¿Dónde radica la grandeza de un hombre?
¿Qué dignifica el alma hasta volverla lo más pura que pueda convertirse?
En el pasado, creía firmemente que tal grandeza podría cifrarse, al menos en parte, en aferrarse a fantasías. En ese momento no parecían fantasías. En ese momento parecían ideales. ¿Cómo iba a saberlo? Suponía que esperar como un perro bajo la lluvia el paso de los años me conduciría a ese momento trascendente que estaba anhelando. Pensaba que el tiempo ordenaría esa mente ajena a favor de mis deseos. Pensaba que me buscaría, que sería solo cuestión de tiempo para arreglarlo. Pensaba, en una suerte de embriaguez metafísica, que ella también me entrevería entre el tiempo. Pensé que la grandeza podría verse en maquilar un plan maestro. En una suerte de revisionismo al pasado para elegir lo mejor de él, desempolvarlo y, quién sabe, quizá volver a ponerlo en marcha.
Quizá de manera más profunda anhelaba que todo ese sufrimiento significara que de algún modo las cosas estaban tendiendo hacia mejor. Que valdría la pena el abrupto final con un abrupto reencuentro. Pensaba que a lo mejor, de haber ordenamiento cósmico, una casualidad me haría toparme con esa persona, que en ese momento tendría las palabras a mi disposición para poner en marcha el plan, ¿y qué ocurrió cuando la casualidad se dio? Sencillamente me resquebrajé.
Quizá debí haber advertido el síntoma que se presentaba: el paso del tiempo estaba haciendo de las suyas. Yo, muy a pesar de ello, trataba de hacer calzar mis ideales a la realidad. Yo esperaba genuinamente que las ideas más retorcidas que tenía pudieran ser ciertas. Y ni si quiera podría denominarlas retorcidas por ser de naturaleza arisca o genuinamente perturbadoras, eran retorcidas porque, es visible, pertenecían a un jarrón de recuerdos y fragmentos de realidad distorsionada y nebulosa.
En alguna ocasión escribí un cuento al respecto. Un hombre que despierta en su 'día ideal'. Una y otra vez. Es su mente la que recrea ese día por siempre. Pero la mujer que recuerda se descarapela, su rostro esta cuarteado y ya solo es una figura entre las sombras. Sin alma, sin cara, sin voz. Al final, todo ese mundo se desvanece para siempre entre los aires, y por fin queda liberado.
Lo observo todo el tiempo. Personas ancladas a otras. A sus recuerdos. No puedo sino compadecer y entender la raíz de aquel sentimiento. No puedo sino lamentarme de aquellos. Yo mismo había decidido anclarme a una esperanza. A un reencuentro. Pero, ¿qué pasó?
La respuesta debería comenzar con lo siguiente: ¿hace cuánto me siento tan conforme con el mismo consuelo? pero la misma respuesta que usé antes me servía para seguir forzando un sentido: debe de haber un plan para solucionarlo. Fue solo hasta la realización del tiempo que había pasado, de las experiencias vividas, de ver en el rostro de la gente la misma cara de condescendencia cada vez que repetía la historia, que me daba cuenta de que ya estaba comenzando a perder la certeza acerca de lo que estaba diciendo.
Por principio general, todo el mundo desea valorar sus emociones. Me di cuenta con el tiempo de que en realidad no sabía muy bien a quién estaba extrañando. Me di cuenta de que en realidad estaba tratando de validar que pude sentir y de manera genuina aprecio por alguien. Traté de hacer encajar un futuro incierto a una única vía fantasiosa. Y... No pasó nada. Desde muy temprano bloquee la idea de que algo pudiera pasar de nuevo, pero me permití pensar al respecto durante mucho tiempo. Dando círculos, al final de cuentas. Escabulléndome entre los rincones del recuerdo, como el individuo de mi cuento.
Al final, solo podía obtener los mismos resultados: estás extrañando un momento que ya no existe. Estás tratando de revivir la ficción. ¿Y bien? ¿Qué obtuve de ello? Reanimar cierta beta melancólica profunda que existe en mí, que, no negaré, es también profundamente satisfactoria, sobre todo porque induce a la proyección de recuerdos vívidos y juicios al respecto. Pero... ¿y después? no podría decir que algo suficientemente relevante.
Eso, por supuesto, implicaba que la ficción ya era inútil. Ya incluso resultaba cansina. Ahora es muy fácil preguntarse ¿por qué lo hacía? ¿por qué después de tanto tiempo? en parte fue por el qué podría ser. ¿Y si no hubiera sido cobarde? ¿Y si hacía tal o cuál cosa distinta? Nunca lo sabremos, el tiempo se ha encargado de difuminar los trazos de ese amargo (en retrospectiva) pasado, para darle paso a un infinito presente. Nunca lo sabré y ese es el precio de la no decisión (que, por supuesto, también representa una decisión).
Afrontarme al peso del silencio, de reconocer que en verdad lo que queda de allí son solo recuerdos es duro. No obstante, es necesario. Lo repito: es una historia hasta arquetípica aquella de no poder sacar del corazón a alguien. Es muy legítimo. Es, de hecho, una decisión que individuos deciden cargar para toda su vida. Vean a Florentino Ariza de El Amor en los Tiempos del Cólera. Ese hombre vivió bajó la sombra de Fermina Daza durante toda su vida. El libro dice que amó a múltiples mujeres durante toda su vida. Pero entregar el cuerpo no es lo mismo que amar. Supongo que su amor por Fermina fue aún más grande que las posibilidades de formar una familia. Se le presentaron bastantes de esas, a decir verdad. Pero el amor es egoísta. Supongo también por eso resultaba tan cómodo recluirme en las ideas y fantasías. Porque era un paraíso oscuro, provisional y, sagrado, por ser ideal (ideal en el sentido platónico).
Pero solo era humo. Y del humo vivió Florentino Ariza durante más de cincuenta y tres años. Solo a sus ochenta y tantos logró alcanzar el paraíso [personal]. No negaré que para mí hubo una cierta oscuridad en ese momento. Aunque aún puedo imaginar aquel barco que navega hacia la tranquilidad absoluta y el cándido sol de fondo, con únicos pasajeros a bordo: Florentino y Fermina.
Pero yo no soy tan egoísta, no te miento, no podría morir de amor. A pesar de anhelarlo (al amor). A pesar de... todo. ¿Dónde reside la grandeza de un hombre, entonces?
Hice revisión de mis creencias, he modificado algunas. Sólo las necesarias. Sólo las que me ataban a unas cuántas líneas pertenecientes a las hojas amarillentas dentro de un jarrón, que narraban historias circulares.
El hombre es capaz de mucho más que amar recuerdos y fantasías egoístas.
El hombre es capaz de tomar las riendas de su vida, de creer en principios, principios de verdad, de los buenos, de los que funcionan. Creer, puede ser, en un par o tres líneas labradas en piedra, tatuarlas en su mente, callarse y actuar.
Porque creemos que el poder de ser diferente reside en un alma limpia. No odiamos el amor. Por el contrario, creemos tanto en él que sabemos lo que realmente vale, y por donde comienza. El sólido hierro que como atlas sostiene la fuerza de la identidad personal, debe también, en cierto momento, desprender la mitad de sí para poder ensamblarla en un 'nosotros'. Por supuesto. Siempre ha sido cierto que el individuo debe gozar de cierta estabilidad para poder extender su mano hacia el otro.
Y ahí comienza el problema para algunos. Desprenden la valía, su dependencia, que es también un modo de poder sujetar aquello que dicen temer perder (al otro-en tanto objeto de deseo-), pero irónicamente, sólo se aproximan a su pérdida mientras más insistan en que no se vaya.
Así que, ¿dónde comienza la grandeza?
En asumir el error. En observar las condiciones que el entorno le ha legado a uno mismo. En dejar de quejarse después de tanto dolor y convertirlo en acción. En edificar un castillo para sí mismo que, seguramente, compartirá con alguien, es imposible que nadie más sea virtuoso. A pesar de que sólo la élite pueda aspirar a los recónditos seguros que son consecuencia de ocuparse del cambio. [Todos pueden acceder a la élite, pero no todos son capaces de guardar silencio y actuar, por eso es difícil llegar ahí.]
¿Y mi amor? ¿Y todo lo que le di a esa persona y se fue para siempre? es parte de la vida aceptar que sí, se fue para siempre. Pero eso es un hecho más de todos los que ocurren en el mundo. Quizá en el futuro, si uno limpia su alma, aquellas personas a las cuales dirija su atención espejarán esa limpieza, y por lo tanto una mejor decisión sea tomada. La paciencia siempre fue elemental para el cambio. Cambio y dirección son, quizá, unos de los ingredientes elementales de eso: de la grandeza a la que puede aspirar un hombre.