I. Prisa inexplicable
Aquella mujer de gorro y suéter rosas posee un rostro que oscila entre los quince y los cuarenta y siete años -cuyas facciones parecen estar envueltas en aquellos papeles arrugados y nada discretos de los regalos de navidad- estaba al fondo de la oficina.
Leía folios que yo había llenado hace una semana, o semana y media. Llegué a la 1PM, y mi tarea era auxiliarla a la captura de datos en computadora de los registros que a mano transcribimos en formatos físicos de los datos de los archivos de la Benito Juárez. Mi letra es, casi por definición, inteligible, parece que las letras que escupe mi mano están orientadas al Este, y golpeadas con fierros. Tenía también que ayudarle a traducir mis jeroglíficos. Esta mujer con semblante tan ensimismado tenía una prisa inexplicable por acabar de capturar los 94 folios que había transcrito de las miles de cajas que había por capturar, en aquella oficina (dicho sea de paso, con un ambiente laboral tan divertido) de la Benito Juárez. A lo mejor es que era el último día del año que se trabajaba. A lo mejor es que sentía una incomodidad por tener trabajo que hacer. A lo mejor, incluso, quería darle una buena impresión al Maestro, pero nada por si mismo explica su prisa que no respondía a ningún motivo lógico. Las oficinas son así. Poseen ejemplares de lo más extraño, y mira que yo no soy un tipo precisamente normal. Llegó Alexis a la oficina y lo saludé, y esta mujer me dijo "ay, te distraes bien rápido". Primer Strike.
II. Una cuchara en el microondas
Dije para mis adentros: subamos la intensidad, y acatemos su petición de "también fijarme en lo que ella escribía". Lo hice. Cada dos capturas presentaba un error ortográfico. No le sonaba italiano "Pestalozzi", tampoco recordaba que Sevilla va con "v". Fácilmente pasaba por alto que se nos había indicado que después de la calle se ponía una coma antes de la colonia, y que esta última iba con mayúscula. Le hacía las puntualizaciones una por una, también en los registros que a veces numeraba obedeciendo a un orden misterioso antes que al consecutivo, pero nada de eso logró perturbarme. Ni si quiera aquel absoluto y fuera de lugar "creo que aquí te equivocaste de calle", apelando a una intuición mística en la que, al tiempo que estaba allí en la alcaldía, estaba observando las calles de los alrededores, corroborando que efectivamente estaba mal yo por comprobación empírica y no por ganas de chingar, digo, de tener el trabajo en orden. Llegó su hora de comida, y metió el tupper al microondas. En seguida el olorcito a comida recalentada inundó la oficina, pero Doña Lety (la mujer más chismosa y buena onda de esta delegación) se escandalizó de que el tupper estaba tapado (eso fue irónicamente lo que nos salvó del colapso). Yo estaba capturando, y dije para mis adentros "ah, esta doña Lety otra vez exagerando, ¿qué más daría que estuviese cerrado?" Lety explicó que lo ideal era calentar las cosas sin tapa, y eso comenzó a generar sentido en mi cabeza. Como en esta chamba de Godín el microondas tiene alta demanda, doña Lety sacó la comida de la mujer, y la destapó, encontrando un hallazgo perturbador según las circunstancias. Tenía la cuchara metálica dentro. Ahí si me percaté que aquella mujer con prisa extraña y endemoniada la había cagado. El microondas estaba al lado de mí. Irónicamente sus distracciones se alinearon de manera que fueran, en un movimiento, inofensivas pero delatantes a la vez. No me quedaba claro quién era el que se distraía fácilmente para ese momento... Segundo Strike. Pero esto cerró con broche de oro.
III. Por mis huevos me voy
Entonces, como buen Godín que me he vuelto, aproveché la hora en que se fue mi equipo de trabajo no para descansar y comer como solía hacer hasta ese momento, sino para capturar lo que le faltaba a esta mujer porque supuse que había urgencia en entregar el registro, y porque quería descargar mi furia de alguna manera. No sé por qué se me hizo buena idea que haciéndole todo el trabajo sería la mejor manera de hacerlo. A lo mejor para, subliminalmente decirle "hago esto en menos tiempo y mejor que tú". Quien sabe, mi cabeza opera de formas misteriosas (pero descifrables, esa es la diferencia). Acabé el registro en cuarenta minutos. Mi equipo llegó en los siguientes veinte. Traían pastelito. Me comí la rebanada, comencé a cotorrear con estos sujetos, bastante divertidos. Vaya, hasta mi jefe, el Maestro (algo neurótico) no le dice que no a una carcajada y alivianarse un poco. Pero esta mujer me preguntó si ya había acabado en cuanto me vio, y le dije que sí, que hasta había corregido unos datos incompletos que yo capturé. Me desafané del asunto, y ayudé a Doña Lety a capturar, un cambio drástico porque es tan arquetípicamente señora y tan arquetípicamente chistosa que se me pasó de volada el tiempo. Y de pronto, esta mujer, faltando cuarenta minutos para la hora de la salida dijo: "adiós a todos, ya me voy", y, sin decirle al Maestro se fue. Todos quedamos boquiabiertos. Risas, chistes, memes, y júbilo condensado en una indagación acerca de sus motivos por desaparecer, sucedieron en los restantes minutos antes de abandonásemos, como equipo, la oficina. Quién sabe, a lo mejor el metro (accesible a las 4:20 PM) si esta muy lleno. Solo Dios sabrá la lógica bajo la cuál opera esa mujer. Tercer Strike. Estás fuera.
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