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viernes, 14 de noviembre de 2025

nostalgia (previa a el siete de xxxxxxxxx pt. II)

 Nostalgia de estar y de existir con la consciencia tan aguda siempre. Nostalgia de un adolescente de diecisiete años cuyo sufrimiento radicaba en la idea de alguien. 

Maldito el momento en el que la seriedad embargó mi alma. Antaño, las nubes revestían el fondo más profundo de mi cráneo, y el futuro sonaba como un espasmo violento, sólo pensaba en los fines de semana estar tranquilo viendo videos por la tarde. 

Era un niño, era un mundo nuevo, un ser intransigente por su inexperiencia, pero callado por naturaleza. ¿Cuántas lunas soñé con los dinosaurios y las estrellas? ¿cuántos días fueron suficientes trotando entre mis sueños para poder perderlos? Para abandonarlos y revestirme con una armadura pesada, como grilletes. 

Cuando era niño sólo era yo y mi mente, yo y los viajes intergalácticos que mis ilusiones propulsaban. Era yo y el libro del antiguo Egipto, los faraones y los gatos enormes. Era yo y los cómics sangrientos del hombre araña que me propiciaban pesadillas, los primeros encuentros con lo oscuro. Era yo y mi cama como un castillo en dónde, juraba, si miraba de reojo a mi patilla podía ver al lado mío al monstruo de Frankenstein. 

Pero eran dulces días, cuántos videos habré consumido. También videojuegos en el iPod. Las canciones en el otro iPod y la atropellada media hora en la que jugaba en la computadora a juegos Friv. El libro de los insectos. La película de Pinocchio. La de Cinema Paradiso. La historia interminable. 

Ese niño creció. De pronto, la secundaria, los cambios en su cuerpo y en su mente. 

De pronto los juguetes dejaron de vivir como en Toy Story. Recuerdo la última vez que jugué con mis calaveras de madera en honor a la metamorfosis del niño que debía forzosamente crecer. No he roto la promesa. Jamás volví a jugar (no de verdad). ¿Cuántas horas de luz habré visto a través de la ventana de este departamento? ¿Cuántas horas frente al Wii, frente a los espejos cuadrados? Frente al silencio después de los ruidos y las perturbaciones. Cuántas dudas mi cabeza formulaba. Cuántas veces adoré a la pantalla en silencio, al espectáculo del fútbol que unía al grupo completo, pero a mí me gustaba, quería ser parte de algo. 

Pero crecí, eso creo. De pronto me hice enorme, la sociedad me apabulló, Facebook, el maldito Instagram, el ojo público. Los trece, catorce y quince años aún preservaron dulzura. En los recreos, taciturno, iba de un lado a otro buscando un balón que patear para entrar a una reta de fútbol sin que nadie me invitara, o buscaba refugio en las conversaciones de alguien. O quizá, simplemente comía en silencio, fuera de los salones. Maldito sea el día en que la fuerza irrigó mis miembros y los volvió sedientos de la acción motora. Maldito sea el día en que conocí esos ojos avellana, ese color lechoso y cabello lacio. 

 Yo era un niño muerto, adolescente recién nacido. Era un amasijo de sensibilidad, alejado de las fantasías más prístinas y bellas, pero sin mucha otra alternativa a la cuál recurrir para imaginar. Aún no aprendía a leer (a leer de verdad, entendiendo, apreciando, desmenuzando). Supongo que tuve un último aleteo de inocencia. Un último instante en cuyo mi mundo personal sacro fue dignamente apreciado y santificado por mi mismo: el universo, los dinosaurios, el amor por conocer y engancharme a la información valiosa. Supongo que antes de que se desgajara mi primera piel fui capaz, por un último momento, de apreciar la belleza, la sencillez y calidez de lo que me atreví a complejizar. 

Pero otro yo crecía, ya no me veía como antes, ya no pensaba como antes, mi corazón comenzó a palpitar sangre negra cuyo origen fueron los infiernos de la ira. Comencé a sentir mi cuerpo, y una palabra comenzó a alejarme del ensimismamiento: futuro. También, comencé a sentir románticamente a razón de otros, quise indagar por vez primera los comportamientos ajenos, pero antes que ello, entender la naturaleza de los ojos avellana. 

Sin culpa te dejé morir, pequeño Octavio, y lo hice sin darme cuenta. Porque todo el fuego de mi pecho se desbordaba de mí, y yo sabía que eras incompatible con él. Sé que sin quererlo te inyectaron el gas que alimentaría este fuego, sé que tu arquitectura mental no fue capaz de soportar aquellas rabias primigenias, y no te culpo, que bien que me dejaste a mí el trabajo sucio. Tenía catorce años, y sabía que la vida cambiaba para siempre, así que me dirigí a mi interior y construí una torre. Bloque a bloque, yo, como un pequeño obrero, elegí una planicie mental y lo primero que hice fue dibujar las nubes que antes allí manaban colores brillantes, y las oscurecí. Después, bloque a bloque (en una velocidad que me sorprendió en verdad) fui dándole forma a un castillo. Adentro debía habitar lo que nunca pude solidificar: la esencia de mi mismo. Debía estar protegido, el mundo se avecinaba. Pero me veía a los espejos que dentro de mi castillo habían, y me veía desnudo, puro y color naranja como una flama, entonces decidí que tenía que elaborar una armadura que me protegiera doblemente de todo aquello que pudiera lastimarme. Pero... antes, tuve un espejismo que me rompió para siempre. Antes, en aquella fusión entre niño y adolescente, conocí los ojos avellana y no supe manejar nada de eso. Yo, sin coraza, expuesto, confundido. Dramático, y desposeído de herramientas de control emocional. Me inventé el mito de la repetición del mismo día: un amante recuerda el día en que perdió a su amada y vive condenado a repetir ese día en sus letras, lo escribe en un libro cuyos capítulos son siempre el mismo: el campo, las planicies eternas y extendidas hasta que la vista se pierde, luego la tormenta, arroparse con ella, pero nunca ver su rostro: ella es de papel y se desbarata. Todos los días, el final es lo único que cambia, a veces él tiene que ir por un poco de pan con la vecina, o por leña al bosque, o encontrarse con ella simplemente existiendo. Pero, día con día, poco a poco, ella pierde forma, los objetos, su dimensión, las paredes, su firmeza. Todo se va convirtiendo en papel y los ojos de ella se vuelven un espectro, pierde la voz, y cuando él quiere hacerle el amor sólo encuentra la luz que se desvanece de un fantasma. 

Supe que ese era mi destino si no abandonaba su idea. Decidí que por mi bien ella debería partir, pero yo fui ese hombre del mito. No lo habría podido articular en palabras si hubiera sido de otra manera. 

Esa fue la estacada final a mi niño interior, quien sólo había conocido rabia e injusticias, pero no oscuridad verdadera (mis oscuridades son dos gotas de petróleo, el mundo nunca me estacó el corazón, pero yo soy un dramático). Mi niño interior, si murió, fue de horror ante la noción de que el dolor podía estar anclado a la relación con el otro, y ese mito fundacional: la relación con el otro, se convirtió en una de las nuevas estelas que guiarían mi búsqueda de significados (antes, apreciación de información). 

Corrí de nuevo, pero ahora había a donde ir, a la torre. Entré, y, desesperado, el fuego se apoderó de mí, y decidí construir un cuarto maquiavélico de donde, como Pigmaleón, construiría con mis propias manos la estatua de la que me enamoraría y los dioses le darían vida. Nunca más me harían daño. Mi mente se transformaba. Yo simplemente elegí el control para que las cosas no me hicieran daño. Mientras tanto, decidí ir en búsqueda de los metales más preciosos y pesados cuyo revestimiento me alejaría de todo mal, y podría enfrentarlo todo, como nunca me enseñé o me enseñaron en la niñez. No busqué recuperar mi yo perdido, supe que había muerto, decidí enfrentarme al futuro, con la coraza real que revestía mi ser y protegería del peligro. Yo debía estar listo espiritualmente. Así que en otro cuarto de la torre comencé a forjar mi armadura, la adherí a mi ser, me expuse a la coordinación y endurecimiento de mi cuerpo: decidí que nunca debía volver a fallar. 

Después de tanto tiempo habitando esta torre cuya única luz se vislumbra amarillenta y tenue en forma de relámpagos solares, me miro al espejo que ella rompió, y veo una armadura perfecta, roja y ocre. En mi corazón hay un núcleo de mercurio inestable que se exacerba o atenúa según mi entendimiento filtre sus impulsos. Mi máscara tiene la forma de un casco de gladiador sin la pluma, es rojizo también, no hay lugar que no esté protegido ni amoldado a la hermosa arquitectura que he detallado con motivos góticos y esculturales. Me miro al espejo y noto un par de ojos rojizos, destellan fuerza. Este castillo ahora está lleno de libros cuyos pasajes he memorizado completos, hay salas en donde las emociones ya son procesadas, incluso, hay una ventana hacia la realidad. Pero... he quebrado la habitación de creación. Pigmaleón está maldito, yo forzosamente lo estuve también. Recuperarse de una maldición cuesta. La maldición de crecer... Y... he creado un par de lugares más. Una tumba. Una pequeña cabaña. De tanto en tanto, abandono la armadura al pie de la torre y en forma de espíritu anaranjado, sensible y débil, acudo a ella y observo el archivo que he escrito con mis propias manos: acudo a mi memoria frágil y temporal. Acá estoy desprovisto de todo, y juraría que dignamente un día podría volver al cielo o infierno en estas mismas inmediaciones si la flama que soy se apaga. 

A lo mejor el error no fue mío, fue del tiempo. A lo mejor sí fue mío, y debo buscar las cenizas de ese otro aire, ese otro color de nubes y ese sol que bloquean las nubes espesas. Pero hay algo adictivo en habitar la oscuridad (que no es lo mismo que las sombras). Hay algo enorme en sentir la pesadez, y es a lo mejor la expiación de culpas y sentires: si todo es pesado y sombrío es justificado sufrir por ello el tiempo necesario para sanarlo. 

Sin embargo, ante todo, crecí, siento nostalgia de revisar los archivos en mi memoria de ese niño que no tuvo que preocuparse de nada, que percibía a raudales y a gusto otros mundos, otras épocas de la tierra, otras realidades tan distantes como fascinantes. ¿Puede volver? No va a volver, murió de horror, ya lo he dicho. Pero pueden sus ilusiones educarme. Probablemente puede, si tengo suerte, hacer que despeje el cielo nublado y me de la luz natural, puede hacer que forje un cuerpo y no una armadura y que, por vez primera, la voz asesina del tiempo me deje de aterrorizar y pueda habitar plenamente sin exigir control a todo, a todos. 

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