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domingo, 16 de junio de 2024

Sobre la necesidad de un conocimiento práctico

 Mi campo de estudio, la filosofía, exige la disposición contemplativa del practicante, de modo que es muy natural escuchar e incluso suscribir la idea de que para una vida plena y virtuosa hace falta poco más que acumular conocimientos. Esto es, a todas luces, un razonamiento equivocado. Es probable que alguien de manera asertiva me indique: que es sabido que el conocimiento acumulativo no conduce necesariamente a una mejoría del espíritu, y con vehemencia aceptaría el señalamiento, pero hace no mucho tiempo escuché de un allegado mío, estimable y respetable compañero filósofo decir algo parecido a esto: "yo estoy muy feliz con mis libros. No me encuentro muy cercano al mundo práctico. Estoy bastante bien en el mundo de las ideas, en el mundo contemplativo." Aquello me resonó en la mente durante el posterior tiempo al cual conversaba con él, y voy a tratar de exponer porque no solo no deberíamos de desligarnos del mundo práctico (que en realidad, es todo lo que hay) sino porque el hacerlo siendo filósofos es incluso una falla de carácter. 

Comenzaré diciendo que comprendo que no hay individuo desprendido ni desligado absolutamente de la sociedad sin contar excepciones. En ese sentido, el filósofo, como lo es mi camarada, se encuentra en la perpetua labor de educador, así lo exige su contexto. No obstante, si atendemos a sus palabras, interpreto que su verdadero interés es sumergirse de lleno en el mundo intuitivo, el mundo de las ideas. No diré que no pertenezco a ese clan. No obstante, estoy en contra de que el conocimiento tenga su valor absoluto por ser conocimiento, es decir, por sí mismo. Existe la tendencia de la gente como nosotros, los filósofos, a acumular información como un cementerio acumula tumbas. Y nosotros, los panteoneros del conocimiento, no solo sabemos dónde está cada cadáver de información muerta, sino que los consultamos y los usamos como objeto de satisfacción y estudio personal. Más allá de la desagradable metáfora, es una realidad que el individuo estudioso de la filosofía tiende a guardar mucho más de lo que puede utilizar en su cabeza. Siendo respetuosos con la erudición, sucede que las más de las veces tanto conocimiento no sirve para nada, o tiene que buscar una vía de escape. Las mejores ocasiones suelen suceder cuando todo ese saber condensa en una nueva creación, algo así como el Ulises de Joyce, la Divina Comedia de Dante, incluso la República de Platón. Todas ellas son obras que llegaron a materializar un saber intangible en un legado concreto que quedó para el resto de los hombres. Y no niego que la esencia de la sabiduría, el amor por el conocimiento, sea de hecho útil para ejemplificar lo que hacemos los filósofos, ni quiero condenar a quien así lleve su vida, es decir, esencialmente conociendo, pero sí haré cuestionamientos al respecto. ¿No es el erudito de la montaña un cerebro en cubeta? Metafórica y literalmente hablando. La acumulación de información puede tornarse en vicio rápidamente. Creo que un buen espíritu debería de concretar los conocimientos en algo práctico. No podemos evitar la condena de saber por saber, pero podemos por lo menos intentar no ser cerebros en cubetas. ¿Qué es hacer algo con el conocimiento? Más allá de compartirlo, que en sí misma es una labor muy loable, me parece que es conveniente hallar una manera de conjuntar conocimiento con alguna técnica que implique el refinamiento de elementos externos al individuo para elaborar un producto o conducta que incida en el mundo. Esto es básicamente el terreno de la ingeniería y las ciencias aplicadas: biología, química, física, etc., pero mi crítica recae sobre el vicio intelectual en el ámbito filosófico, por supuesto. ¿Qué se puede hacer de manera práctica con la filosofía? En efecto, sacarla de las aulas. Pero no solo a enseñarla. Hay que enseñar a vivir filosóficamente, que es una cuestión muy diferente a acumular información acerca de las doctrinas filosóficas. Vivir filosóficamente implica usar la reflexión sistemática y utilizar la pregunta concisa como directrices de vida para hallar respuestas. Podemos asumir que no podemos llegar a todas las respuestas, pero también que, por eso mismo, podemos tener la elección de decidir cuándo es suficiente información recabada para hacer algo al respecto de las situaciones vitales. La filosofía práctica se ve en el respaldo de las decisiones diarias, que supondrían apuntar al mejor de los escenarios posibles. Aquí la responsabilidad en qué es lo mejor posible está en quien formule la cuestión. Pero con filosofía, la decisión será más racional y efectiva, aunque claro, el individuo es más responsable de sus acciones que la filosofía en sí. Pero ella ayuda a potenciar lo bueno y ciertamente a racionalizar lo negativo. 

No podría decir que mi camarada no viviera desde ese prisma filosófico, pero eso lo sostengo por su actuar y no por su conocimiento acerca de las doctrinas, conocimiento por el cual muchos lo llamarían filósofo. Es en el ámbito de lo práctico que las acciones valen. Aquel que es filósofo y se conduce por aquella forma de vida es el que filosofa, y filosofar es una búsqueda de la claridad elemental de los conceptos más universales y concretos, es una búsqueda de sentido universal que implica, por supuesto, fascinación de por medio. Pero si solo atendemos a la fascinación estaremos fallando en el carácter de filósofos, que nos interesa encarnar, porque nos interesa ser buenos filósofos. Si nos olvidamos que filosofamos para y porque estamos en un mundo, en realidad el filosofar (labor ya bastante denostada socialmente) en verdad no servirá de nada. Solo me queda añadir que esta realidad frente a nosotros es innegable. Existe, y no somos nada que no sea materia, a pesar de que nos encante hablar por y para el espíritu y el alma. No es posible vivir únicamente en el mundo de lo contemplativo, porque somos un cuerpo que contempla, un cerebro que contempla, en una palabra: un algo que ciertamente es, y que siente, y por ese sentir no puede solo desligarse de lo material. Y nosotros como filósofos debemos de tomar responsabilidad ante ello y no solamente contemplar el entorno, como se contempla la aurora de dedos de rosa o el infinito precipicio. 

sábado, 8 de junio de 2024

Un simple soplo

 Hendiduras siempre oscuras y profundas, el noema visualiza esas cavernas oculares, y se pregunta si en la terracota de sus paredes acaso podrá escuchar sus propios pasos, acaso sobreponerse al vacío del silencio. Una mirada que murió hace muchos años, ahora un par de vísceras del infinito, dos cavidades, como campanas vacías, y recuerdos desperdigados de un valle seco. Reluciente silencio, reluciente espectro que carcome los contornos en donde se incrustan negros surcos que rodean la coronilla. Y los dientes, siempre blancos, ahora expuestos, como expuesta está el hambre, extensión del estómago, de las tripas. Clavo la mirada en las cuencas, siento frío en mi pecho, siento cómo un puño me parte las costillas, y me desgarra la piel, mis músculos se descosen de un zarpazo, mi torso se embarra de miel tibia, de sangre vehemente, siento la mano que se contrae, que penetra entre mis huesos, se extienden sus dedos como un ave que extiende sus alas, y el delicado roce delinea mi corazón bombeante, lo circunda como quien acaricia a un pequeño felino, lo mira como quien observa verde alrededor del iris, casi se podría sentir la sádica condescendencia en esas caricias, pero lo sujeta, sujeta al cardio con los finos dedos de quetzal, y es apenas ahí donde ennegrecidos ojos de cenizas me miran, lo estalla sin dudarlo, logra estallar, es un órgano magullado, en plasta, está deshecho, está hecho añicos, me obligué a rendir reverencia, pero sonrío, sonrío porque mi mano derecha guarda consigo el músculo perdido, pero es el suyo, su cardio, mis dedos están enroscados en una amalgama de masa coagulada con venas y arterias profanadas, estranguladas, asfixiadas, ella también me rinde reverencia, le digo mírame a los ojos, unos ojos blancos sin suspiro se vislumbran a través de las tinieblas que habitan su rostro, nos desplomamos, miro el jardín que de a poco crece derredor nuestro. Los segundos se han vuelto una marea que en sus aguas confunden el ayer con el ahora, y el instante con el futuro. Ella se aleja, se pierde en cósmicos espejos destellantes, hasta que veo, de nuevo, con claridad, y lo único que me queda de ella, un cráneo humano, bien definido, frente de mí.