia. Soltaba en el suelo un saco con monedas. Antes de tomarla, un par de sus matones me derribaron y golpearon, me dijeron que llegaba tarde, que a la próxima vez no recibiría nada. 

Resaca moral. Desperté, mire al techo que sobre mi existía, mire las paredes que formaban un cuarto reducido, mire mi pequeña pocilga que acaso podría llamar hogar. Otra esquina doblada del libro. Una vez más. Y se encapsula la rabia. Y la locura. No miro mi reflejo. Una bolsa de monedas. Pero alcanza. Puedo vivir. 

Es una punzada constante. Veo una foto. Acaso un pasado glorioso. Recuerdos permanentes. Sonrisas genuinas. Ojos del mar, y rostro lírico, promesas que pretenden trascender el tiempo tangible. Nunca fue mi culpa. No eso. El final. Casi como mantra personal y vengativo, juré matarla por su traición. Ensombrecí los gestos de mi rostro. Y, naturalmente, desaparecí por completo. 

Entonces conocí a ese bastardo para el cual trabajo. Tuve que arrancar un par de columnas antes de recibir encargo. Dormir con un muerto al lado, también. Destrozar vísceras, y oler sangre magullada. 

El bucle era por lo menos agradable, y dulcemente adictivo. Era, a causa de una búsqueda perpetua, el que me contentara con alcanzar el color rojo de la sangre, era, a causa de una desilusión perpetua, que mi hambre antes evaporada había vuelto. Era como si un pacto hubiera sellado mi destino. 

Recibí noticia de un nuevo encargo un par de días después de la última ejecución. Supongo, era el destino que inconscientemente me auguré en delirios. Supongo, las palabras a veces trascienden, necesitan trascender más allá de la estipulación oral, casi como una maldición que uno se adjudica a si mismo. Casi me atreví a decir que no, que no podía hacerlo. Por poco pregunto quién demonios le pondría precio a la cabeza de Akane. Acepté el encargo. 

El mejor momento era por la noche, enfrente de los Sakuras. Era la temporada perfecta. Los sábados solía dar un paseo nocturno. Alguna vez la acompañé, y subíamos el puente y frente al templo solíamos conversar hasta el alba. Entre las sombras, me escabullí un par de semanas debajo de los arbustos, y sobre las copas de los árboles, para mirar su rutina. Era la misma de siempre. 

Sangre fría. Pecho recalcitrante. Eso sentía. Pero daba igual. Así, perdería el corazón para siempre. Así nos liberaría, a ella de la vida, a mi del tormento. 

Me convencía de que era lo necesario. Salí por la tarde, bastó el aroma de la serrulata que revestía su alma para guiarme, incluso con los ojos cerrados, hacia donde ella se encontraba. Emergí entre las sombras silenciosamente y me detuve a sus espaldas. Ella miraba al cielo estrellado y en nebulosa, en transe. En el segundo antes de ejecutar acción vinieron a mi mente los recuerdos, el pasado, las tardes de verano donde vivíamos como personas normales, el calor, su calor, de sus besos, cuerpo, de su sexo, su elegancia letal, su forma de servir el té, todas las noches en vela que pasamos, sus ojos, que sabía que figuraban la imagen perfecta para ella en su contemplación: su pequeño paraíso. Deslicé la cuchilla por su cuello, ella alcanzó a voltear hacia mí, me miró, y es imposible para una amante no reconocer el semblante visual de quien ama, los ojos ya han penetrado el alma, supo que fui yo en su último hálito vital, entonces me petrifiqué. Ella vociferó un gargajo con sangre, y el dolor que ella sintió lo pude espejar, soy un hombre sin honor. Estoy escribiendo esto con su cadáver al lado mío, y ya me ha llegado el alba de nuevo, me he tardado en escribir esto más de lo que había proyectado. Ese es el motivo preciso de mi proceder. Toca el harakiri, he perdido la humanidad que me restaba. Ninguna cantidad de odio proyectado remedia el recibido. Bien, pues, adiós, adiós para siempre. 


 

domingo, 16 de junio de 2024

Sobre la necesidad de un conocimiento práctico

 Mi campo de estudio, la filosofía, exige la disposición contemplativa del practicante, de modo que es muy natural escuchar e incluso suscribir la idea de que para una vida plena y virtuosa hace falta poco más que acumular conocimientos. Esto es, a todas luces, un razonamiento equivocado. Es probable que alguien de manera asertiva me indique: que es sabido que el conocimiento acumulativo no conduce necesariamente a una mejoría del espíritu, y con vehemencia aceptaría el señalamiento, pero hace no mucho tiempo escuché de un allegado mío, estimable y respetable compañero filósofo decir algo parecido a esto: "yo estoy muy feliz con mis libros. No me encuentro muy cercano al mundo práctico. Estoy bastante bien en el mundo de las ideas, en el mundo contemplativo." Aquello me resonó en la mente durante el posterior tiempo al cual conversaba con él, y voy a tratar de exponer porque no solo no deberíamos de desligarnos del mundo práctico (que en realidad, es todo lo que hay) sino porque el hacerlo siendo filósofos es incluso una falla de carácter. 

Comenzaré diciendo que comprendo que no hay individuo desprendido ni desligado absolutamente de la sociedad sin contar excepciones. En ese sentido, el filósofo, como lo es mi camarada, se encuentra en la perpetua labor de educador, así lo exige su contexto. No obstante, si atendemos a sus palabras, interpreto que su verdadero interés es sumergirse de lleno en el mundo intuitivo, el mundo de las ideas. No diré que no pertenezco a ese clan. No obstante, estoy en contra de que el conocimiento tenga su valor absoluto por ser conocimiento, es decir, por sí mismo. Existe la tendencia de la gente como nosotros, los filósofos, a acumular información como un cementerio acumula tumbas. Y nosotros, los panteoneros del conocimiento, no solo sabemos dónde está cada cadáver de información muerta, sino que los consultamos y los usamos como objeto de satisfacción y estudio personal. Más allá de la desagradable metáfora, es una realidad que el individuo estudioso de la filosofía tiende a guardar mucho más de lo que puede utilizar en su cabeza. Siendo respetuosos con la erudición, sucede que las más de las veces tanto conocimiento no sirve para nada, o tiene que buscar una vía de escape. Las mejores ocasiones suelen suceder cuando todo ese saber condensa en una nueva creación, algo así como el Ulises de Joyce, la Divina Comedia de Dante, incluso la República de Platón. Todas ellas son obras que llegaron a materializar un saber intangible en un legado concreto que quedó para el resto de los hombres. Y no niego que la esencia de la sabiduría, el amor por el conocimiento, sea de hecho útil para ejemplificar lo que hacemos los filósofos, ni quiero condenar a quien así lleve su vida, es decir, esencialmente conociendo, pero sí haré cuestionamientos al respecto. ¿No es el erudito de la montaña un cerebro en cubeta? Metafórica y literalmente hablando. La acumulación de información puede tornarse en vicio rápidamente. Creo que un buen espíritu debería de concretar los conocimientos en algo práctico. No podemos evitar la condena de saber por saber, pero podemos por lo menos intentar no ser cerebros en cubetas. ¿Qué es hacer algo con el conocimiento? Más allá de compartirlo, que en sí misma es una labor muy loable, me parece que es conveniente hallar una manera de conjuntar conocimiento con alguna técnica que implique el refinamiento de elementos externos al individuo para elaborar un producto o conducta que incida en el mundo. Esto es básicamente el terreno de la ingeniería y las ciencias aplicadas: biología, química, física, etc., pero mi crítica recae sobre el vicio intelectual en el ámbito filosófico, por supuesto. ¿Qué se puede hacer de manera práctica con la filosofía? En efecto, sacarla de las aulas. Pero no solo a enseñarla. Hay que enseñar a vivir filosóficamente, que es una cuestión muy diferente a acumular información acerca de las doctrinas filosóficas. Vivir filosóficamente implica usar la reflexión sistemática y utilizar la pregunta concisa como directrices de vida para hallar respuestas. Podemos asumir que no podemos llegar a todas las respuestas, pero también que, por eso mismo, podemos tener la elección de decidir cuándo es suficiente información recabada para hacer algo al respecto de las situaciones vitales. La filosofía práctica se ve en el respaldo de las decisiones diarias, que supondrían apuntar al mejor de los escenarios posibles. Aquí la responsabilidad en qué es lo mejor posible está en quien formule la cuestión. Pero con filosofía, la decisión será más racional y efectiva, aunque claro, el individuo es más responsable de sus acciones que la filosofía en sí. Pero ella ayuda a potenciar lo bueno y ciertamente a racionalizar lo negativo. 

No podría decir que mi camarada no viviera desde ese prisma filosófico, pero eso lo sostengo por su actuar y no por su conocimiento acerca de las doctrinas, conocimiento por el cual muchos lo llamarían filósofo. Es en el ámbito de lo práctico que las acciones valen. Aquel que es filósofo y se conduce por aquella forma de vida es el que filosofa, y filosofar es una búsqueda de la claridad elemental de los conceptos más universales y concretos, es una búsqueda de sentido universal que implica, por supuesto, fascinación de por medio. Pero si solo atendemos a la fascinación estaremos fallando en el carácter de filósofos, que nos interesa encarnar, porque nos interesa ser buenos filósofos. Si nos olvidamos que filosofamos para y porque estamos en un mundo, en realidad el filosofar (labor ya bastante denostada socialmente) en verdad no servirá de nada. Solo me queda añadir que esta realidad frente a nosotros es innegable. Existe, y no somos nada que no sea materia, a pesar de que nos encante hablar por y para el espíritu y el alma. No es posible vivir únicamente en el mundo de lo contemplativo, porque somos un cuerpo que contempla, un cerebro que contempla, en una palabra: un algo que ciertamente es, y que siente, y por ese sentir no puede solo desligarse de lo material. Y nosotros como filósofos debemos de tomar responsabilidad ante ello y no solamente contemplar el entorno, como se contempla la aurora de dedos de rosa o el infinito precipicio. 

sábado, 8 de junio de 2024

Un simple soplo

 Hendiduras siempre oscuras y profundas, el noema visualiza esas cavernas oculares, y se pregunta si en la terracota de sus paredes acaso podrá escuchar sus propios pasos, acaso sobreponerse al vacío del silencio. Una mirada que murió hace muchos años, ahora un par de vísceras del infinito, dos cavidades, como campanas vacías, y recuerdos desperdigados de un valle seco. Reluciente silencio, reluciente espectro que carcome los contornos en donde se incrustan negros surcos que rodean la coronilla. Y los dientes, siempre blancos, ahora expuestos, como expuesta está el hambre, extensión del estómago, de las tripas. Clavo la mirada en las cuencas, siento frío en mi pecho, siento cómo un puño me parte las costillas, y me desgarra la piel, mis músculos se descosen de un zarpazo, mi torso se embarra de miel tibia, de sangre vehemente, siento la mano que se contrae, que penetra entre mis huesos, se extienden sus dedos como un ave que extiende sus alas, y el delicado roce delinea mi corazón bombeante, lo circunda como quien acaricia a un pequeño felino, lo mira como quien observa verde alrededor del iris, casi se podría sentir la sádica condescendencia en esas caricias, pero lo sujeta, sujeta al cardio con los finos dedos de quetzal, y es apenas ahí donde ennegrecidos ojos de cenizas me miran, lo estalla sin dudarlo, logra estallar, es un órgano magullado, en plasta, está deshecho, está hecho añicos, me obligué a rendir reverencia, pero sonrío, sonrío porque mi mano derecha guarda consigo el músculo perdido, pero es el suyo, su cardio, mis dedos están enroscados en una amalgama de masa coagulada con venas y arterias profanadas, estranguladas, asfixiadas, ella también me rinde reverencia, le digo mírame a los ojos, unos ojos blancos sin suspiro se vislumbran a través de las tinieblas que habitan su rostro, nos desplomamos, miro el jardín que de a poco crece derredor nuestro. Los segundos se han vuelto una marea que en sus aguas confunden el ayer con el ahora, y el instante con el futuro. Ella se aleja, se pierde en cósmicos espejos destellantes, hasta que veo, de nuevo, con claridad, y lo único que me queda de ella, un cráneo humano, bien definido, frente de mí. 

viernes, 8 de marzo de 2024

Fundador

 Silencio. En el principio de los tiempos nada existía. ¿Cómo la nada era omniabarcante? Fue la daga de fuego del verdadero y único milagro la que desgarró del estado primigenio los fuegos ancestrales, fue la miel violácea la que se regaba en etéreas nubes en el espacio virgen. Esas nubes originarias fueron concibiendo colores, rojo, verde, amarillo, luego chocaban entre si y quebraban las configuraciones elementales, devinió la mezcla de todas las esencias y solo así la generación de planetas. 

Soy de allá, probablemente. De los fundadores. De la mesa redonda que tiene al mundo y sus formas en discusión. Soy un mago antiguo. Es probable que por eso me sienta perteneciente a la noche. Quizá no a ella, sino más bien al cielo obscuro. Más aún, al universo y sus profundidades. En el fondo, diseccionar con cuidado los elementos más finos para la cognición, es decir, investigar, solamente nos aproxima a sintonizar de manera más adecuada y correcta el cosmos. Aunque es verdad: dudo que tenga un 'ordenamiento'. Solo está ordenado si queremos verlo ordenado. Más fácil es desgajarse en caos, por supuesto, de ahí se originaron nuestras células, del polvo de estrellas. ¿Cómo traicionaríamos por completo nuestra naturaleza? El orden es solo una ilusión. A veces pienso que los individuos vibrantes conservamos la fuerza primigenia del universo palpitante en nuestros corazones, pienso que las venas de nuestro sistema brillan de manera más intensa que las de otras, otras que, por desgracia, encierran la muerte de las comisuras del universo en sus ojos. 

La vida, pues, deviene en movimiento, quizá nuestro núcleo anímico anhela regresar a la unidad elemental del universo. Eso de la vejez de las almas tiene cierto sentido. Me han dicho que mi alma es antigua. Que llevo aquí muchas generaciones. Ahora que lo pienso, sí, y es probable que sea fundacional. Pienso ahora, ¿es por eso que me resulta tan espantoso el caos? será porque ya lo viví del todo... en parte creo eso, que no hay nada nuevo bajo el umbral del caos y del escape de las rutinas, que en el fondo es un burdo escape del tiempo y la ansiedad que nos ocasiona pensar en su movimiento. Mas, no le tengo miedo. Pero pasa que al probarlo me sabe a sustancia vieja, a trapos sucios, a tierra caliza que se encuentra arriba de un muerto. El caos está más muerto de lo que parece. Siempre desordena lo que se le presente. Siempre es efectivo, como un burócrata. En cambio, el ordenamiento es siempre novedoso. Un ordenamiento puede edificar un sistema limpio, nuevo y perfecto, mientras que el caos, en su aburrido efecto, siempre (y únicamente) introducirá aleatoriedad a la ecuación. 

Pero la empresa tan grande del ordenamiento sólo tiene sentido si en verdad tienes que perder. ¿Qué es tan valioso como para ejercer control en nuestras vidas? Qué motivo, me refiero. Los códigos que nuestra mente imprime en las tablas doradas. Las inscripciones que nos dio nuestra necesidad elevada de creer metafísicamente en algo. Lo deificado. La deificada moral. Eso es, en efecto, la suerte de quienes creemos en ello, algo que la experiencia de este mundo no puede abarcar. Porque si así fuera, si el mundo que me rodea fuera suficiente, no estaría tirando tinta a la más mínima provocación. También sería irónico traicionarme e ignorar todo lo que me indigna. El caos es aburrido, el orden puede ser mecánico, pero nunca será vano ni carente de significado como a la larga es el caos. El caos es necesario para no perder la cabeza, lo sé. Pero a todos les llega la edad, ¿sabes? en el que se vislumbra que al fondo de esa botella no hay nada, y que su líquido es más viscoso de lo que se pensaba. Sólo alguien con, como me han adjudicado, 'alma antigua', hablaría así. Soy alguien que, por definición, no encaja en lo normativo. No creo ser especial tampoco, o no tanto. Solamente he tenido suerte de lo que hago se valore muchísimo a nivel social. Pensar, me refiero. Ya sé que la filosofía está injustamente infravalorada. Pero créame, lector, que las consecuencias están saliendo caras. Que las almas nuevas solamente nos llevaran a la sociedad más sádica y mecánica si eso sigue ocurriendo. Que sin examinar el alma no somos humanos, y olvídese usted en tal caso de que la belleza pueda existir... 

En el principio de los tiempos me figuro que hubieron de existir ciertos veladores que otorgaron un sentido primero. He sentido desde el fondo de mis vísceras que para eso fui encomendado en este mundo, para brindar sentidos, a mí, a ti, a quien pueda, a esclarecer elementos. A arrojar luz. Luz en medio de este mundo tan destruido y podrido de raíz. Si es verdad que mi alma ha sido tan antigua, es verdad también que este labor lo llevo ejerciendo desde que la luz del cosmos se encendió. Yo soy el portador de la luz del cosmos. El diseñador primigenio. El primer elemento. Si es verdad lo que me dicen, no hay sorpresa en por qué actúo como lo hago, ni por qué la luz que tengo entre mis manos es tan ardiente y castigadora. 

Si mi alma es tan antigua, y mi cuerpo prestado, solo me toca cumplir con lo que es mi deber en esta vida, y esperar lo que haya del otro lado. Y quién sabe, a lo mejor del otro lado por fin habré captado todos los secretos del universo, empresa de la cuál vivo perpetuamente enamorado. 

sábado, 10 de febrero de 2024

Lo uno, lo mùltiple

 Vida normal

1. seguramente un asalariado promedio

Despiertas, espejo, te lavas la cara, auto, carretera, edificios, cuerpos que atacan lo térreo, cuerpos que deforman los paisajes, y ya estás enfrente de la computadora, ya tecleas, ya tomaste café, te fuiste al descanso. Ya miraste tus pies, ya olvidaste qué llevas dentro. 

Seco, seco, como los contornos de tu rostro, como la muerte que encierra tu alma. No aspirar a nada es grandeza, ahhhh, que viva la decadencia, o mejor: la inacción, porque qué puedo perder si nada habita dentro de mi alma en primer lugar... 

2. una maestra de química

Despiertas, rutina, rutina, ahí están los alumnos, ahí está la información, ya mero, ya mero acaba la hora, y eso que solo tengo que reciclar diapositivas. Ahí están los ejercicios eternos de balanceo, quién sabe qué chingados es la química, quien sabe qué chingados es el corazón, parece que se lee cuando usas tu plumoncito, con letra chiquita en los amplios pizarrones. 

3. un hombre de oficina

 Despiertas, ¿qué de ti despertó?, tus ojos cuadrados observan, muertos, la radio de la combi donde vas subido, tu ropa a cuadros también, tus lentes también, tu portafolio, incluso afirmaríamos que tu apellido es Cuadrado, pero diremos de ti que la vida se te escurrió hace mucho tiempo, que no sabemos si eres un ropaje andante, un maniquí, un eso sin personalidad, que camina y... se desvanece entre los días poco a poco, ¿qué es totémico para ti? ¿en verdad el semblante es tan valioso, tan bello? mira cómo te vas difuminando con el tiempo, mira como solo sostienes una figura, solo una forma, una nada, una moribunda silueta, mira cómo haces eso todos los días. 


Vida abstracta

1. fuego violáceo

 Llamada de los camaradas: es hora de partir a quién sabe dónde y hacia quién sabe quién, carretera a media noche, barcillo de mala muerte. Beber, empinarse una botella, medio cuerpo afuera del automóvil, pero no importa, eres bella, eres radiante y en tu mente vibran fragmentos de aforismos, en tu mente no hay problema, libertad es libertad, o por lo menos, digamos que es esto, para evadir la ilusión, para callar las preguntas, imágenes borrosas, ¿a dónde vamos a parar?, no hablas de este auto, ni le dijiste eso a ninguno de los pasajeros, te lo preguntaste a ti misma, antes de cerrar los ojos y ver nieve silenciosa. 

2. alguien como yo

Hombre cavernario, pero no habitante de las que Saramago describía, sino, de la que llevas y habitas en tu mente, coraza de letras e información, se han cristalizado tan profundamente que ya no sabes qué artículo es qué, ni cuál libro era cuál, entonces saliste y decidiste probar suerte con el uno a uno y te diste cuenta de que podías hacer magia allí, que podías embrujar con tus trucos mentales a quien te escuchara, entonces te obsesionaste para maquinar un plan maestro por medio del cual pudieras mejorar eternamente hasta encontrar a alguien más, una compañera que habitara contigo en la caverna, porque parece ser, te rendiste ante ti mismo, no pudiste ser más, no pudiste morirte de pie, por eso, abdicaste al poder divino de la resiliencia, perdiste, caput, toca escudriñar tus entrañas y observar cuál de ellas queda intacta. Lo más perturbador es que quizá todas, quizá supiste cuidarte, cuidar todo menos las memorias, pasaste mucho tiempo pensando y poco viviendo. 

3. el CEO 

 Hombre de trabajo, parece que se dividió tu alma entre el éxito y el terror, terror a ti mismo, nunca pudiste vivir a través de las letras porque estaban muy por encima de ti, pero tampoco de la técnica depurada, porque estaba muy por abajo, tú eres el que ordena a vida normal 3 llegar temprano, al fin y al cabo, nunca llegará a estar tan muerto como tu, pues hay valor en la antonomasia, en permitir que la esfera siga girando, pero ¿y si tú mismo fui quien la hizo girar? ¿qué queda para ti si ya lo lograste, si lograste lo que querías? si ves al monstruo gigante, los billetes, moverse y consumir, qué queda si nada de eso llena tu corazón, si ni siquiera matar lo hace, qué hago si no es hacerme valer, prostituirme, dejar que usen mi legado, ¿madre, eres tu? ¿ya viste que pude hacerlo? ¿no te he decepcionado? 





viernes, 26 de enero de 2024

Màs imàgenes

 Màs imágenes: es mío el fuego negro que a la entraña alimenta; está dentro mío la figura de un tótem que cristaliza los rostros. Atrás de ellos están sus palabras, talladas con fuego. Yo recuerdo, y si te veo atravieso tu alma y te leo, todas esas palabras que orbitan tu mente, todos esos enunciados que apenas vislumbras yo ya los vi. 

¿Mentirías entonces? ¿pero qué pasa cuando volteamos el pellejo de nuestro rostro? ¿qué pasa cuando nos levantamos la piel y, en carne viva, solamente el poder vernos al espejo sinceramente alivia nuestros dolores? ¿a dónde se irá toda esa sangre? ¿Nos pondremos a gatas y trataremos de llamarla, para que vuelva? ¿para que nos haga compañía? ¿la probaremos y el amargo olor de nuestra carne quedará impregnada en nuestros labios? Así, destazados de rostro, sin rostro, con el único rostro, así, con nuestros músculos al descubierto, ¿nos atrevemos a mentirnos? ¿No es acaso nuestra mano que proviene del espejo la que se posa en nuestro hombro, y nos calma? ¿No son esas lágrimas las que intentamos guardar en pequeños frascos, para bañar nuestra piel con ellas màs tarde, y decirnos "no ha pasado nada, no ha pasado nada..."? ¿a cuántos kilómetros estamos de la redención? pues a salvo nos mantiene nuestro rostro, incluso nos impulsa a la violencia, la protección, la testarudez, a veces nadamos directamente en el olvido, a veces generamos recuerdos de paja a consciencia, es por la máscara que cubrirá el carmín de la sangre -el único color para todos, el único color universal-. Pero el rostro se gasta. La máscara de arena se va erosionando, palabra a palabra, injuria a injuria. Eventualmente, sólo tenemos una pañoleta que cubre los músculos brillantes y los tendones que tensan las sonrisas falsas. Eventualmente, las palabras aladas manan de una boca sin labios, con encías sangrantes. Eventualmente solo la monstruosidad nos envuelve, eventualmente no queda màs opción que regresar al espejo y mirarnos para aliviar la vergüenza.