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viernes, 12 de septiembre de 2025

MI PRIMERA CHAMBA IV

 9:54 AM en el bachilleres 7. Hola tío, ya llegué, dime dónde puedo alcanzarte, que se me hizo un poco temprano. Riiing, Hola Rami, Hola Tavo, vas a caminar hacia el eje, y nos vemos en la esquina. Hoy si vamos lejos, oh, entiendo. ¿Qué toca hoy? Vamos a poner unos clósets. Entiendo..., decía para mis adentros, poner unos closets no es lo mismo que hacerlos (¿cuándo empezaremos la carpintería?), aunque la moción sigue siendo trabajar en lo que la tesis afloja su apretado cinturón mental que retiene la coherencia de mis ideas rebotando entre seis Meditaciones Metafísicas de un ex espía francés. Y..., ¿a dónde vamos? Vamos lejos Tavo, vamos lejos. Ramiro tiene esa aura misteriosa que la familia Cervantes en alguna u otra medida encarna... Tomamos el primer pesero que a mi me pareció que dio un rodeo por donde vine y le dije eso a mi tío, y él muy tranquilamente me dijo que no, que estábamos pasando por otro lado, un Cinemex viejo, un cuartel del ejército, estamos a punto de llegar a la avenida Zaragoza. ¿Sabían que antier explotó una pipa de gas por ahí? ¿Por ahí pasaremos? Le dije a mi tío. Sí. Y sonrió tímidamente, conjuntando una pena tremenda por los inconvenientes mortales que la ciudad puede ofrecer y una indiferencia no oscura sino... pacífica. No sé si me explico. Pedimos tortas pues allá no nos iban a dar de comer (eso creíamos), y tomamos la combi que nos lleva toda la avenida. Yo no dejaba de ver por la ventana, ahí está el ISSSTE, ahí está la ferretería gigante que me gusta, ahí están... más pipas de gas, me sorprendo, y una mujer también, intercambiamos algunas palabras al respecto, parecía que éramos tres amigos en una cafetería, al menos por quince minutos. Y de alguna manera extraña pero funcional mis comentarios acerca de los detalles técnicos de la existencia tenían lugar allí. Avísame cuando pasemos al lado del hospital psiquiátrico, okey, miré a la ventana y se me estaba yendo de la vista y le dije tío ya llegamos, ah, si es cierto, debí haberlo visto antes, me apendejé, hasta luego, mujer de la combi. Era en medio de la nada, que es equivalente a decir: a 800 metros de la primer caseta que da salida a los automóviles de la CDMX, en la carretera México-Puebla. Subimos un puente amarillo, en ese instante el viento frío de septiembre me hacía pensar que tal vez son bellos los paisajes con cielos grises, sintiendo que debajo de ti pasa el peligro y la vida veloz, y que un segundo elevado asemeja, quizá, a un segundo volando en los cielos, sin aviones, o sin alas... Pero bajamos, y con ello mi mente otra vez maquino pensamientos de tierra, nos hicimos doblemente norteños pues escrutamos entre las calles Sonora, Nuevo León, hasta llegar a la de Durango, no sin antes darnos cuenta de las higeras, de las granadas, incluso de los chayotitos que extrañamente se aferran a las fachadas de las puertas y los agujeros en las aceras que asemejan macetas para poder vivir. Durango, pero el del norte (de la CDMX) y la calle, por supuesto, hasta el fondo. Oye Tavo, vamos a entrar al Templo, no te saques de onda. Ellos van a hablarse de 'hermanos', y a mi también me hablarán de hermano, pero tu refiérete a ellos normal. Tú te refieres a ellos normal, y no pasa nada. Ya no entendía nada, pero estaba bien, y por fin llegamos a una casa como cualquier otra de esa calle. Hola Ramiro, ¿cómo estás? nos dice una señora de mediana edad, vestida con delantal, suetercito azul y falda negra, hola Hermana, él es mi sobrino, buenas tardes, me llamo Octavio mucho gusto. Pasamos a una casa en media obra negra. Vamos a poner los clósets, Hermana. Uy, Ramiro, disculpe. Mi hijo no ha acabado de poner el piso, ¿pero me ayuda con el baño? Hoy tocó, por fin sé, hacer de plomero. Y así comenzaron las horas de trabajo. Aprendí a taladrar para poner además unas repisas. Ya hacía hambre, ya cómete tu torta, Tavo. Descanso unos minutos, devoré aquello. La Hermana se aproxima a mí, ¿y vas a la iglesia? no, señora, fíjese que soy el mismo diablo, o más que nada, me quisiera autodenominar el anti-cristo. O más bien, el ecce-homo. Fueron algunas posibles respuestas en mi catálogo de respuestas, pero no sobre expliqué y simplemente dije no, no soy creyente, enfatizando una ligera pero visible confrontación con mi mirada. Ahhh. Ya... dijo ella con desdén, a lo que procedí a ser interrogado como si hubiera cometido un crimen de guerra en Irán o quien sabe qué expediente mental o imaginario quiso hacer la Hermana de mi, ¿cuántos años tengo? (¿qué importa eso?) 23, ¿qué estudias? ¿cuántos hermanos tienes? ¿por qué viniste aquí? sí, es que en lo que tengo algo sólido con la filosofía he decidido ayudar a mi tío, Ah... ¿Qué diablos quiere decir con eso, señora? pensé, pero dije para mis adentros que desconectarse en la casa de Dios era probablemente una de las peores decisiones que podía hacer, lo cuál realmente no significaba nada porque no creo en Dios, más bien dije no mames taBO, está tu tío, estamos pacíficamente hablando, y todo normal, todo X. Que me ponga de los nervios esta gente y estas creencias es otro asunto. Bueno pues nadie me avisó que había llegado la hora de la comida oficial, y que tenía que comer otra vez pero ahora mole con arroz. Y si bien soy un cerdo malagradecido cuando se trata de consumir alimento, no sé que chingados tienen las tortas de Zaragoza que fulminaron y rellenaron mi estómago como no pudieron 42 rollitos del sushi roll en mis buenos tiempos. El caso es que ahí sí me apené de negarle la comida a esta (ante todo, hay que decirlo) amable aunque insidiosa (eso me parecía) señora. Se sumaron dos integrantes. Un señor de la temprana tercera edad y el hijo de la Hermana (no mi sobrino ((debo dejar la comedia)). Y después de que la Hermana insistió 2 minutos en darme mole con arroz que se me hicieron como treinta minutos, dejó de insistir, y Ramiro convino en mi teoría de que las tortas de Zaragoza tienen algo sobrenatural que llenan incluso a los estómagos más apetentes. El caso es que comenzaron a rezar y por unos segundos escuché las plegarias musicalizadas de fondo también, generando un extraño ambiente que no terminaba de cuajar en una experiencia mística, sino, como sacada de un espacio liminal, alejado de todo, alejado de todos. Entonces comenzaron a comer, y la Hermana al parecer llenó su página uno de su expediente mental, pero se dio cuenta que le hacía falta rellenar la página dos, tres, cuatro y hasta la quince, pero entonces inflé el pecho de valor intelectual y cuando me preguntó la clásica qué haces en filosofía escupí un discurso que en mi mente sonó épico, y creo que para todos en la mesa lo sonó, menos para la Hermana, le hablé de la correcta construcción de creencias, de que en filosofía aprendemos a pensar bien, casi le digo que por la filosofía somos capaces de evadir cuestiones como el dogma, pero en eso Ramiro me interrumpió, o más bien, tomó la palabra apenas cerré cinco segundos la boca y recordó lo difícil que es notar cosas que están frente a uno mismo, como en la biblia, y entendí que mi momento discursivo estaba acabando, pensé en si había sonado pedante otra vez pero el señor estaba como maravillado de mis palabras, y a él dirigí los últimos soplos de mi grandilocuencia intelectual puesta en escena de nuevo, retomando unos puntos que expuse antes, tomando la palabra una última vez antes de abandonarla para siempre en esa sobremesa. Ese señor me alejó de quedar, como en el meme, por milésima vez. Entonces llegó la última parte del trabajo y cuando se complicó sacar un tubito de metal del lavabo, y ante el fracaso que supuso tratar de cortarlo con unas míseras pinzas, Ramiro demostró que tiene unos de toro y se sacó el reguilete (una sierra de disco de metal) de la nada o de su bolsillo, ya no sé, y sin lentes, sin miedo y sin avisar zambale, cortó el pedazo de metal del cual brotaron unas chispas brutales, ni me dio tiempo de reaccionar y sólo dije ay wey. Pues ya habíamos acabado con el baño y la luz, y fuimos a medir unas cosas para que el pusiera el clóset. Y se me ocurrió preguntar, ¿y esta es la casa de la señora? a lo que me respondió con unas pocas palabras y el ceño un poco fruncido, no..., éste es el Templo... Sin más. Es extraño, me habla a montones de las calles y las cosas, pero poco de las circunstancias y su significado. Pues ya nos íbamos y esa señora me dio las gracias por trabajar y lo le agradecí también y casi le pedí que mi expediente lo mantuviera en secreto o que por lo menos me pasara esos documentos pues yo luego pierdo los míos y desaparezco. El hijo de la Hermana nos dio ride al metro Guelatao, pero la camioneta era de esas que solo tienen dos asientos al frente y área de carga detrás, y fue mi tío quien se acomodó, como todo un can que disfruta del viento, atrás, sobre una caja de plástico para verduras. El hijo de la Hermana generó conversación conmigo, y fue agradable aunque no pude evitar notar que en su discurso pretendía haber algo hipnótico, un espiral, me habló de Dios, de las mociones del templo, de cómo hacían actividades de recreación, que iban a acampar, y le pregunté si un ateo era capaz de obrar bien sin Dios, y me contestó lo que esperaba escuchar, que sí, que Dios tiene las puertas abiertas de su corazón, y que nunca es tarde para aceptarlo, y de pronto ya habíamos llegado al lugar pero ese hombre alargó artificialmente el discurso un minuto en el cual mi tío ya se había bajado de la parte de atrás de la camioneta, pero él no paraba de hablar y yo simplemente le dije bueno ya tengo que bajar, y me dijo que sí, que sin problema, y me sentí como los ratones que se escapan milagrosamente de ser devorados por una serpiente venenosa. Ya en el metro, adiós Tío, nos vemos la próxima semana, adiós Tavo, ahí te digo cuando nos vemos la próxima semana. 

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