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jueves, 26 de junio de 2025

la ilusión del control

 Yo no pertenecía más que a un oscuro silencio. No extrañaba en lo absoluto la vida. Las sonrisas, las ocupaciones, a los otros. Tampoco las tantas vidas que este antiguo edificio albergaba. Las sombras susurran los alegres gritos de los niños, los escombros me hablan de las rutinas de hombres olvidados, que caminaron un día a la vez hacia el olvido. 

Todo es silencio, y a pesar de su pesadez, hay un dulzor especial en el olvido. El silencio es olvido, sí. Pero también es la paz. ¿Qué hace alguien como yo hablando de la paz? Supongo que en el fondo estoy más que cansado, por eso inventé aquí. Supongo que puedo dejar de abstraerme y ser realista, lo cual significa dejar de hacer esfuerzos por encontrar sentidos. Y sentir que en el fondo mío hay un hueco lleno de nada, de éter, de la materia más difusa que puede alguien pensar. "No estoy ahí", "no puedes hacerme daño", son dos consignas que me regaló esa facultad de la difusión, "no estoy ahí", "no puedes hacerme daño". ¿Por qué? Porque no hay nada que dañar. Ni si quiera es que no tenga valor lo que poseo, sino que, no hay nada que poseer, nada en este mundo me pertenece, "no estoy ahí", "no puedes hacerme daño". ¿Es eso lo que se encuentra al final de mi mente? Solía pensar que después de la ambición tendría que hallar un lugar donde por fin desarmarme, donde poder descansar. No me percataba que ese santuario, toda esa paz ya se encontraba integrada en mi mente, solamente no la había dejado ser. No me entiendo del todo, eso me molesta. Por eso quiero regresar al origen, al silencio. Por lo menos el tiempo suficiente como para que se sientan los eones transcurrir entre segundos, y puedan las novas estallar y formar estrellas nuevas, como ideas, en mi entendimiento. 

Quiero subir los escalones del oscuro edificio, perderme en los detalles de las frías paredes, ver los viejos mecanismos de los elevadores, probablemente ir hacia ellos y jugar con los engranes. Que los días y las noches se entre mezclen y sean libremente, que me demuestren que la ilusión del control sí puede ser transitoria. Quiero ver desde los barrotes de barro y tiza el eterno atardecer, sentir la soledad con la que he soñado desde hace varios años, reconocerme en ella sin que nadie más exista allí, ni las almas de los muertos, ni las memorias del pasado, de nada ni de nadie. Quiero recostarme en la oscuridad y pretender que nada pasa, que todo tiene un secreto orden universal que mueve las partículas, incluso las mías. Solo para conducirme a la conclusión de que estaba predeterminado, que no tengo curso de acción sobre nada y que lo que supuse como mi voluntad es solo otro gran artificio. 

Ya me había relacionado con la paz y el silencio, hace unos años solía endurecer mi mente, cuerpo y espíritu de manera constante. Luego pasó el tiempo, luego las emociones, las ilusiones y las promesas compartidas. Quiero creer, pero no puedo. Comenzando por mí. No me siento más que un amasijo de carne teledirigido hacia el futuro. Y, ¿sabes? sé por qué. Entiendo por qué dejé que el frenesí manejara mi vida. En parte, vivir así permite que las situaciones no me introyecten mentalmente, en parte, es una máscara, no quiero reconocerme como un ser dependiente del alto consumo y más pasivo de lo que me gustaría. Pero eso también soy, me encuentro desarticulado. Siguiendo la ilusión de control. 

¿Qué sigue para mí? Probablemente, un jardín mental, generar el lugar que he estado buscando, pero dentro de mí, no fuera. Aceptar, dejar ir, dejar de vincularme compulsivamente. Aceptar las fallas. Habitar el edificio vacío, sentarme en una esquina a hablar con mis emociones. Recordar la vida como si fueran cortometrajes, catalogar, destruir, guardar y atesorar. Recuperar la llave del control. Subir a la azotea y perderme en el frío, la paz, la paz que es mía, que nada ni nadie me ha de poder quitar. 

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