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domingo, 14 de septiembre de 2025

DOS MINUTOS DIEZ PESOS

 ¿Has pensado en un teléfono público? decidí que caminar por los prados de Coapa tendría que ser hoy por lo menos un poco más interesante que en otras rutinarias ocasiones. Así que llamé a tres amigos con tres teléfonos públicos diferentes. El minuto cuesta cinco pesos. Pero sospecho que el cronómetro está calibrado en los cuarenta y cinco segundos porque no da tiempo de nada. A Leo le marqué primero, fue curioso notar el revestimiento de frialdad en su voz. A parte de eso, buscaba imaginar por lo menos unos cuantos segundos que los smartphones no existen y la única y mejor forma de comunicarnos es llamar a los celulares de antenita o teléfonos fijos. "¿Quién habla?", "HOLA QBO, TE HABLO DE UN TELÉFONO PÚBLICO, ESTOY EN DIVISIÓN DEL NORTE", algo así transcurrió el comienzo de nuestra conversación, tuve que gritar porque el tránsito vehicular se colaba en la bocina del teléfono. Qbo me respondía nervioso (naturalmente, notar que "desconocido" toca a la puerta de tu celular extraña al menos un poco) pero también atravesado por una interferencia robótica en su voz, de modo que hice esfuerzo sobrehumano por encontrar el hilo de sus palabras, tan mala era la calidad del audio. Yo ya le estaba a punto de hablar de mi emoción por sentirme en la primera mitad de los dos miles cuando escuché un bip-bip que, ahora entiendo, me indicaba que debía insertar tres pesos más para continuar conversando o que debía resignarme al final inevitable de una inventada conversación. Como no lo entendí en su momento, el teléfono dio fin a una conversación aún prematura. Me quedé con ganas de llamar a alguien más, así que busqué otra cabina telefónica. La encontré, si bien muchas están destruidas, sorprende la cantidad de ellas que están aún en pleno funcionamiento y aún frente a nosotros. Intenté llamar a Roberto, y la llamada entró, lo sé porque el timbre así lo indicó, pero la rechazó o simplemente no la tomó. Inteligente. Pero debía de abandonar la moción dosmilera victorioso, así que llamé al CAFE. Contestó, y le hablé de mi éxito y curiosidad en aquellos teléfonos en literalmente cuarenta y cinco segundos, a lo que no entendí una chingada de su respuesta, pero sonaba alegre como siempre. Me dijo que estaba en el metro y el legendario "Emperador". 

Todo esto es muy sencillo. Al menos en acciones. Simplemente llamé a tres amigos por teléfono. Pero nunca se trató de las llamadas en sí. Eso puedo hacerlo ahora mismo, y sin gastar un centavo al respecto. Y con calidad de audio es ordenes de magnitud mejor a lo que escuché en la calle. Estamos en plena era digital. De eso se trata. El salto a una tecnología anterior se siente como un salto cuántico. Como si cambiáramos una pala por una cuchara. O una llanta por un un cono de plástico de esos naranjas que cercan las calles. Me imaginé por un momento cómo las fotografías ahora están en la nube, un lugar artificial. Son archivadas en lugares en buena medida intangibles. Para poseerlas físicamente, hay que imprimirlas, y aquello es cada vez menos común. Estos teléfonos se están apagando poco a poco. De hecho supe que hace unos meses o como un año, el último teléfono público de Estados Unidos fue removido de la existencia. Esa crisis para con semejante objeto (icónico en buena medida) se encuentra aguzada a nivel nacional, pronto desaparecerán también. Simplemente tuve que realizar las llamadas en nombre de la tecnología analógica (lo que resta de ella). Porque esa crisis en realidad demuestra el avance implacable de las tecnologías digitales y cómo nos arrollarán por completo. No es novedad en lo absoluto, pero los tiempos cambian, ¿qué de lo que uso ahora y me es natural tecnológicamente hablando desaparecerá en algunas décadas? ¿también seré un abuelo renuente al cambio? ¿qué será mejor que los smartphones? 

Hay una fotografía en el suelo. Se está quemando. Sus orillas chamuscadas desprenden un fino humo, como el incienso oriental. Pero el polvo no se llevó la imagen. Puntitos de luz la reflejan. Brillantes, artificiales, casi como la luz del quirófano. Se observa una cabina de teléfono (la última en México) abandonada, rota, en mitad de la noche.  

viernes, 12 de septiembre de 2025

MI PRIMERA CHAMBA IV

 9:54 AM en el bachilleres 7. Hola tío, ya llegué, dime dónde puedo alcanzarte, que se me hizo un poco temprano. Riiing, Hola Rami, Hola Tavo, vas a caminar hacia el eje, y nos vemos en la esquina. Hoy si vamos lejos, oh, entiendo. ¿Qué toca hoy? Vamos a poner unos clósets. Entiendo..., decía para mis adentros, poner unos closets no es lo mismo que hacerlos (¿cuándo empezaremos la carpintería?), aunque la moción sigue siendo trabajar en lo que la tesis afloja su apretado cinturón mental que retiene la coherencia de mis ideas rebotando entre seis Meditaciones Metafísicas de un ex espía francés. Y..., ¿a dónde vamos? Vamos lejos Tavo, vamos lejos. Ramiro tiene esa aura misteriosa que la familia Cervantes en alguna u otra medida encarna... Tomamos el primer pesero que a mi me pareció que dio un rodeo por donde vine y le dije eso a mi tío, y él muy tranquilamente me dijo que no, que estábamos pasando por otro lado, un Cinemex viejo, un cuartel del ejército, estamos a punto de llegar a la avenida Zaragoza. ¿Sabían que antier explotó una pipa de gas por ahí? ¿Por ahí pasaremos? Le dije a mi tío. Sí. Y sonrió tímidamente, conjuntando una pena tremenda por los inconvenientes mortales que la ciudad puede ofrecer y una indiferencia no oscura sino... pacífica. No sé si me explico. Pedimos tortas pues allá no nos iban a dar de comer (eso creíamos), y tomamos la combi que nos lleva toda la avenida. Yo no dejaba de ver por la ventana, ahí está el ISSSTE, ahí está la ferretería gigante que me gusta, ahí están... más pipas de gas, me sorprendo, y una mujer también, intercambiamos algunas palabras al respecto, parecía que éramos tres amigos en una cafetería, al menos por quince minutos. Y de alguna manera extraña pero funcional mis comentarios acerca de los detalles técnicos de la existencia tenían lugar allí. Avísame cuando pasemos al lado del hospital psiquiátrico, okey, miré a la ventana y se me estaba yendo de la vista y le dije tío ya llegamos, ah, si es cierto, debí haberlo visto antes, me apendejé, hasta luego, mujer de la combi. Era en medio de la nada, que es equivalente a decir: a 800 metros de la primer caseta que da salida a los automóviles de la CDMX, en la carretera México-Puebla. Subimos un puente amarillo, en ese instante el viento frío de septiembre me hacía pensar que tal vez son bellos los paisajes con cielos grises, sintiendo que debajo de ti pasa el peligro y la vida veloz, y que un segundo elevado asemeja, quizá, a un segundo volando en los cielos, sin aviones, o sin alas... Pero bajamos, y con ello mi mente otra vez maquino pensamientos de tierra, nos hicimos doblemente norteños pues escrutamos entre las calles Sonora, Nuevo León, hasta llegar a la de Durango, no sin antes darnos cuenta de las higeras, de las granadas, incluso de los chayotitos que extrañamente se aferran a las fachadas de las puertas y los agujeros en las aceras que asemejan macetas para poder vivir. Durango, pero el del norte (de la CDMX) y la calle, por supuesto, hasta el fondo. Oye Tavo, vamos a entrar al Templo, no te saques de onda. Ellos van a hablarse de 'hermanos', y a mi también me hablarán de hermano, pero tu refiérete a ellos normal. Tú te refieres a ellos normal, y no pasa nada. Ya no entendía nada, pero estaba bien, y por fin llegamos a una casa como cualquier otra de esa calle. Hola Ramiro, ¿cómo estás? nos dice una señora de mediana edad, vestida con delantal, suetercito azul y falda negra, hola Hermana, él es mi sobrino, buenas tardes, me llamo Octavio mucho gusto. Pasamos a una casa en media obra negra. Vamos a poner los clósets, Hermana. Uy, Ramiro, disculpe. Mi hijo no ha acabado de poner el piso, ¿pero me ayuda con el baño? Hoy tocó, por fin sé, hacer de plomero. Y así comenzaron las horas de trabajo. Aprendí a taladrar para poner además unas repisas. Ya hacía hambre, ya cómete tu torta, Tavo. Descanso unos minutos, devoré aquello. La Hermana se aproxima a mí, ¿y vas a la iglesia? no, señora, fíjese que soy el mismo diablo, o más que nada, me quisiera autodenominar el anti-cristo. O más bien, el ecce-homo. Fueron algunas posibles respuestas en mi catálogo de respuestas, pero no sobre expliqué y simplemente dije no, no soy creyente, enfatizando una ligera pero visible confrontación con mi mirada. Ahhh. Ya... dijo ella con desdén, a lo que procedí a ser interrogado como si hubiera cometido un crimen de guerra en Irán o quien sabe qué expediente mental o imaginario quiso hacer la Hermana de mi, ¿cuántos años tengo? (¿qué importa eso?) 23, ¿qué estudias? ¿cuántos hermanos tienes? ¿por qué viniste aquí? sí, es que en lo que tengo algo sólido con la filosofía he decidido ayudar a mi tío, Ah... ¿Qué diablos quiere decir con eso, señora? pensé, pero dije para mis adentros que desconectarse en la casa de Dios era probablemente una de las peores decisiones que podía hacer, lo cuál realmente no significaba nada porque no creo en Dios, más bien dije no mames taBO, está tu tío, estamos pacíficamente hablando, y todo normal, todo X. Que me ponga de los nervios esta gente y estas creencias es otro asunto. Bueno pues nadie me avisó que había llegado la hora de la comida oficial, y que tenía que comer otra vez pero ahora mole con arroz. Y si bien soy un cerdo malagradecido cuando se trata de consumir alimento, no sé que chingados tienen las tortas de Zaragoza que fulminaron y rellenaron mi estómago como no pudieron 42 rollitos del sushi roll en mis buenos tiempos. El caso es que ahí sí me apené de negarle la comida a esta (ante todo, hay que decirlo) amable aunque insidiosa (eso me parecía) señora. Se sumaron dos integrantes. Un señor de la temprana tercera edad y el hijo de la Hermana (no mi sobrino ((debo dejar la comedia)). Y después de que la Hermana insistió 2 minutos en darme mole con arroz que se me hicieron como treinta minutos, dejó de insistir, y Ramiro convino en mi teoría de que las tortas de Zaragoza tienen algo sobrenatural que llenan incluso a los estómagos más apetentes. El caso es que comenzaron a rezar y por unos segundos escuché las plegarias musicalizadas de fondo también, generando un extraño ambiente que no terminaba de cuajar en una experiencia mística, sino, como sacada de un espacio liminal, alejado de todo, alejado de todos. Entonces comenzaron a comer, y la Hermana al parecer llenó su página uno de su expediente mental, pero se dio cuenta que le hacía falta rellenar la página dos, tres, cuatro y hasta la quince, pero entonces inflé el pecho de valor intelectual y cuando me preguntó la clásica qué haces en filosofía escupí un discurso que en mi mente sonó épico, y creo que para todos en la mesa lo sonó, menos para la Hermana, le hablé de la correcta construcción de creencias, de que en filosofía aprendemos a pensar bien, casi le digo que por la filosofía somos capaces de evadir cuestiones como el dogma, pero en eso Ramiro me interrumpió, o más bien, tomó la palabra apenas cerré cinco segundos la boca y recordó lo difícil que es notar cosas que están frente a uno mismo, como en la biblia, y entendí que mi momento discursivo estaba acabando, pensé en si había sonado pedante otra vez pero el señor estaba como maravillado de mis palabras, y a él dirigí los últimos soplos de mi grandilocuencia intelectual puesta en escena de nuevo, retomando unos puntos que expuse antes, tomando la palabra una última vez antes de abandonarla para siempre en esa sobremesa. Ese señor me alejó de quedar, como en el meme, por milésima vez. Entonces llegó la última parte del trabajo y cuando se complicó sacar un tubito de metal del lavabo, y ante el fracaso que supuso tratar de cortarlo con unas míseras pinzas, Ramiro demostró que tiene unos de toro y se sacó el reguilete (una sierra de disco de metal) de la nada o de su bolsillo, ya no sé, y sin lentes, sin miedo y sin avisar zambale, cortó el pedazo de metal del cual brotaron unas chispas brutales, ni me dio tiempo de reaccionar y sólo dije ay wey. Pues ya habíamos acabado con el baño y la luz, y fuimos a medir unas cosas para que el pusiera el clóset. Y se me ocurrió preguntar, ¿y esta es la casa de la señora? a lo que me respondió con unas pocas palabras y el ceño un poco fruncido, no..., éste es el Templo... Sin más. Es extraño, me habla a montones de las calles y las cosas, pero poco de las circunstancias y su significado. Pues ya nos íbamos y esa señora me dio las gracias por trabajar y lo le agradecí también y casi le pedí que mi expediente lo mantuviera en secreto o que por lo menos me pasara esos documentos pues yo luego pierdo los míos y desaparezco. El hijo de la Hermana nos dio ride al metro Guelatao, pero la camioneta era de esas que solo tienen dos asientos al frente y área de carga detrás, y fue mi tío quien se acomodó, como todo un can que disfruta del viento, atrás, sobre una caja de plástico para verduras. El hijo de la Hermana generó conversación conmigo, y fue agradable aunque no pude evitar notar que en su discurso pretendía haber algo hipnótico, un espiral, me habló de Dios, de las mociones del templo, de cómo hacían actividades de recreación, que iban a acampar, y le pregunté si un ateo era capaz de obrar bien sin Dios, y me contestó lo que esperaba escuchar, que sí, que Dios tiene las puertas abiertas de su corazón, y que nunca es tarde para aceptarlo, y de pronto ya habíamos llegado al lugar pero ese hombre alargó artificialmente el discurso un minuto en el cual mi tío ya se había bajado de la parte de atrás de la camioneta, pero él no paraba de hablar y yo simplemente le dije bueno ya tengo que bajar, y me dijo que sí, que sin problema, y me sentí como los ratones que se escapan milagrosamente de ser devorados por una serpiente venenosa. Ya en el metro, adiós Tío, nos vemos la próxima semana, adiós Tavo, ahí te digo cuando nos vemos la próxima semana. 

lunes, 1 de septiembre de 2025

¿Aún existen espíritus virtuosos?

 De los virtuosos, el más laxo. De los laxos, el más disciplinado. Eso creo que soy, ¿pero realmente soy virtuoso? No tengo idea, principalmente porque no me considero específicamente una buena persona, pero tampoco una mala. Ambas son palabras cargadas no solo de significado, sino de una prueba a quien las encarne. El bondadoso debería, idealmente, tender hacia la ejecución de actos desinteresados, altruistas y, en una palabra, ver por el bien del prójimo sin esperar reconocimiento. El malvado, por otro lado, disfrutaría de dañar al otro. Yo lo podría denominar como alguien que tenga conductas antisociales, entendidas aquellas como las que dañan directamente el orden social y por ende suponen un obstáculo directo para la armonía que como sociedad deberíamos propagar. No soy bueno porque la bondad no nace de mi, al menos no naturalmente. No soy naturalmente compasivo, mas no por ello no entiendo de compasión. En muchas ocasiones, simplemente paso de circunstancias que no me incumben. Tampoco soy malo porque por lo general no disfruto ni invierto demasiados recursos en dañar a nadie, y casi siempre que la ira me consume y pienso en dañar al otro se debe a circunstancias muy puntuales que han incidido en mi ánimo, mas no busco propagar ninguna cantidad de odio que exista en mi "de a gratis". Si lo planteo así, podría suponer que me muevo en el justo medio entre la bondad y la maldad, pero no quiero juzgar aristotélicamente mi moral aún. 

A pesar de mis falencias, me he considerado especial. El adjetivo que mejor me definiría, según mi percepción de mi, es: "formal". ¿Qué es la forma? lo delimitado por un perímetro, bien definido. Considero que en mi existencia he sabido trazar perímetros de situaciones, circunstancias e ideales que me han permitido vivir adecuadamente. Lo que pasa es que siempre se me ha hecho más fácil vivir teniendo las cosas bajo control. Pasa también, que casi por definición, ello implica que creo en cosas. En una suerte de teleología para mis acciones. Es curioso porque se me ha dicho que por mi actuar sería un excelente cristiano, pero yo no creo en ninguna patraña judío cristiana. La disciplina es importante, eso he aprendido. Por lo tanto, ¿la virtud también lo es? eso me gustaría decir, pero me parece inexacto qué es lo que quiere decir esa pregunta. No podría decir que no diferencio entre el bien y el mal, pero podría decir que pocos han tratado de actuar bajo la premisa del bien absoluto. Mi entorno directo e indirecto se rige bajo premisas morales realmente laxas o apegadas a la normativa de una institución/corporación más grandes que ellos. Me sorprende la baja cantidad de individuos que realmente 'crean' su moral. También, cómo no, me decepciono de lo poco virtuosa que en general resulta la moral creada por los pocos que he conocido y que la han creado. Al menos el estudiante promedio de la FFyL es bastante poco virtuoso, eso he reconocido. No despotricaré ante ellos o sus profesores, no es mi objetivo ahora. Pero quiero señalar que entre ambos noto pocos individuos que cuiden del bien más preciado que poseen: su propia alma. No con esto quisiera decir que la vida de académico diga ya algo negativo del tipo de persona que aspire o viva como tal, pero me gustaría sí condenar a aquellos cuya personalidad parece basarse enteramente en ser académicos. Me parece soso y hasta hostil. Pero lo que realmente quiero decir es que pocas personas se preocupan de aquello cuyas almas puedan consumir, y hacia donde los llevará tal consumo. 

¿Y por qué dije que soy especial? ¿Qué me diferencia -supuestamente- de las demás personas? 

Que yo sí me he interesado en agrandar mi alma. Sin embargo, entiendo perfectamente que no puedo considerarme virtuoso, porque para ello sí debería ser bondadoso, y esto no es algo que se pueda resolver o cambiar fácilmente como podría decidir si mañana desayunar huevo revuelto o pasado mañana molletes. O algo parecido, porque no me interesa a nivel nuclear la bondad. El trato es simple, tu eres bueno conmigo, yo soy bueno contigo, y viceversa. ¿Por qué tendría que ser de otro modo? ¿Acaso debería ser yo primero malo con las personas primero y esperar en esa medida respuesta? suena igual de absurdo para mí que primero ser bueno con las personas. ¿Me explico? 

Es por ese desinterés generalizado que no puedo considerarme tan único. Creo que hago cosas que los demás no hacen, pero tampoco creo estar en ningún tipo de élite. Me pesaba más antes. Esta realización fue emergiendo tras una serie de pasos que fueron poco a poco desmoronando forzosamente a mi ego, ya bastante grande, como es notorio. Pues, si soy formal y si sé trazar formas, figuras e ideales, puedo apegarme a cualquier normativa generada, pero no tiene por qué ser necesariamente buena o mala. Puede ser mía. Y eso es lo que creo haber aprendido en tiempos muy recientes. Que puedo crear una moral para mí. Sin embargo, eso me genera muchas dudas que a continuación expondré. 

Si dentro del margen de lo legal puedo crear reglas para mí, ¿de qué sirvió toda la restricción que supuestamente abonaba a mi gran moral? ¿Me estaba perdiendo de una vida más 'normal'? ¿Me perdí de algo no habiendo ido a grifos en preparatoria?, ¿perdí realmente alguna oportunidad valiosa en refugiarme en mi dolor en el mismo periodo de mi vida?, ¿perdí algo elemental en tratar de ser cuidadoso para con mis vinculaciones afectivas en todo ese tiempo, y aún ahora? 

Porque si siempre pude funcionar "como quisiese" y si siempre pude haberme delimitado bajo egoísmos funcionales, ¿entonces dónde queda la moral superior, si al final no es otra, si al final no es más inventada que la mía o la del ruin? ¿en dónde radica lo que hace que un alma sea grande y admirable? ¿en su simpleza? hombre, yo también puedo simplemente desear alimentarme con media hoja de césped y una gota de agua de rocío por miles de años, pero eso no es realmente lo que admiramos de alguien virtuoso. ¿Radica en lo heroico que pueda ser? pero al final si alguien siempre salva a los demás, o bien esperará admiración y aprobación a cambio o bien no podrá salvarse a sí mismo. ¿Radica en la contención que pueda uno tener con respecto a sus impulsos primarios? pero al final todos tenemos que comer y beber con algún mínimo de disfrute, y liberar tensión sexual de uno u otro modo (aunque sea dormidos). Todas las anteriores parecían ser modos de vida que se asocian claramente con una vida virtuosa, pero encuentro mal en cada una de ellas, ya sea en mayor o menor medida. Ya sea en una micro o macro escala. 

Entonces, es extraño, se siente como si en verdad el modo de vida que he articulado para mi fue obra de un impulso ciego, que sólo procuraba mi supervivencia de alguna u otra manera. No quiero decir con esto que el bien y el mal se disuelven y que viva la vida, a vivir el libertinaje, no, antes bien, quisiera en verdad afirmar todo lo contrario. Pero el énfasis específico que hice durante tantos años en facultades y cualidades propias que me hacían poseedor de algo diferente al resto parece ahora insulso y hasta pedante. Es cierto también lo que en algún rincón de la academia me dijeron: si tu no ves los avances, nadie los va a ver. Supongo que se extrapola a: si tu no ves tus virtudes, entonces nadie más las va a ver. Creo que sí. Pero también, ¿qué sentido tiene pretender ser útil en la medida que formal si a realmente nadie le interesa cómo puedas predicar una buena vida? Por supuesto que en alguna medida es un acto social ser un individuo virtuoso. Yo estoy en una antesala. Pero, ¿seguir cuánto tiene sentido? ¿Qué respalda que haga el bien por el bien y evitar el mal? ¿Qué respalda -más allá de un inagotable gusto personal- que cultive mi alma? si no soy capaz de iluminar otros caminos y la supuesta luz que poseo se queda para mí, qué decepción, qué mundo, y yo no voy a hablarle a quien no quiera escuchar. No necesariamente ser iluminado, esa pretensión es muy grande. Pero, por lo menos sacudir una cabeza. O que por lo menos alguien te diga: buen trabajo, reconozco tu esfuerzo en no quebrarte, estudiar, no corromperte por las sustancias que rodean a tus compañeros de escuela, que bien que has progresado en tus marcas de gimnasio, que bueno que llegas todos los días a dormir a casa y en buen estado, que bueno que me ayudas recogiendo y haciendo mandados, que bueno que no te has ablandado y has tratado de hacer algo útil incluso con tus tiempos libres, que bueno que vas a trabajar con tu tío, que bueno que en general tratas de alimentarte bien, que bueno que acabaste en tiempo y forma tu carrera cuando otros se tardan 6 años o más, que bueno que aunque tienes tu privilegio aún tienes sueños y ambiciones, y no te has dejado caer en los laureles de los libros o los pasatiempos, que bueno que eres tu, no en separado, porque yo no soy mi éxito de la escuela o mi buena marca en el gimnasio o mis lecturas, soy el que se ha cargado todo eso sobre la espalda y aún así tiene tiempo para los demás, soy aunque no lo parezca, el que aboga por todo tipo de resolución -a veces espasmódica y con incoherencia-, soy el que carga la presión de superar un legado insuperable. Nadie lo ve, ¿por qué tendría que exponer que todo eso sí genera cierta presión invisible sobre mí? Y NO, no digo que qué miserable vida, que necesito condescendencia. Nada de eso. Pero sí es difícil vivir según lo que creo que es bueno. Nadie lo ve, aunque lo explique y desmenuce. Porque claro, "lo tengo todo" o más que la mayoría, pero ¿saben lo fácil que habría sido no tener idea -al menos en esbozo- de lo que hubiera sido bueno para mí en su momento? ¿Saben la cantidad de decisiones estúpidas han hecho amigos cercanos, el tiempo que han perdido teniendo materialmente lo mismo o más que yo, pero genuinamente un quinto o un decimo de mi moral? Tener comodidad no significa la resolución absoluta a problemas tontos. Antes bien, es perfectamente la fórmula para tenerlos. ¿Saben cuánto me ha costado mantenerme sobre mi carril? Aunque se los pudiera explicar, nunca me entenderían. 

Por todo eso, es tan cansino notar que parece que pude haber sido menos de lo que fui, y estar en el mismo lugar o más adelante signifique lo que signifique eso en lo que estoy ahora. Es cansino notar esfuerzos de otros caer en sinsentido porque nunca tuvieron la facultad de organizarse bien en mente y en actos. Este mundo no premia la moral, pero lo que me parece peor: no castiga la inmoralidad. 

Entonces, ¿por qué el supra interés en la pureza? cuando a alguien le hablas de eso te miran como un payaso cuasi performativo, y lo peor para mí es que parece que sí lo somos. Los que queremos la pureza. 

No soy de los que se resignan fácilmente ante situaciones. Pero sí parece que a nadie más que a mí me importa la pureza en la vida. Bueno... quizá unos pocos. ¿y con eso basta? Tampoco soy un monje. Antes que guerrero, que no creo ser, soy una mini maquinaria, pues aún mi actuar es en buena medida sólo formal como ya he venido diciendo. Antes que abandonar mi actuar, me gustaría encontrar un algo que me siga dando esperanza en que mis visiones del mundo no se irán por la borda, que mis esfuerzos tienen sentido más allá de mí. Que puedo trascender y ser apreciado por todos las pequeñas decisiones que suelo tomar en aras de un orden que aún no conozco, pero al cual estoy a su servicio, y es más grande que yo.