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domingo, 30 de abril de 2023

Pendiente de hace seis años (cuento)

 

Me levantaba de una pesada siesta. Pesadilla. En sueños alguien me ahogaba apretándome una bolsa en la cabeza. Cuando sentí que la vida se escapaba de mi pecho, desperté. Ya eran las 8:30 pm. Tallé mis ojos y fui a buscar agua.

Hacía tiempo que no dormía en la tarde. Instintivamente tomé el teléfono celular y consulté las notificaciones.

¿Qué? ¿Un mensaje de Lucía Pereira? El aire de mis pulmones se escapó. Tuve que tomar un momento para reponerme del sobresalto.

Hace seis años no éramos extraños. Hace seis años la tomaba de la mano y desafiábamos al destino imponiendo nuestra unidad con respecto al porvenir. Hace seis años éramos dioses.   

El mensaje decía: “Hey. Sé que ha pasado mucho tiempo, ¿quieres hablar?”

Los momentos del pasado, suspendidos en fractales de memoria, comenzaban a circundar por mi mente en ese momento. Contesté algo, un saludo que inmediatamente abrió un diálogo. Inicialmente pensé en regresar un poco de orden a esa relación fracturada desde hace tanto tiempo. Pero también dentro de mí nacía una ira, primero sádica, luego racional. Finalmente, deliciosa que me impidió elegir lo correcto.

No necesitaba la paz. Necesitaba lo que era mío. Necesitaba ese beso, tocar esa piel tersa, besar esos labios, cobrar las noches que eran mías. ¿Todo esto porque me engañó? Bien… diría que sí. Ella se estaba metiendo al ruedo también. Ella jugó con fuego primero.

Me sorprendió que la que propuso hervir en fuego fue ella: -¿Quieres ver cómo se me ve mi nuevo tatuaje?-

 -Claro. ¿Tu quieres ver esta nueva marca de ropa interior que he comprado?-

El intercambio de cuerpos desnudos digital fue delicioso, pero no por la calidad de la piel que veía, sino por el logro que suponía ante todo lo que estaba en juego de por medio. Quizá los egos. El mío, más bien. Quizá ella también entendió que la forma de cerrar este ciclo era haciéndolo estallar, porque nunca tuvo el rostro para disculparse por mentirme. Quizá ella también se acordó de alguna noche de hace seis años donde, bañados por la luz de la luna, me hablaba desde el alma.

-Que bueno oír tu voz de nuevo, Lucía.-

-Gracias. Ja, ja, ja.

-Dime, cómo has estado.

-Pues fíjate que ya no apliqué para la escuela de modas. Estoy estudiando para enfermería. ¿cómo ves? Pero dime qué has hecho tú, ¿qué ha sido de tu vida?

-Yo estudié literatura. Acabé el tramite de titulación hace apenas un mes. Estoy de pasante, ya mero cae la chamba. Pero óyeme, chica, ¿por qué no te habías dejado ver? ¿por qué no contestabas? ¿quieres tomar un café juntos?

-Sí, me encantaría. ¿Quieres mejor venir a mi depa? Podemos cenar algo…-, decía con una voz que no recordaba que sedujera tanto. Capté de inmediato.

-Tengo una idea muy loca para ti, chica. Para nosotros, pues. Este fin de semana tengo pensado ir a Cuernavaca a pasarla. Es una casa de unos primos. Tengo que ir a limpiarla, pero nadie me acompañará para allá. ¿Te parece si vamos?

Dudó un momento. Quise ir a Cuernavaca sencillamente por un capricho personal. No fue problema convencer a mis primos para que me dejaran un fin solo por allá, finalmente, las casas abandonadas siempre exigen limpieza. Sencillamente quería tener algún tiempo a solas con ella.  Esto lo determiné casi inconscientemente. Qué dicotomía, querer fuego pero a la vez, racionalizar algo. ¿A caso lo que vivimos ameritaba una segunda oportunidad? En realidad, no. Pero no podía solo probar su cuerpo, tenía que probar su alma también.

-Vamos, Lucy. Hace tanto no conversamos. Además, si llamaste es por algo. Piénsalo. Tengo mucho que decirte.

-Te digo mañana. Descansa.

Y colgó el celular.

 

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Al día siguiente (jueves, saldríamos el viernes por la noche) mandó la confirmación. Ocho treinta de la noche, algún lugar de Xochimilco. Pasaría por ella, conversaríamos, iríamos a la casa el fin de semana, regresaríamos lunes por la mañana.

-Lucy, ya estoy aquí afuera.-, le mensajeaba.

Mi auto era un March azul. Veía a la distancia esa casa a ladrillos rojos. Era un tanto extraño lo poco que había cambiado esa fachada.

Salió de la casa. Altura media, rostro redondo, nariz y frente mediana, cabello muy lacio, chaqueta de cuero negra. Creo que no creció ni un centímetro desde la última vez que la vi.  No era radiante, pero tampoco era fea. Creo que adquirí cierta objetividad con respecto a su belleza después de no haberla visto por tanto tiempo. La recordaba hermosa, tras los años la encontraba más bien promedio, como un metal que no relucía. Su tez era blanca como la recordaba. Tenía los ojos delineados de un negro profundo que la hacían ver más agresiva de lo que de por sí ya era. Labios rojos y aún un poco partidos, como los recordaba. Nunca ocultaba su efusión, nos saludamos, y ella dijo:

-¡Hola, cómo estas! ¿Qué ha sido de ti?

-ven, sube al auto, te contaré ahí qué ha pasado.

Conversamos. Tomamos la autopista. Ella me veía con ojos de profundo deseo. Yo también a ella. Me dijo que si podíamos parar para… Le dije que llegando a la casa tendríamos todo el tiempo del mundo.

De pronto sentí entre mis venas una pulsión muy fuerte de pisar el acelerador. Me quemaba la sangre. No sé por qué lo sentía, pero fui presionando, primero poco a poco, luego de manera fatal.

Ella comenzó a gritar que qué me pasaba, que si quería matarnos a ambos. Yo simplemente no podía articular palabra alguna.

Una piedra atascada en una rueda volcó el auto, todo sucedió en la eternidad de los segundos más largos que he vivido en la existencia, entonces nuestros cuerpos se mallugaron entre las paredes metálicas. Dimos por lo menos tres vueltas en el accidente, terminamos de cabeza y con las bolsas de seguridad apretándonos entre los asientos.

Parecía que despertaba por primera vez en mi vida cuando abrí los ojos. Veía las luces amarillas de las farolas que alumbraban el camino de la autopista, al parecer vacía, nadie venía a ayudarnos. Estábamos de cabeza. Me moví, y sentí el cuerpo entero contracturado y roto. La sangre me nubló los ojos. Con la manga me secaba la vista. El espejo retrovisor apuntó a mi rostro. Tenía varios golpes, un corte en el labio que sangraba, una herida en la frente.

Voltee a ver a Lucía. Estaba con un hilo de consciencia y llorando más de espanto que de dolor. La sangre escurría de su boca, manchando su chaqueta de cuero y su camisa blanca escandalosamente.

Hubo varios segundos de silencio. No estábamos muertos.

Recordé un momento en el que regresábamos de una excursión del colegio, también era de noche. Sostuvimos miradas. Casi nos besamos. Cuando uno es adolescente todo es casi. Casi vivimos, casi bebemos, casi amamos. Casi sabemos lo que estamos haciendo.

De la columna vertebral, surgió un impulso brutal de besarla. Lo obedecí. Ella también buscó mis labios. Cada movimiento era una oda al pasado, en la noche cándida, yo y ella, en medio de la debacle, teníamos el mismo deseo de vivir antes de morir. Acariciamos nuestros cuerpos rotos, a veces apretábamos un poco más en la herida del otro para que diera un brinquito y riéramos de ello. Nos desnudamos, dos cuerpos heridos encendían la pasión de un fuego vehemente; la sangre, el carmín que circula eternamente en nuestras venas finalmente se unía el de uno con el del otro, en un roce erótico. Los cristales se empañaban. Era como si una flor naciera en el apocalipsis, era la resistencia de los niños inocentes que tanto tiempo gestaron ganas de algo, pero eran tan jóvenes que no sabían de qué. Esto era el qué, los jadeos húmedos, las cavidades húmedas, el momento presente y la intercalación de momentos de esa tensión que cosquilleaba desde el pasado, donde los destellos estuvieron tan cerca pero tan lejos. Todo ello no murió, aquello que no muere se transforma, y se hace más fuerte.

 

 

Nacidos de la mente del recuerdo

las dos caras de donde nace la luz,

la luna y el sol se amaron la noche,

se apagó la luz del cuerdo.

 

 

Y para cuando despertaron

nada quedó, ni el sueño, solo la bruma

de la melódica sinfonía

que el demonio dirigía con nuestros cuerpos.