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miércoles, 8 de octubre de 2025

soy de izquierda



*Fe de erratas: escribí en la primera versión 'beta humana' en vez de 'veta humana', lo cual expresa un significado absolutamente diferente. Ya ha sido corregido. 


No puedo no hablar desde una visión absoluta y plenamente personal en esta ocasión. Trataré de ser justo con mi historia política, notando mi inserción paulatina al entorno político que me rodeó desde siempre. 

Nací en la colonia Roma, dato que me debió de haber dicho algo en cuanto pude tomar consciencia del hecho. Toda mi vida he habitado en Coapa, una localidad donde intersecan Tlalpan, Coyoacán y Xochimilco. Lo que me rodeó en mi infancia primera fueron libros y la burbuja que comprendía el binomio de: casa y escuela. Casa, escuela, ¿por qué hablar de ellos en este contexto? la política surge cuando te preguntas por qué lo que te rodea es normal (o no) y por qué lo que siempre ha sido así no para todos siempre ha sido así. En los tiempos primigenios tuve la fortuna de gozar privilegios. Y hasta la fecha siguen. ¿Pero saben qué pasa? Estos son como una venda en los ojos, incluso, como tapones en los oídos. ¿Qué me rodeaba? Un departamento (ante mis ojos neonatos) enorme, con una vista al horizonte perpetua: una torre de marfil. El entorno primero que observaba apenas fuera de mi casa consistía en suelos color gris áspero, los clásicos azulejos color rosa de mi explanada, y otras tres torres que cuadraban un complejo enorme y (según yo en ese entonces) sofisticado. El colegio: rojo y blanco que componían las paredes y vigas de metal que sostenían, en una arquitectura limpia y pulcra, salones y espacios recreativos. Una cancha enorme de fútbol. Un gimnasio. Arbolitos y gente afín. Eso era lo que estaba frente de mí, y en cierta medida me acostumbré a la comodidad, a ese tipo de comodidad. Me acostumbré a admitir como 'extraños' a los individuos fuera de mi círculo familiar. En sí, yo siempre fui un ser imaginativo, por lo que expandir mi consciencia hacia el otro era difícil o pérdida de tiempo. Pero fui creciendo, quizá el primer resquebrajamiento de aquel adormecimiento fue el cuestionamiento de si seguir en el Colegio o abandonarlo e ir a la UNAM. Soy el primero en admitir que a los quince años uno no tiene las luces bien prendidas. Hasta uno cree y sobre piensa y sobre elabora los amores de esas épocas. No me culpo, buena parte de la vinculación con otros es política, y buena parte de lo primero es que simplemente hace falta un cerebro que desarrollar. Pero como estoy tratando de explicar, sí hay cierta consciencia que despierta con el tiempo y que salta cualquier jaula dorada en la que podamos habitar. Dudé si seguir, pero tenía un sueño, entrar a la UNAM, entonces no tuve más remedio (a mis ojos, en ese momento) que hacer el examen. La verdad es que el vacío político con el que cargaba me era invisible. Nunca sospeche qué tan grande era la pieza que realmente me faltaba. En clases y en general en el entorno del Colegio se asumía mucho que éramos de izquierda, y para mí eso era básicamente apoyar a un viejito medio loquito que permitía partir el diez que el matado del salón sacó en treinta y dos partes para que todos tuvieran 0.31 en vez de cero. Y nos burlábamos. Éramos, en el mejor de los escenarios, la caricatura del izquierdista woke promedio, solo que en versión morritos de quince. Ni pena nos daba. ¿Qué íbamos a saber? El entorno influye mucho en el individuo. 

Pero después entré a prepa y las cosas cambiaron. Con el corazón roto y el germen de la verdadera razón (la que hoy habita en mi cabeza) emergiendo, me enfrentaba a un mundo totalmente nuevo e inexplorado. Estaba en buena medida solo (o, al menos, me alejé del entorno fresa y absorbente del Madrid). La primera vez que me di cuenta que importaba de dónde venía socioeconómicamente hablando fue cuando una antigua compañera de la preparatoria me preguntó si era buena idea comprarse un dulce para comer o usar el mismo dinero para regresarse en camión a su casa. Yo me reí, tan fría e insensiblemente como lo he solido ser por accidente, y ella se molestó conmigo. No podía creerlo. ¿Acaso no todos podían tener sus tres comidas al día? Eso ya lo sabía, pero lo que verdaderamente me impactó fue pensar en ¿en verdad esa realidad está aquí, frente a mí? ¿en verdad? 

Lo que pasa conmigo es que he sido muy tonto en muchos aspectos. Me he vanagloriado de aprender cosas rápido. De tener una voluntad de acero (o una buena dosis de necedad, según se vea). De cuidar de mi integridad física y mi persona. Pero nunca sospeché que tan ciego fui ante una realidad que hasta hace poco comprendí. 

Digamos que la preparatoria bajó muchos de los humos con los que venía del Colegio, y me empezó a dejar entrever cómo se veía el mundo mexicano, si es que ese concepto es aprehensible por alguien como yo. Pero todavía no. En mi cabeza habitaban muchas ficciones. Amargado y utilitarista, un poco triste y enfocado, eso era en prepa, y en esa medida encontré otros compañeros, pero aún la semilla de la izquierda no germinaba en mi cabeza. 

En casa la ideología que prima es esa. La izquierda. Pero sospeché de los fundamentos teóricos de mi madre cada que hablaba de ella, yo le decía que el Che era un asesino y no respondía nada. Le preguntaba qué hay más allá de la ideología, o en otras palabras, trataba de extraer su sentido más elemental. Nunca supo responderme y a la fecha creo que sería bueno que refinara ese detalle en su corpus teórico, tan sólido en ocasiones, pero tan absolutamente ausente en otras. Mi padre me hablaba de su participación en grupos de izquierda en su juventud, y en cierta manera sí se quedó desde esos tiempos esa curiosidad de por qué yo no podía acceder a esa parte nuclear y dorada que pudo hacer de mi padre y mi madre seres políticos y a mí no. ¿Estaba en parte muerto mi corazón? ¿Tenía de verdad tan poca empatía? Se puede vivir un volón de años sin ser consciente políticamente hablando. Es otro de esos males silenciosos que pueden hacerse pasar por males fantasmas de tan sigilosos que son cuando no los volteas a ver. Nada cambió en pandemia. Me gustaría que así lo hubiera sido. Pero no lo fue. Se sumaron varias cosas, eso sí, al caldo de cultivo que haría que todo explotara para mí eventualmente. Woke, ¿qué es eso? me encontré con el concepto de 'la agenda mundial', 'lo políticamente correcto', 'el progresismo', el apoyo a la comunidad LGTB, el lenguaje inclusivo, cosas que en prepa ignoraba y ni si quiera estoy seguro de si eran tan sonadas como lo fueron en el 2021-2022. Me sonaban a patrañas. Y aunque siempre supe que la UNAM tiene su personalidad, nunca me sentí realmente parte de toda la política que mis compañeros propagaban. ¿Por qué tienen que ser tan escandalosos, tan radicales? no me parecía que tuvieran en cuenta la noción de un verdadero justo medio, ni que en el fondo no les gustara más destruir que razonar. Aquí me detendré un momento. Mis años de la carrera transcurrían, el séptimo semestre era curioso y bueno para mí, comenzaba a frecuentar de nuevo a antiguos camaradas del Colegio, con los que sí pude tener una amistad sólida. Uno de ellos ya mencionado en este blog se había pronunciado fuertemente hacia los valores más conservadores y derechistas. Ese posicionamiento resultaba, prima facie para mí, valiente, algo prácticamente inigualable porque este hombre conjunta razón y argumentación de manera tremenda. Si Leo es derechista, una mente brillante, tiene sentido que todos lo sean. ¿Verdad? Así que eché un vistazo a lo que propagaba teóricamente la derecha. Lo que más me llamaba la atención era la noción de libertad personal que asignaban como derecho al individuo, y que, con el ahorro suficiente de capital, podía ir tan lejos como el quisiera, sin importar nada, sin importar nadie. Dejé que ese discurso le hablara a mi parte ambiciosa y por lo menos una cantidad de meses pensé que ese discurso era para mí, que todo este tiempo pertenecí a los elegidos, a una élite y que debía cerrar ese círculo para solamente habitar con lo mejor de lo mejor. Mi cabeza estaba llena de ficciones. Más que ahora. Sin embargo, me parece que la edad por medio del raciocinio permite que uno como individuo reconozca las partes elementales de los discursos que propaga o dice propagar. Lo primero que encontré disonante en mí, ya a eso de final de la carrera es que aunque decía filiarme a los valores de la derecha, había ciertas creencias fundamentales que habitaban en mí que resultaban contradictorias con ese discurso. Dos en especial. El tema Dios y la noción de jerarquía. Nunca he creído en Dios, y el que la jerarquía exista al menos como la derecha lo concibe implica que de alguna forma hay un ser humano por debajo de ti. Me causaba mucho conflicto pensar en cómo eso podía estar justamente fundamentado. Pero seguía embobado con la noción meritocrática y la noción de aplastar a los otros para sobresalir. ¿No es eso algo que la historia familiar me enseñó? (no, no lo hizo).

La ficción es el motivante de la derecha. La razón el de la izquierda. 

El punto de inflexión... Antes de llegar allí, me ubicaré en el espacio tiempo para que se observe por qué fue tan natural y qué pienso ahora. 2025, alejado de la facultad, posterior a un drama amoroso del cuál trato de empezar a hacer reflexión seria. Creo que fue la primera vez que sentí que la culpa me corroía desde dentro y todo por culpa de cosas que el entorno que me crio insertó en mi. Al poco tiempo me di cuenta de que era mi decisión dejarlas ahí o cambiar. Siempre he querido ser mejor. Y aunque no todo pueda reformarse, no volver a hacer daño es un deber humano. No fui humano en buena parte del discurso que propagué. Me sentí como una máquina. ¿Y mi corazón qué? ¿y la felicidad qué? me dijeron que en la facultad más de uno me vio como un maniaco del control. Observo por qué. Los detalles no aportan. Pero sí que posterior al desorden que generé me sentí desplazado. Desplazado de una veta humana que desee propagar y ser partícipe, pues el humanista es sensible a la realidad, valga la redundancia, humana. Sentí que sus palabras eran ciertas. Que no estaba siendo empático. 

Cambio. ¿Cuándo ocurre? por supervivencia. Por corazón. Por corazón y razón. Mucho 'tiempo libre', decidí ir a trabajar con mi tío un par de veces a la semana. Allá por Rojo Gómez, Iztapalapa. Rotulador de lonas y carpintería. La ficción de la derecha te diría que me estaba 'rebajando', y que mi lugar natural es otro, que estaría perdiendo el tiempo. Prefiero otro camino vital, pero el trabajo dignifica. De manera simplista, trabajar me abrió los ojos. ¿Todo un choro para decir que trabajar me abrió los ojos? de manera simplista sí. Pero no se trata de actos aislados. Estoy tratando de decir que todo tiene un por qué y que todo, de alguna manera, está fundamentado. Abandoné mi coqueteo con la derecha porque es inaceptable que sea inhumana. Que considere que el culto a la explotación está justificado. Es inaceptable que alguien piense que está bien trabajar horas sin un salario digno. Los valores más humanos, lógicos y razonables son izquierdistas porque podemos imaginar un mundo mejor para llevarlo a cabo. Y no hablo solamente de una redistribución de los medios de producción, la izquierda es en realidad el reconocimiento de que como humanos estamos insertos en una comunidad, y que tenemos voz como otro, el igual. Es una doctrina muy humana. ¿Qué me hizo cambiar? notar que la realidad de este país estuvo siempre frente a mí, me asomé afuera de mi burbuja y me reconocí tan pequeño frente a ella como nunca me reconocí pequeño ante nada antes. Uno no se puede dar el lujo de ser tibio en la vida. No a este punto. Como humanista no puedo simplemente ser indiferente y tampoco ser irracional ni egoísta como lo quiere la derecha. Aquellos que construyen su pequeño imperio personal mueren solos, rodeados de plata, sin un alma que los escuche. 

¿Qué haré con el privilegio? no considero que después de cierto umbral lo conserve como hasta ahora. Ser responsable con él, sumar a la causa, ser socialmente activo, hablar de esto, ser consciente. Lo lógico: apuntar a una vida modesta pero digna. Ser humano, abonar a lo humano. Informarme. 

Es simple pero efectivo. En realidad no me gusta ser performativo en este sentido. Es decir, gritarle a todos que ya me la sé y que ya cambié de verdad. No. Esas cosas se practican y listo. Esas cosas se hacen y listo. Es lo que un ciudadano en sus cabales haría. Parte de esto es la disolución urgente que hice para con mis ficciones más dañinas con respecto a mi plan de vida. La izquierda te enseña que vives en un mundo más inmediato en donde lo más accesible y fundamental a lo que puedes acceder es el lazo que construyas en una red inmensa donde prime la fraternidad, libertad e igualdad entre todos los seres humanos. No soy ningún comandante ni general. Soy simplemente un humano lleno de fallas que está tratando de hacer lo mejor con sus recursos, voluntad y mente. Soy el más simple de los seres humanos. Pero muchas veces la simpleza es lo más difícil de alcanzar.