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jueves, 20 de noviembre de 2025

Leí El Salvaje, de Guillermo Arriaga


[Esta no es una reseña y contiene spoilers del libro, advertidos están]

Salvaje: dicho de un animal. Feroz, fiero, bravío, indómito. 

Salvaje: dígase de Juan Guillermo, muchachito que lo pierde todo antes de la mayoría de edad y que tiene que nadar contra corriente en los barrios bravos de Iztapalapa. 

Salvaje: dígase del libro del mismo título, escrito por Guillermo Arriaga. 


Con una narrativa avasalladora e intensa, El Salvaje (2016) erige su escritura como un lobo erige el rostro en el amanecer de los fríos paisajes canadienses, donde reposa Colmillo. 

Si tuviera que describir el libro con pocas palabras, diría que se trata de una novela de denuncia y redención. Retrata un México que para mi generación sólo pertenece a los libros de textos y los relatos de nuestros padres: el de los 60's, donde el auge de las drogas, la música y con ello la influencia gringa se encontraban a la alza. En medio de ese contexto, las azoteas de la Unidad Modelo de la alcaldía Iztapalapa son el campo de batalla prematuro para un joven que tiene que lidiar con el peso de: la delincuencia que lo rodea, las expectativas que sus padres le imprimen, la muerte, la muerte y, por último, más muerte. No podemos obviar, naturalmente, el antagonista por excelencia de esta novela: los buenos muchachos y su líder Humberto, comandados por el jefe de la policía Zurita, quien articula este grupo paramilitar de extrema derecha cuyo fin último es mantener en orden y ejercer poder desmedido sobre la colonia Modelo. En este universo, la figura de Carlos emerge religiosamente, primero como guía espiritual de Guillermo, para quien es, en más de un aspecto, su todo. Sin embargo, esta novela es un entramado en donde el hilo conductor supremo de la narración se va bifurcando, generando capas de complejidad (quizá ese es el acierto más grande de todo el libro) que nos permiten notar que Carlos no era en absoluto un ser de luz como lo veía Juan Guillermo, y quizá éste último no era tan impulsivo ni bestial como aparenta. 

A lo largo de la novela, puntos críticos que incitan a la reflexión van surgiendo: como primer elemento mencionaría la ya sabida pero nunca redundante crítica a los sucesos ilícitos en el contexto mexicano más popular, donde nadie queda exento de condena. Seamos claros, Carlos también era un criminal. No importa desde dónde pretendamos blanquearlo, el caso es que se le podría acusar de posesión y distribución ilícita de drogas y es dudoso si de asesinato, aunque el libro lo deja a la especulación. Sean, Castor loco y los cómplices de Carlos también se vieron envueltos en una red ilícita de enriquecimiento económico en el que literalmente traficaron drogas propiedad de los Estados Unidos en territorio mexicano. Pero a pesar de ello, la inteligencia de Arriaga supo plantear que ni si quiera fue necesario tratar de blanquear esta red criminal, el mismo desenvolvimiento de la historia conduce naturalmente a que cada paso se siga del anterior. Carlos es presentado como un joven potente, con una visión empresarial que se entrecruza con una intuición poderosa con la que sabe dónde, cómo y por qué producir ganancias monumentales. Su ambición lo lleva a poner patas arriba a la policía mexicana, en donde, de no haber sido por los buenos muchachos, Carlos se habría convertido en la versión con corazón de Walter White. Y esto es importante. Porque la presente historia no es abiertamente moralina, aunque sí de manera un poco más oculta. En este tinglado, Juan Guillermo se nos presenta como un individuo cuya sangre es la sangre de todos los desconocidos, ¿será por eso que en esa mezcla de sangres él pudo conectar con la veta más primitiva de su ser, domesticándola y volviéndola racional? ¿Será que, como Colmillo, heredó la facultad del entendimiento animal? Los fallos de Guillermo hablan más que él mismo, y lo dotan de una personalidad compleja en dónde convergen las clásicas falencias de la adolescencia con la necesidad imperiosa de superar la adversidad vivida. Uno tras otro, van cayendo los bastiones que mantenían bajo control el mundo (ya de por sí inestable) de Juan Guillermo, hasta que violentamente los buenos muchachos llenaron de agua a su hermano Carlos. Ese fue el punto de inflexión, se quebró la fe (nunca mejor dicho) que, a decir verdad, ciegamente inculcó en los buenos muchachos y en Carlos. Ese fue el verdadero momento en el que tuvo que volverse en un hombre, o mejor dicho, en el salvaje. Debo decir que Sergio Avilés se presenta como el primero de los Deus ex machina que presenta el libro, hecho del cual no me siento del todo cómodo, pero era entendible que el personaje fuese necesario para la posterior trama. A la par de todo esto, debo comenzar mis críticas más incisivas. Tema Amaruq. Al principio se desarrollaba (al menos ante mis ojos) como algo genérica, intrascendente, sin embargo, a partir del repentino giro que me representó la muerte de Amaruq reconocí que Arriaga tramaba algo. Ese algo esta medianamente ejecutado, y a continuación diré por qué. Me da la impresión de que Arriaga cuida que la trama secundaria no le robe fuerza a la principal, pero creo que probablemente lo cuidó de más. Lo más interesante ocurrió cuando Robert entra en la disyuntiva de si seguir en el negocio o si debería cambiar de vida para siempre. Y, por supuesto, cuando encuentra a los chicos en búsqueda de la salvación de Nujuantutuq. Sin embargo, me pareció que esa trama a ratos se alargaba demasiado. Algo que tampoco me encantó fueron las fichas monográficas que de tanto en tanto asaltaban las páginas del texto. En verdad me preguntaba muy profundamente qué relación tenían con la trama en general, pero no pude resolver mi duda. No importó al final, me pareció que resultaron irrelevantes. Denominaré como dudoso el siguiente punto: el empleo de circunstancias Deus ex machina. Avilés, el dinero de Carlos, el abogado que les llevó el caso a Juan Guillermo y su frase de "has sido mi mejor cliente" fueron los más notables -incluso, la evasión que tuvieron Juan Guillermo y Avilés de la justicia cuando retiraron los millones de los bancos, ¿a eso se se podría denominar un no action-ex-machina?-. No me dedicaré a criticarlo excesivamente porque yo entiendo que el escritor deba tomar licencias creativas para que la historia pueda conducirse de un punto A a uno B de manera directa, sin tener que recurrir a la coherencia en el pleno uso de la palabra para justificarlo todo, pero me dio la impresión de que, como a Avilés, a Arriaga le gusta permanecer en esa cuerda floja entre la cantidad correcta de algo y su exceso. Lo cual me lleva al último punto que quisiera criticar, y esa es lo plástica que la escritura se siente en momentos selectos. Decía mi madre de varios poemas 'new age', es decir, escritos por jóvenes contemporáneos a mí pero no tanto a ella, que tenían el defecto de ser muy 'pop', es decir, que poseían el defecto de ser 1) pretenciosos, 2) repetitivos y 3) no decir algo tan complejo cuando pretendían hacerlo. En momentos selectos considero, con el dolor de mi criterio lector lo enuncio, que Arriaga cae en lo pop. 

Pero aún a pesar de todo, no dejaré de recordar un momento sublime, probablemente el momento que define el libro pues todo los esfuerzos que Juan Guillermo produce los orienta hacia esa acción, y esa es la venganza que comete para con Humberto. Aún vive en mi mente esa escena, Juan Guillermo, en una masa pestilente y hedionda se encuentra dentro de la casa de Humberto, lo encuentra lacerando su piel con un látigo, ya medio ido, y le propina una golpiza que lo termina de dejar demente. Cada momento, cada segundo de tensión que vivió Juan Guillermo en la previa a su venganza la viví con él, yo era un espectador al lado suyo. Hubo algo místico en ese momento, algo que se sintió tan bien y como una venganza bien ejecutada, porque fue una venganza muy Juan Guillermo. No lo asesinó, pero lo mandó a la locura. Castigo eterno. El libro te dice por medio de otro personaje: la venganza no está bien, en el diente por diente solo hay una espiral de violencia, pero por otro lado brinda el mensaje verdadero: la venganza puede ser ultimadamente personal, pero nada ni nadie te enseña como hacerla y los riesgos, como los súbditos de Humberto que custodiaban su casa, están allá afuera, esperando a reprenderte hasta la muerte. 

Podría seguir hablando de este libro, pero es momento de ir cerrando. No diré algo nuevo. No iré más allá de estas palabras que provienen de un simple lector. Este libro es maravilloso a pesar de sus vicios, como un lobo. ¿Será este libro un lobo domesticado o un alfa como Nujuantutuq? A lo mejor está allá afuera esperando a que sea adiestrado a la fuerza, como Juan Guillermo adiestró a Colmillo. Una vez que eso pase, el lobo te seguirá, pero recuerda cómo acaba la historia, hay que dejarlo libre para que encuentre su estado natural en la libertad. 


Nota final: 9.5/10 

viernes, 14 de noviembre de 2025

nostalgia (previa a el siete de xxxxxxxxx pt. II)

 Nostalgia de estar y de existir con la consciencia tan aguda siempre. Nostalgia de un adolescente de diecisiete años cuyo sufrimiento radicaba en la idea de alguien. 

Maldito el momento en el que la seriedad embargó mi alma. Antaño, las nubes revestían el fondo más profundo de mi cráneo, y el futuro sonaba como un espasmo violento, sólo pensaba en los fines de semana estar tranquilo viendo videos por la tarde. 

Era un niño, era un mundo nuevo, un ser intransigente por su inexperiencia, pero callado por naturaleza. ¿Cuántas lunas soñé con los dinosaurios y las estrellas? ¿cuántos días fueron suficientes trotando entre mis sueños para poder perderlos? Para abandonarlos y revestirme con una armadura pesada, como grilletes. 

Cuando era niño sólo era yo y mi mente, yo y los viajes intergalácticos que mis ilusiones propulsaban. Era yo y el libro del antiguo Egipto, los faraones y los gatos enormes. Era yo y los cómics sangrientos del hombre araña que me propiciaban pesadillas, los primeros encuentros con lo oscuro. Era yo y mi cama como un castillo en dónde, juraba, si miraba de reojo a mi patilla podía ver al lado mío al monstruo de Frankenstein. 

Pero eran dulces días, cuántos videos habré consumido. También videojuegos en el iPod. Las canciones en el otro iPod y la atropellada media hora en la que jugaba en la computadora a juegos Friv. El libro de los insectos. La película de Pinocchio. La de Cinema Paradiso. La historia interminable. 

Ese niño creció. De pronto, la secundaria, los cambios en su cuerpo y en su mente. 

De pronto los juguetes dejaron de vivir como en Toy Story. Recuerdo la última vez que jugué con mis calaveras de madera en honor a la metamorfosis del niño que debía forzosamente crecer. No he roto la promesa. Jamás volví a jugar (no de verdad). ¿Cuántas horas de luz habré visto a través de la ventana de este departamento? ¿Cuántas horas frente al Wii, frente a los espejos cuadrados? Frente al silencio después de los ruidos y las perturbaciones. Cuántas dudas mi cabeza formulaba. Cuántas veces adoré a la pantalla en silencio, al espectáculo del fútbol que unía al grupo completo, pero a mí me gustaba, quería ser parte de algo. 

Pero crecí, eso creo. De pronto me hice enorme, la sociedad me apabulló, Facebook, el maldito Instagram, el ojo público. Los trece, catorce y quince años aún preservaron dulzura. En los recreos, taciturno, iba de un lado a otro buscando un balón que patear para entrar a una reta de fútbol sin que nadie me invitara, o buscaba refugio en las conversaciones de alguien. O quizá, simplemente comía en silencio, fuera de los salones. Maldito sea el día en que la fuerza irrigó mis miembros y los volvió sedientos de la acción motora. Maldito sea el día en que conocí esos ojos avellana, ese color lechoso y cabello lacio. 

 Yo era un niño muerto, adolescente recién nacido. Era un amasijo de sensibilidad, alejado de las fantasías más prístinas y bellas, pero sin mucha otra alternativa a la cuál recurrir para imaginar. Aún no aprendía a leer (a leer de verdad, entendiendo, apreciando, desmenuzando). Supongo que tuve un último aleteo de inocencia. Un último instante en cuyo mi mundo personal sacro fue dignamente apreciado y santificado por mi mismo: el universo, los dinosaurios, el amor por conocer y engancharme a la información valiosa. Supongo que antes de que se desgajara mi primera piel fui capaz, por un último momento, de apreciar la belleza, la sencillez y calidez de lo que me atreví a complejizar. 

Pero otro yo crecía, ya no me veía como antes, ya no pensaba como antes, mi corazón comenzó a palpitar sangre negra cuyo origen fueron los infiernos de la ira. Comencé a sentir mi cuerpo, y una palabra comenzó a alejarme del ensimismamiento: futuro. También, comencé a sentir románticamente a razón de otros, quise indagar por vez primera los comportamientos ajenos, pero antes que ello, entender la naturaleza de los ojos avellana. 

Sin culpa te dejé morir, pequeño Octavio, y lo hice sin darme cuenta. Porque todo el fuego de mi pecho se desbordaba de mí, y yo sabía que eras incompatible con él. Sé que sin quererlo te inyectaron el gas que alimentaría este fuego, sé que tu arquitectura mental no fue capaz de soportar aquellas rabias primigenias, y no te culpo, que bien que me dejaste a mí el trabajo sucio. Tenía catorce años, y sabía que la vida cambiaba para siempre, así que me dirigí a mi interior y construí una torre. Bloque a bloque, yo, como un pequeño obrero, elegí una planicie mental y lo primero que hice fue dibujar las nubes que antes allí manaban colores brillantes, y las oscurecí. Después, bloque a bloque (en una velocidad que me sorprendió en verdad) fui dándole forma a un castillo. Adentro debía habitar lo que nunca pude solidificar: la esencia de mi mismo. Debía estar protegido, el mundo se avecinaba. Pero me veía a los espejos que dentro de mi castillo habían, y me veía desnudo, puro y color naranja como una flama, entonces decidí que tenía que elaborar una armadura que me protegiera doblemente de todo aquello que pudiera lastimarme. Pero... antes, tuve un espejismo que me rompió para siempre. Antes, en aquella fusión entre niño y adolescente, conocí los ojos avellana y no supe manejar nada de eso. Yo, sin coraza, expuesto, confundido. Dramático, y desposeído de herramientas de control emocional. Me inventé el mito de la repetición del mismo día: un amante recuerda el día en que perdió a su amada y vive condenado a repetir ese día en sus letras, lo escribe en un libro cuyos capítulos son siempre el mismo: el campo, las planicies eternas y extendidas hasta que la vista se pierde, luego la tormenta, arroparse con ella, pero nunca ver su rostro: ella es de papel y se desbarata. Todos los días, el final es lo único que cambia, a veces él tiene que ir por un poco de pan con la vecina, o por leña al bosque, o encontrarse con ella simplemente existiendo. Pero, día con día, poco a poco, ella pierde forma, los objetos, su dimensión, las paredes, su firmeza. Todo se va convirtiendo en papel y los ojos de ella se vuelven un espectro, pierde la voz, y cuando él quiere hacerle el amor sólo encuentra la luz que se desvanece de un fantasma. 

Supe que ese era mi destino si no abandonaba su idea. Decidí que por mi bien ella debería partir, pero yo fui ese hombre del mito. No lo habría podido articular en palabras si hubiera sido de otra manera. 

Esa fue la estacada final a mi niño interior, quien sólo había conocido rabia e injusticias, pero no oscuridad verdadera (mis oscuridades son dos gotas de petróleo, el mundo nunca me estacó el corazón, pero yo soy un dramático). Mi niño interior, si murió, fue de horror ante la noción de que el dolor podía estar anclado a la relación con el otro, y ese mito fundacional: la relación con el otro, se convirtió en una de las nuevas estelas que guiarían mi búsqueda de significados (antes, apreciación de información). 

Corrí de nuevo, pero ahora había a donde ir, a la torre. Entré, y, desesperado, el fuego se apoderó de mí, y decidí construir un cuarto maquiavélico de donde, como Pigmaleón, construiría con mis propias manos la estatua de la que me enamoraría y los dioses le darían vida. Nunca más me harían daño. Mi mente se transformaba. Yo simplemente elegí el control para que las cosas no me hicieran daño. Mientras tanto, decidí ir en búsqueda de los metales más preciosos y pesados cuyo revestimiento me alejaría de todo mal, y podría enfrentarlo todo, como nunca me enseñé o me enseñaron en la niñez. No busqué recuperar mi yo perdido, supe que había muerto, decidí enfrentarme al futuro, con la coraza real que revestía mi ser y protegería del peligro. Yo debía estar listo espiritualmente. Así que en otro cuarto de la torre comencé a forjar mi armadura, la adherí a mi ser, me expuse a la coordinación y endurecimiento de mi cuerpo: decidí que nunca debía volver a fallar. 

Después de tanto tiempo habitando esta torre cuya única luz se vislumbra amarillenta y tenue en forma de relámpagos solares, me miro al espejo que ella rompió, y veo una armadura perfecta, roja y ocre. En mi corazón hay un núcleo de mercurio inestable que se exacerba o atenúa según mi entendimiento filtre sus impulsos. Mi máscara tiene la forma de un casco de gladiador sin la pluma, es rojizo también, no hay lugar que no esté protegido ni amoldado a la hermosa arquitectura que he detallado con motivos góticos y esculturales. Me miro al espejo y noto un par de ojos rojizos, destellan fuerza. Este castillo ahora está lleno de libros cuyos pasajes he memorizado completos, hay salas en donde las emociones ya son procesadas, incluso, hay una ventana hacia la realidad. Pero... he quebrado la habitación de creación. Pigmaleón está maldito, yo forzosamente lo estuve también. Recuperarse de una maldición cuesta. La maldición de crecer... Y... he creado un par de lugares más. Una tumba. Una pequeña cabaña. De tanto en tanto, abandono la armadura al pie de la torre y en forma de espíritu anaranjado, sensible y débil, acudo a ella y observo el archivo que he escrito con mis propias manos: acudo a mi memoria frágil y temporal. Acá estoy desprovisto de todo, y juraría que dignamente un día podría volver al cielo o infierno en estas mismas inmediaciones si la flama que soy se apaga. 

A lo mejor el error no fue mío, fue del tiempo. A lo mejor sí fue mío, y debo buscar las cenizas de ese otro aire, ese otro color de nubes y ese sol que bloquean las nubes espesas. Pero hay algo adictivo en habitar la oscuridad (que no es lo mismo que las sombras). Hay algo enorme en sentir la pesadez, y es a lo mejor la expiación de culpas y sentires: si todo es pesado y sombrío es justificado sufrir por ello el tiempo necesario para sanarlo. 

Sin embargo, ante todo, crecí, siento nostalgia de revisar los archivos en mi memoria de ese niño que no tuvo que preocuparse de nada, que percibía a raudales y a gusto otros mundos, otras épocas de la tierra, otras realidades tan distantes como fascinantes. ¿Puede volver? No va a volver, murió de horror, ya lo he dicho. Pero pueden sus ilusiones educarme. Probablemente puede, si tengo suerte, hacer que despeje el cielo nublado y me de la luz natural, puede hacer que forje un cuerpo y no una armadura y que, por vez primera, la voz asesina del tiempo me deje de aterrorizar y pueda habitar plenamente sin exigir control a todo, a todos.