Pocas películas hablan desde las vísceras, y probablemente por eso mismo son poco apreciadas. Ahora me viene a la cabeza Irreversible (2003) y Enter the Void (2009), de Gaspar Noé. Y por supuesto, Raw (2016), de Julia Ducournau. Hay un común denominador en las cintas mencionadas: que el argumento es sencillo, pero su despliegue es técnicamente asombroso, también brutal.
Raw cuenta la historia (que más bien es un intento de supervivencia) de Justine, una joven universitaria matriculada en la carrera de veterinaria, en un internado. Las cuestiones que complicarán su estadía ahí emergen desde cloacas demoniacas poco a poco. Es destacable el ritmo de la película, pues, casi como arcadas, punzan, y esas pulsiones no comunican otra cosa más que hay un fondo macabro que esta a punto de desplegarse. Puede ser algo tan sencillo como la cicatriz del padre de Justine en el labio superior (¿habrá sido la marca de su primer beso con la madre?). Podría ser el comentario que una chica le hace a Justine cuando come el trozo de carne que la intoxicará poco después, que fue: 'acabas de cometer tu primer error'.
Los personajes son complejos. En tramas tan sencillas, la fuerza potenciadora de la trama tiene que recaer precisamente en ellos -los personajes-. En este caso, tenemos una bifurcación de la personalidad del personaje protagónico, por un lado, Justine es una chica apaciguada (efectivamente, casi como si estuviese amordazando algo dentro de ella), inteligente, observadora, casi sin brillo propio, pero con muy buenas intenciones. No obstante, inversamente proporcional a esa faceta, tenemos un monstruo que ama la sangre tibia que mana de los cuerpos, que no hace más que esperar a ser liberado para alimentarse de ella y su carne, sin ningún miramiento, siendo la gula misma (y una suerte de posesión demoniaca). Podría sonar polémico, pero aquí puedo ver cierto paralelismo con Bateman de American Psycho (2000), de Mary Harron. Lo pondré en los siguientes términos: omitiendo la atmósfera de la sociedad de consumo en American Psycho, existe un punto en donde ambos personajes convergen. Por un lado, Bateman proyecta una cara de un hombre amable, atento y exitoso, pero a espaldas de todos es un brutal asesino serial. Justine es una chica que pasa desapercibida, pero que a espaldas de todos es una amante compulsiva de la carne cruda. Este fenómeno es parecido al de Dr. Jenkins y Mr. Hide, donde en un mismo cuerpo habitan dos polos que son extremos y opuestos. Justine y Bateman los encarnan bien, y en ambos casos en la faceta pública son algo que evalúan como correcto -a pesar de que esa apariencia se resquebraje mientras más avancen las respectivas películas, y que ese hecho al final exponga sus vulnerabilidades a flor de piel-, hasta que al final hay un colapso, e irónicamente, ese colapso es opuesto en cada uno de los personajes. Para Justine, esa chica amable, distante y buena, se convierte en un ser agresivo que ataca a su hermana, para Bateman, ese colapso se da en la desintegración de toda esa violencia que emanaba, figurando un volcán que se apaga -mientras que, por supuesto, el de Justine despierta-.
Más allá de la comparación, mi punto recae precisamente en resaltar que el arquetipo que Justine ejemplifica en la película es el del límite, pues juega con ellos. Nos muestra su mejor y su peor faceta, obviando la confusión que ella experimenta mientras se da cuenta de que tiene un monstruo dentro, y que cada vez es más fuerte.
Ese camino es muy artístico en la cinta, hay algo en el color rojo que despierta pasiones. Significa peligro, pero también, cuando pensamos en un corazón, probablemente se figurará de color rojo dentro de nuestra cabeza. La sangre, por brutal que sea verla en vivo, es un elemento estético en ésta cinta, así como todos los los movimientos corporales que se expresan. La película es movimiento, un espectáculo en el aspecto técnico, las imágenes todavía vibran dentro de mi cabeza.
El final del viaje es la conclusión ideal para su planteamiento. Ante el encarcelamiento de Alexia, hermana de Justine, ante la profanación del cuerpo de Adrien, el mundo de Justine está en crisis, pero, como diría César Hernández de Esquizofrenia Natural, 'la vida siempre es más, más jodida o más hermosa'. En ese caso, fue más jodida: la maldición es hereditaria, el padre tiene las marcas del terror en su cuerpo, "seguramente tu encontrarás una solución", dice el padre tan tranquilamente, será por una razón, será quizá que ha encontrado el modo de apaciguar las ansias de comer carne y vísceras, ¿será que mata a alguien a espaldas de todos? nunca lo sabremos, pero ahora el peso sobre los hombros de Justine terminan por hundirla: está enferma, pero ama su condición, y de eso precisamente trata la película, de la lucha interna que el ser humano tiene contra sus propios deseos, sobre todo si atentan contra la integridad ajena. Esta película expresa los límites de esa lucha.
Recomiendo ampliamente consultar la cinta, pero definitivamente no es para los estómagos sensibles. Se encuentra disponible en Netflix.
O-