Este planeta es ideal para mí. Es oscuro, y sólo los rayos de las tormentas lo iluminan a base de espasmos plateados. A veces, eventos como éste también lo logran. Pasa que hay una capa de nubes tan gruesa que los rayos del sol al cuál el planeta orbita se quedan excluidos de aquí, de la superficie. A pesar de ello, he palpado todos sus surcos y protuberancias. He crecido aquí desde que tengo memoria, y de algún modo, me he hallado también perfectamente bien a lo largo del tiempo. Lo que más disfruto es recorrer los valles solitarios corriendo, saltando o rodando, o quedarme quieto en posición de loto unos cuantos miles de años. Este planeta también tiene un océano turbulento, cuyas aguas son muy difíciles de calmar. Es otro de mis desafíos ir allí y tratar de dominarlas. Es allí precisamente donde las tormentas más salvajes ocurren, no han tenido un fin hasta ahora, y no se sabe si han tenido tampoco un principio. Parece que todo lo que existe en este planeta siempre ha sido así. Sus piedras, su oscuridad, sus turbulentas aguas, las tormentas.
Sólo sé que éstas son las reglas.
Es mi hogar, desde luego. No tengo muy claro cómo es que llegué aquí, y no tengo realmente opción de salir de aquí tampoco. Pero yo tengo poderes. Todo lo que reflexiono lo tatúo en fuego sobre las piedras sagradas, y son los textos a los que recuro una y mil veces. Estar tan solo conduce a la mente a recurrir a métodos extraños para no volverse loco. O... volverse loco de una manera, digámoslo así: personalizada y ajena al dolor. En mis eternas caminatas he tatuado miles de letras y palabras en la memoria colectiva de un sólo individuo: yo mismo. Mentiría si digo que no he interactuado con algo fuera de este planeta, pero todo aquello asemeja, muy muy en el fondo, a un espejismo radical que no puedo simplemente tomar como cierto. Cierto soy yo, aquí, en esta piedra, mirando al cielo mientras la suave brisa me empapa el cuerpo, mientras respiro tranquilamente imaginando aquello que llaman estrellas o aquello que llaman luz solar. Cierto soy yo, que puedo formular silogismos silenciosos para atacar todo aquello que es externo.
Entonces me encaminé hacia el lugar de la colisión. Unos cuantos kilómetros de distancia, solamente. Mientras voy pensando en qué podrá ser. O si me tocará vivir en espejismos otros tantos eones.
Recuerdo haber visto esto antes. Los cielos se rasgaron como ahora, y una aurora de dedos de rosa logró polinizar algo de color en estos paisajes, pero también lo malogró en muy buena medida. Hay algo de mi que miente cuando digo querer no estar solo. Solo estoy bien. Solo, tengo el control. Solo, puedo recostarme en las piedras y ver las nubes del oscuro cielo pasar, y observar sus formas y detallar paisajes tan banales como efímeros. Solo no me importa si aquello que percibo no va a trascender, porque sé que en el fondo nada va a trascender, ni el cielo rasgado que me enseña los rayos del sol, ni el candor de las estrellas. Solo identifico que el olvido es la peor pesadilla de la cordura, y que solamente recordamos ficciones, y me puedo entristecer solemnemente sin tener que contar otra versión de los hechos, y sólo quedarme con mis letras, el océano y las rocas. Solo, no molesto a nadie.
Entonces ya sabía que un ser externo había aterrizado, sabía que de nuevo nos reconoceríamos en el cráter del volcán, que al instante de mirarnos a los ojos nos paralizaríamos, solo para después diseccionar nuestras almas en un esquema mental congruente para la cognición uno del otro, y después tratar de hacer el habitar mutuo sostenible o agradable. Esos cometas han impactado en este planeta muchas veces. ¿Qué ocurre usualmente?
Comienzo a arder en flamas, mi pecho me eleva hasta las nubes, donde nacen la lluvia y los rayos, uno me alcanza y me calcina, y como un cuerpo con sus órganos y miembros mallugados caigo desde el cielo con las alas rotas, el cuerpo desarticulado, dejando ahora yo una estela de fuego a través de los aires, solo para impactar en el duro suelo de piedra, que el calor de mis miembros fragmenta en arena. Y allí enterrado he de esperar la regeneración celular que tarda otros tantos eones. Al recuperar consciencia, me estremezco y me aseguro de expulsar intrusos. Respiro los aires de paz una vez más y narro una crónica de luz prestada, ánimo prestado, casi siempre una historia de incandescencia natural propia, océanos turbulentos contrapuestos a el olor de la lavanda, embriagantes vinos y licores y nebulosas flotantes que son como pequeñas luciérnagas ahogándose en los aires de este planeta.
Todo se repite, ¿tengo que ver al respecto? por supuesto, pero la neutralidad se me da mucho más naturalmente de lo que creería, o en otras palabras: no puedo elegir lo que simplemente me gusta, y los cometas simplemente irrumpen mis cielos.
A eso voy ahora, estoy escalando las faldas del volcán, no llevo prisa, estoy bien articulado.
Apenas llego y no encuentro nada. ¿Acaso estoy demente?
Me apena el silencio. No entiendo qué está pasando. Me siento como si estuviera siendo narrado. No yo, por supuesto, porque este verdaderamente soy yo. En mi planeta, en mi silencio. Más bien, este otro yo, aquel que cree inventar un alter ego metafísico. Soy yo el falso, el dueño de los espejismos, de las compulsiones, del cuerpo y de lo terreno. Soy yo al que mi noema inventa.