Màs imágenes: es mío el fuego negro que a la entraña alimenta; está dentro mío la figura de un tótem que cristaliza los rostros. Atrás de ellos están sus palabras, talladas con fuego. Yo recuerdo, y si te veo atravieso tu alma y te leo, todas esas palabras que orbitan tu mente, todos esos enunciados que apenas vislumbras yo ya los vi.
¿Mentirías entonces? ¿pero qué pasa cuando volteamos el pellejo de nuestro rostro? ¿qué pasa cuando nos levantamos la piel y, en carne viva, solamente el poder vernos al espejo sinceramente alivia nuestros dolores? ¿a dónde se irá toda esa sangre? ¿Nos pondremos a gatas y trataremos de llamarla, para que vuelva? ¿para que nos haga compañía? ¿la probaremos y el amargo olor de nuestra carne quedará impregnada en nuestros labios? Así, destazados de rostro, sin rostro, con el único rostro, así, con nuestros músculos al descubierto, ¿nos atrevemos a mentirnos? ¿No es acaso nuestra mano que proviene del espejo la que se posa en nuestro hombro, y nos calma? ¿No son esas lágrimas las que intentamos guardar en pequeños frascos, para bañar nuestra piel con ellas màs tarde, y decirnos "no ha pasado nada, no ha pasado nada..."? ¿a cuántos kilómetros estamos de la redención? pues a salvo nos mantiene nuestro rostro, incluso nos impulsa a la violencia, la protección, la testarudez, a veces nadamos directamente en el olvido, a veces generamos recuerdos de paja a consciencia, es por la máscara que cubrirá el carmín de la sangre -el único color para todos, el único color universal-. Pero el rostro se gasta. La máscara de arena se va erosionando, palabra a palabra, injuria a injuria. Eventualmente, sólo tenemos una pañoleta que cubre los músculos brillantes y los tendones que tensan las sonrisas falsas. Eventualmente, las palabras aladas manan de una boca sin labios, con encías sangrantes. Eventualmente solo la monstruosidad nos envuelve, eventualmente no queda màs opción que regresar al espejo y mirarnos para aliviar la vergüenza.