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martes, 23 de diciembre de 2025

Del elitismo, la cantera filosófica, y la sencillez de un hombre

 

I - LA CANTERA Y EL DESPERTAR

La última vez que reconocí que hechos tan grandes evidentes estaban frente a mí, pero no podía visualizarlos por mi inmadurez tenía quince años y cursaba cuarto de prepa de la Nacional Preparatoria número cinco. Curioso momento, pues fue, sin quererlo, en el que me forjé por vez primera en algo parecido a mi oficio. Mi cantera filosófica la tuve en el aula de Raúl Santos Rubio, un profesor moreno, de entradas anchas, un señor bonachón, alto, en la mitad de sus cuarentas con una panza más bien de ingeniero cuya pinta distaba de la máquina de conocimientos que realmente es. De su magia logró edificar una vida filosófica digna... Fue la primera clase que tuve en mi preparatoria, en aquel lejano 2017 y 18, sus palabras parecían proféticas desde el inicio: "de los que están ustedes aquí, apenas un tercio va a acabar mi curso, y la mitad de este grupo va a desertar", "yo sé que esta materia les vale verga, así que así están las reglas, examen, yo doy clases, y yo respondo a la actitud del grupo. Si el grupo es de la verga, yo soy de la verga, pero si el grupo es chido, nos la podemos llevar relax. Ustedes deciden." A primera instancia, un tipo duro, y yo dije "valió madres". Avanzó el curso y no tardó en suceder algo que no había visto antes con mis propios ojos en un salón de clases: este cabrón no estaba realmente dando clases la mayor parte del tiempo, estaba hablando de su vida de manera filosófica y con una retórica tan hipnótica que tenía a los veinticinco alumnos que, predijo, serían los sobrevivientes al curso, al borde de la silla, escuchando, inquiriendo por detalles de significado y de sentido, absolutamente dominados. Desde ese momento, decidí escucharlo activamente. En general, nada de la preparatoria académicamente hablando me pareció interesante. Honestamente, la finalidad más grande de mi tránsito por allí era conseguir el pase reglamentado para la carrera, pues estimaba que pasar las materias sería sencillo, confiaba en mi intelecto. Pero como suele pasarme, no es mi intelecto el que trunca mis planes ni mis ambiciones, lo hace el ego y expectativas descalibradas. Es así como si bien tuve razón, reprobé algunas materias en mi primer parcial de cuarto simplemente por subestimarlas y hacer un trabajo chapucero a la hora de la entrega. En su momento, eso solo reforzaba la idea de que lo realmente interesante no se encontraba allí, que habría un más allá que sería mi pasión y vocación verdaderas, y si bien no considero que me equivocase, Santos y sus enseñanzas fueron de las cosas que fueron generando en mi mente las preguntas detonadoras para definir mi rumbo una vez que saliera de la ENP. Y claro, de lo valioso académicamente hablando para su momento y posteridad. En el 2018, muy diferente a lo que ahora me caracteriza, no era un sujeto tan vocal, las opiniones de las cosas y la vida me las guardaba más para mí, y en general no comenzaba conversaciones con los otros. Así que, por así decirlo, la primera virtud que aprendí en la cantera filosófica con Santos fue: 1) la escucha activa. ¿Qué quiere decir el otro, más allá de sus palabras? o lo que es más importante: ¿qué no me dice el otro en todo su discurso? ¿a qué no responde? ¿qué consecuencias tiene eso? 

Apenas pasé ese curso. La evaluación eran pruebas de (la que, hoy sé, se denomina filosóficamente hablando como lógica clásica de orden cero) la lógica proposicional. Una suerte de evaluación de argumentos y su consistencia a partir de reglas bien definidas, como un cálculo matemático más que filosófico a través de simbolizar las premisas con las famosas "p" y "q". Más algorítmico y frío que racional y conceptual. Y aunque tampoco me equivocaba al pensarlo en su momento, me estaba dando cuenta de que Santos le hablaba en un primer nivel del discurso a todos, en su versión más escueta y general este decía: "¿quieres pasar?, haz este examen y hasta nunca". Pero el segundo nivel introducía preguntas mortalmente sagaces ante situaciones del día a día, haciendo un ejercicio elevadísimo que Sócrates inauguró: bajar la filosofía de los cielos a la tierra. Año a año, grupo a grupo, sé que Santos no buscaba la verdad, pero buscaba ejercer una labor pedagógica elaborada y activa (tiene sentido, Santos posee formación profesional en pedagogía por parte de su maestría) que estaba dirigida a aquellos que desearan tomarla. Ese hecho lo fui descubriendo a lo largo de ese, mi cuarto año de prepa. Más confundido que con respuestas, ese curso acabó, las dudas ya estaban ahí, explotando, revoloteando, ¿cómo un señor en sus cuarentas podía verse tan genérico y pensar como nadie? ¿acaso sería posible...? ¿...dedicarse a la filosofía? ¿Estaba yo loco? El cómo di el paso final es otra historia, sin embargo, una vez decidido, tomé su clase en sexto de prepa, y yo ya estaba en un momento mucho más cercano a lo que ahora soy psicológicamente hablando, y aquel hombre bonachón me recordó (él si tiene buena memoria). En sexto fue otra historia. Ya no era Lógica I, sino Historia de las Doctrinas Filosóficas I. El cambio era abismal. Y si bien no recuerdo un carajo de las clases, sé que las bases de un pensamiento filosófico se habían instalado en mi mente. 

¿Por qué no recuerdo un carajo de las clases? Con el tiempo me di cuenta de algo. Santos no era un académico que la UNAM o el Instituto de Investigazzziones Filosóficas consideraría de primer nivel. Me fui dando cuenta de ello cuando, desde sexto año de prepa, acudía a los textos que dejaba en la bibliografía, y encontraba toneladas de ideas y cuestiones que Santos nunca abordó. La realidad era que Santos improvisaba más del cincuenta porciento de las clases de lógica I, y más del setenta de Doctrinas. Esto hizo sentirme extrañado, ¿entonces Santos no fue tan genial como parecía? La respuesta a esa pregunta es en núcleo de este texto. Porque aunque Santos nunca vaya a publicar en Dianoia, posee, en su actuar, más congruencia y autenticidad que el académico promedio con los que me he encontrado. Los que se sienten "cacas grandes", los SNI III, los que sacrificaron autenticidad por mercadotecnia filosófica. 


II- LA FILOSOFÍA NO SON TORTILLAS 

Hace algunas semanas, conversando con mi padre, noté que caía en una falta de entendimiento bastante común con respecto a mi oficio. Él, a grandes rasgos, proponía que era básicamente cosa de leer mucho y escribir mucho (y muy rápido) para avanzar efectivamente en mi tesis y acabarla pronto. Lo que traté de explicarle es que la filosofía está más cerca de ser un trabajo artesanal que uno de producción en masas. Usé el siguiente ejemplo: imaginemos que el filósofo es como un campesino que tiene un huerto. Cuando es inexperto, hace surcos equivocados en la tierra, y los otros filósofos que van notando ese trabajo equivocado le deberían decir que así no es la cosa, y le corrigen su trabajo. De ese modo, todo lo que había hecho debe desecharse. Hay que empezar una y otra vez. Es un trabajo en parte instintivo, pues hay un momento en el cuál haz de haber aprendido a hacer tus buenos o malos surcos y dejar que de estos germinen tus brotes filosóficos, que tanto tiempo han tardado en formularse. Parece ser que me entendió, y no dudo que Santos también lo haría. En cambio, el colombiano, un sujeto de apenas 1.65 de altura, con cachetes de ardilla y una panza pequeña pero tiesa como símbolo de su hígado graso, y piel lechosa, no entendería un demonio de lo que estoy hablando. En el Instituto de Investigaciones Filosóficas se aborda la filosofía desde la óptica académica de 'la mejor producción filosófica', y sin quitar mérito al genuino dominio que se necesita para estar ahí y producir los textos, lo cierto es que la acumulación de información conduce al inmediato y natural pecado de la soberbia, de la cual es común estar infectado si uno posee una plaza en aquel lugar. Nada de filosofías artesanales, debes de ser capaz de leer, desentrañar y comentar competentemente un texto inteligible en tres semanas, además de trabajar en tu tesis en el mismo tiempo, hablando y pensando inteligentemente, aunque no sepas qué carajo significa eso. Usted podrá pensar que no es algo tan misterioso, que en verdad una vez que entiendes cómo hacer la filosofía que en ese instituto se hace, lo demás cae por cuenta propia, pero las cosas no funcionan así. El colombiano me dijo que no había literalmente un método para la filosofía analítica. ¿Perdón? Entonces eso quiere decir que hay ciertas evaluaciones filosóficas absolutamente personales. Y por supuesto que es muy difícil hablar de la objetividad filosófica. Pero si tenemos un conjunto P, sea P filosofía analítica, en el cuál hay miembros S, sea S productos filosóficos (textos y libros), debe de, por fuerza, haber una propiedad P en S, para que dichos textos S sean llamados P, es decir, analíticos. ¿Era la estructura? ¿Era la aversión a la historia? ¿Era mi noción de consistencia? nada de eso parecía ser la analítica, y manuales decían que había prevalencia y preferencia de definiciones y procesos lógico-matemáticos como condiciones básicas y elementales de tal filosofía. Yo quería entender cómo empezar a notar aquello en los difíciles textos que leían, quería tener al menos un par de claves para comenzar a expandir mi dominio de temas. Pero incluso los mismos alumnos del colombiano ya van adquiriendo rasgos de la soberbia, uno de ellos me miró con odio y explícitamente dijo ya con un tono más de burócrata que de un ser humano normal, que mis preguntas básicas y casi casi tontas no debían de ser abordadas en ese momento, que había que sacar una exposición a la de ya. Estaba sucumbiendo ante el miedo al rechazo del colombiano. ¿Y yo temí por eso? No por nada hablo desvinculado académicamente de ese hombre como hablo ahora. Uno tiene derecho a contar su versión de una mala experiencia. Seguro que para él soy un embaucador, un vende-humos, un infra humano incapaz de volver sobre sus pasos y trabajar sobre lo ya señalado, y alguien con quien los analíticos de alto nivel no deberían de trabajar, pues perderían su tiempo. Pues soy eso, y más, sencillamente. 

No considero que todo el instituto esté podrido. Ni si quiera que pertenecer al instituto te convierta en alguien soberbio per-sé. Pero yo pude notar una cosa. Se decía del colombiano que era super-inteligente, y que bajo su tutela uno se convertía en un investigador de primer nivel. Hay un aura bastante mística en torno a su figura. Yo no percibí una cantidad sobresaliente de inteligencia en el colombiano. Yo percibí que poseía buena capacidad de retener información y que estaba obsesionado con su trabajo. Dos cualidades que a costa de otras cosas como por ejemplo, salud física, te llevan lejos en tu ámbito. Pero me quedaba muy extrañado cuando me decían que era inteligente. ¿De dónde? ¿El ya resolvió grandes dilemas de la filosofía? No vale decir que los tiempos de los grandes filósofos ya pasaron. Si es un gran filósofo que lo demuestre. Pero hacer miles de papers no es ser un gran filósofo. ¿Cuál es su nueva doctrina? ¿Cómo y en qué modo está en boca de todos por lo que ha escrito? Pero más importante aún, ¿sin qué contribución suya, exactamente, el mundo filosófico no se puede entender como hasta ese momento se entendía? Él es un trabajador obsesivo. Y está bien, se gana la vida de la forma en lo que lo hace. Quiero decir, permanecerá en su pequeña élite hablando con sus cinco tesistas y sus ocho o nueve amigos de los textos que en esa micro comunidad han escrito. Pero la filosofía no son tortillas. El análisis filosófico incluye en buena media el pedagógico. No puedes pedirle a la planta que sembraste hace dos días que te de el fruto que le costará unos meses. 

Esa filosofía endogámica y cerrada dista de los valores de mi cantera. Podrá Santos no publicar en Dianoia, pero ha hecho mucho más que el mejor y más refinado texto del colombiano, y habrá impactado a por lo menos cientos de vidas de manera filosófica. ¿Los textos del colombiano se citarán por cientos? 


III- ¿ERES CHIDO O CHAFA? 

El proyecto pedagógico que el docente escoja como el mejor dice mucho de él mismo y de qué visión desea propagar para con las nuevas generaciones. El profesor, casi por definición, debe de poseer un ideal de alumno. En función de ese ideal es que irá ejerciendo una labor pedagógica y debe de responderse a las siguientes preguntas: ¿cómo le debo educar? ¿cuánta cantidad de presión voy a ejercerle? ¿qué debo esperar de cada uno de ellos dependiendo de su contexto? y sobre todo: ¿sobre qué estándar me debo basar para exigirle lo justo? 

Hay dos nociones que he notado que prevalecen en el educador. O bien la educación es pública, es decir: accesible, en esa medida el educador asume el rol de un guía y mediador que facilita el aprendizaje, no por ello dejando de lado la exigencia hacia el alumno, motivándolo a que un día deje de necesitarlo para que continúe en su viaje por la vida. O bien la educación es privada, es decir: es de difícil acceso, pues hay un camino previo al camino previo al camino previo para alcanzar el conocimiento superior, el educador aquí basa su relación con el alumno base jerarquía, el educador dice "la información habla por sí sola, o lo que yo quiero que diga", sigue exigiendo al alumno, pero son obtusos y abstractos los cánones que se esperan, y, esto es curioso, suelen generar una relación de dependencia unilateral con los alumnos. Es decir, hacen que ellos los necesiten sin que ellos necesariamente necesiten a los alumnos. 

En la primera, el educador posee la visión de que el conocimiento es, por si mismo, el arma más grande contra los principales problemas con respecto a la carencia cultural generalizada, que desemboca en creencias aberrantes y prácticas anticuadas. Por eso, entiende que la mejor manera de combatir aunque sea un poco contra ello es, literalmente, cambiar poco a poco el mundo por medio de la diseminación del razonamiento correcto, apuntando ultimadamente a una visión comunitaria. En el segundo caso, el educador mitifica los efectos y usos del conocimiento, le importa poco o nada que en ese movimiento se halla alejado del mundo, él ya tiene suficiente con su mundo. Pone obstáculos que sólo unos cuantos van a esquivar para formar un pequeño círculo de individuos en los que hablará de los mismos temas con las mismas personas, casi como en un séquito, y con la misma estructura, por supuesto. 

¿Quién está del lado correcto de la historia? 

Yo tengo mi opinión y creo que fue clara en este texto. A la larga, el proyecto privado, elitista, obtuso, generará el impacto en el mundo que un caracol deslizándose sobre el tronco de un árbol. Por otro lado, cambiar vidas no tiene precio. Encaminar a los perdidos. Como diría Saldinger, "ser un guardián entre el centeno". 

Así culmino, como me acabo de inventar hace cinco minutos esta simple pregunta: ¿eres chido, o chafa?   


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