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lunes, 11 de noviembre de 2024

El filósofo, aquel que "no hace nada"

 -"Pero como filósofo, ¿qué haces?" 

-Ya le he dicho. Pero lo pondré en términos aún más prácticos. Como filósofo sé leer y escribir bien un texto... 

-"Ah, o sea que puedes trabajar de periodista, escritor, o editor, ¿no es así?"

-Sí, pero no es mi interés primordial trabajar de ninguno de esos oficios. Cuando hago filosofía hago más que el trabajo de investigación. 

-"Y si es así, ¿qué haces exactamente? Parece que los filósofos no hacen nada." 


Ficticia, pero también anecdótica es la situación presentada en la anterior interacción. Me ha pasado múltiples veces. De algún u otro modo, una u otra persona fuera del nicho filosófico siempre llega a la incómoda pero incisiva pregunta: ¿es verdad que los filósofos no hacen nada? ¿pensar es una actividad?, ¡pero no estás produciendo más que textos que sólo académicos leerán!, ¡vete a usar tus habilidades para algo que por lo menos se lea! 

En nombre de mi ethos y de la utilidad de mi oficio, permítanme hacer una defensa a la labor filosófica, detallando de qué se trata y por qué es medular para cualquier civilización que busque progreso. 

La clásica noción de filosofía como amor a la sabiduría se queda corta para la presente defensa. Es también incompleta porque amar a la sabiduría no implica necesariamente hacer práctico ese saber. Uno puede ser un devora libros que, en su glotonería intelectual, se regocija sobre información añeja que, es verdad, lo aleja de este mundo. Hace unos meses ya hablé de eso en este blog. El caso es que, naturalmente, debemos entender qué es ese más allá al que pretende ir la filosofía. Argüir que se trata de una manera correcta de pensar suena interesante, pero entonces debemos definir cómo y por qué se piensa mal, cómo y por qué algo pensado es una mala conclusión y buscar lo mismo para con un buen modo de pensar. Lo anterior no puede sino caer, más pronto que tarde, en cierta forma de dogmatismo ideológico. No quiero decir que no hayan pensamientos indeseables o condenables, pero aquí me refiero a un proceso y no a un resultado. Es decir, estoy pensando que la filosofía es un proceso a partir del cuál uno puede pensar.

Decía Kant que se puede enseñar filosofía, pero no a filosofar. Es absolutamente cierto, y es un pensamiento que concuerda bastante con mi opinión y que, además, rescata el punto medular del presente escrito, y a continuación trataré de hacer notar por qué: 

La filosofía abarca las doctrinas que los pensadores han formulado como respuesta a la complejidad del mundo. Han elaborado explicaciones que tratan de hallar consistencia en un mundo inconsistente. Tratan de hallar sentido y formulaciones coherentes en un mundo donde prima lo desconocido. A la filosofía puedo comprenderla como la aplicación de principios lógicos elementales que, de ser ciertos, brindan seguridad explicativa ante la realidad que se presenta. La filosofía es una llave que abre el cerrojo del mundo, y la recompensa es haber descubierto que el sistema propuesto -y como consecuencia, el mundo- hace sentido. Otra recompensa es notar que probablemente la racionalidad va más allá de lo que uno puede pensar. Por eso se puede enseñar la filosofía, porque los diversos pensamientos pueden denominarse doctrinas. Toda doctrina suele estar bien articulada sobre bases teóricas sólidas, y por lo mismo se puede aprender, en el peor de los casos, como información más o menos bien acomodada. En el mejor de los casos, como un desafío intelectual que, al superarlo, será imposible ignorarlo, y por tanto será aplicado con éxito con la realidad. 

Pero, ¿qué es filosofar? Bien... es quizá la pretensión más grande de todo filósofo. ¿A qué se debe esa grandeza del filósofo que no se puede enseñar y que hace la diferencia entre un gran filósofo y uno extraordinario? A lo que estoy tratando definir. Al filosofar mejor o peor -no me malentiendan, es un acto muy difícil en sí mismo-. En general si un filósofo (valga la redundancia) filosofa, lo hace 'bien'. Es decir, ocurre lo mágico: piensa a su manera. Filosofar es aquello que hacemos en silencio cuando nos preguntan qué demonios estamos haciendo. Filosofar es el ordenamiento de las piezas que obtuvimos al explorar el mundo, son las conclusiones a las que nuestra mente nos conduce. ¿Y eso que lo diferencia de una opinión? En el fondo más elemental, en nada. Pero hay opiniones mejores o peores fundamentadas. El filosofar es algo así como una super-opinión que no se queda en el nivel del juicio. Aquella pretende ser resolutiva con respecto a los problemas de la filosofía. ¿Cuáles son esos problemas? Aquí algunos: ¿es el alma inmortal o perecedera?, ¿las matemáticas -y los sistemas lógicos- están fundamentados? ¿dónde reside la naturaleza del axioma? ¿por qué la vida vale la pena ser vivida?, etc., etc. 

Entonces, para todos aquellos que pregunten ¿qué hace un filósofo?, contestaría: tratamos de resolver, con nuestras armas, problemas existenciales y teóricos de la más alta categoría. ¿Se pueden ver o tocar? Quizá no, pero se pueden sentir. Todo ser humano se ha enfrentado a la pregunta, por ejemplo, de qué va a pasar después de la muerte. El filósofo está preparado teóricamente hablando para dar una respuesta más completa que alguien no filósofo. Esto no quiere demeritar aquellas otras respuestas, pero es verdad también que en nuestro oficio aprendemos a través de herramientas teóricas conceptuales modos de aproximarnos a esos problemas, que al final nos conducen a una respuesta articulada y que, como toda teoría, puede ser cuestionada, pero pretende ser de alta calidad. Los filósofos generamos pensamientos de alta calidad. A veces la gente piensa que esos pensamientos tienen que ser necesariamente positivos, pero no suele ser la norma, así como tampoco suelen ser negativos. Diría yo que suelen ser formales. En ese sentido, suelen tener estructura y lo positivo o negativo tiene que ver más con aquel que lo formula que con la naturaleza del problema. Ahí se observa el sello que cada autor impregna a su obra filosófica. Cada filósofo responde a su manera, pero responde bien. Y si la solución es negativa -ej.: un filósofo que argumente a favor del suicidio bajo ciertas condiciones-, se deberá evaluar la respuesta, no como dogma, sino como una posible entre las muchas otras tantas que puede haber al respecto. La predisposición a aprender de lo planteado debe prevalecer antes de asumirla como la mejor respuesta. Recordemos que el sello de individuación debe permanecer en el pensador, cualquiera que sea. 

Eso hacemos, ni más ni menos. En silencio. En los pasillos de la facultad, en nuestras casas, y sí, requiere silencio y un espacio apto. Pensar es difícil. En especial, pensar acerca de la filosofía. 

Nadie nos enseña a pensar por nuestra propia cuenta, pero podemos ser entrenados a través de la comprensión de, por un lado, los mecanismos internos que poseemos del pensamiento propio, y por el otro, de la observación directa de lo que acontece fuera de nosotros. Es una fusión de ambos elementos lo que genera el camino unívoco hacia la generación del super-pensamiento. Si a ese procesamiento le añadimos el énfasis e interés en los problemas fundamentales, más el propósito de tratar de resolver de algún modo ese problema fundamental, tendremos un proto-filósofo que sólo con el tiempo y reflexión podrá ser grandioso. 

El resultado incide en la realidad. Un pensador de gran calidad puede llevar sobre sus hombros fieles seguidores o detractores. Un buen pensador podría, por ejemplo, resolver el problema teórico de por qué la educación en México resulta mediocre y por qué es tan difícil converger al estudiante con materias que no le interesan a nivel secundaria. Podría preguntarse si una escuela de iniciación artística es igual de necesaria que una que priorice la lógica matemática. O podría preguntarse si un buen ciudadano debe de tener cultura general por el hecho de ser ciudadano y no entregarse tal analfabetismo. 

No tiene por qué ser utópica la resolución. Podemos incluso lanzarnos al ruedo vía pensamiento. Podemos enseñar en comunidades marginales. Podemos enseñar en cárceles. Que el filósofo promedio no tenga el valor en más de un sentido para hacerlo es otro problema. Pero de que se puede, se puede. 


Así que eso hacemos. 

La filosofía motiva a lo humano. La filosofía es un esfuerzo por no morir de preguntas y, por qué no, alcanzar el cielo ideal que sólo pensamos pero no vivimos, aunque solo la realidad que pensemos ideal merezca ser vivida.