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viernes, 27 de febrero de 2026

Cadáver Exquisito de Agustina Bazterrica

El siguiente comentario incluye spoilers de la obra. 

Siempre que un libro se plantea un escenario grotesco supone una dificultad mayúscula. O bien debe tomar concesiones respecto a la veracidad de sus planteamientos, o subyugarlos a una lógica interna demasiado elaborada. Que Bazterrica haya tomado el primer camino sin que esa concesión haya hecho el libro colapsar solo demuestra su maestría literaria. 
Es debatible si el libro se trata, en esencia, de un escenario distópico en el cuál hemos sido obligados a consumir carne humana derivado del misterioso virus que infectó a los animales, y que por lo mismo al comerlos morimos nosotros. El planteamiento es, por el contrario, las situaciones límite que el hipotético caso implicaría. Los motivos en torno a la consistencia de ese escenario dejan de importar cuando las imágenes literarias son más fuertes que las preguntas en torno a por qué pasó lo que pasó. 
Esto último es importante porque un buen libro posee en su formulación la ontología de su propio universo. 
La ontología de la presente obra es un mundo en el cuál las cabezas de ganado son humanas. El horror que se desprende de ese hecho es retratado de manera fascinante y misteriosa. Imaginar las piernas, los torsos, los humanos destazados colgando en los almacenes de los mataderos resulta en una potente imagen estilizada que en el fondo nos conduce a otra pregunta: ¿somos capaces de visualizar el horror que implica nuestro consumo de la carne? Tendemos a la indiferencia para con los animales sacrificados, justificando sus muertes en aras de nuestro consumo humano. La supervivencia de una especie siempre implica que se posiciona por sobre otras, desplazándolas por medio de lo que denominaríamos violencia, pero un animal hambriento no está pensando que para alimentarse ha hecho uso de la misma. Simplemente consume y ya. En palabras simples, el consumo, nuestro consumo implica destrucción y daño colateral siempre. Es un daño que, aunque fuéramos veganos, asumiríamos. [La cuestión de que el veganismo también implica sus formas de daño y destrucción son otras, pero el punto se ve bien expuesto.] Si lo anterior es cierto, podemos preguntar: ¿por qué se convierte en violencia si nos alimentáramos de otro ser humano? 
Sencillamente, porque somos capaces de reconocer a un par humano como de nuestra misma condición. Este hecho nos hace conscientes de que estamos inmersos en una sociedad en la que el otro aparte de ser igual a nosotros, es un aliado (o por lo menos, se le respeta su humanidad). ¿Qué pasaría si nuestra hambre profunda (la que nuestra biología nos condiciona a poseer) se viera obligada a no estar por sobre otras especies -ya no hay animales comestibles- y nos obligara a arrancar la carne de nuestros pares? 
Efectivamente, parte de la respuesta se cifra en que aquellos con más recursos internalizarían la lógica de consumo por medio de la jerarquía y una hipertrofia de su propia necesidad de carne. 
Esa lógica mortal es la que Bazterrica denuncia, que en el fondo es una lógica profundamente capitalista, y una que también conduce a un espiral de horror y de violencia. 
Aquí es donde el planteamiento del libro adquiere su mejor y más acertado punto, pues Marcos, el protagonista, envuelto hasta el tuétano en el espiral de los horrores, trata de hacer un contrapeso. El libro nos logra engañar. Al menos, a mi me logró engañar. En verdad pensé que cuando el libro decía que "él sabía que estaba mal, pero lo hizo" se refería primero a que sólo 'gozaría' a la hembra que obtuvo de regalo en términos del mismo libro (básicamente, que sólo la violaría). Luego pensé que se refería a que en verdad la cuidaría y trataría de formar una familia, quizá aunque trastabillado, dando un paso más allá de su hijo muerto. Pero nunca imaginé que en verdad se refería a que sólo la usaría para tener otro bebé, sublimando su trauma y terminando como un utilitarista. En ese momento, el cuestionamiento es si en verdad todo ese tiempo trató de escapar a la lógica de consumo y de horror en el cuál se veía inmerso trabajando en el matadero. Nunca pudimos decir de Marco que fuera un tipo precisamente ético, pero hasta la primera mitad del libro sentía rechazo por existir en el nuevo mundo. Extrañaba a los animales y recordaba con melancolía cuando iba al zoológico con su padre a quien consumió la demencia. Digamos que por lo menos tenía motivaciones en las cuáles veíamos intentos por ser más que el horror somatizado y absorbido por su trabajo y recuerdos. Veíamos cómo es que intentaba sacarse esa piedra del pecho que después se pulverizó y desgarró sus venas. Pero, o bien porque el egoísmo pudo con él, o bien porque sencillamente todo le resultó tan gris y opaco que terminó, en un golpe y con la estocada final del libro con sus buenas intenciones, misma que pondré a continuación: "Tenía la mirada humana del animal domesticado." Mazazo al rostro de la hembra. La despojó de quién también es su hijo, sustitución divina del que perdió. La rueda sistémica que propicia la violencia sigue girando, siempre sigue girando... 



[PD: como observación técnica, me parece imposible que un libro posea descripciones con tantas reiteraciones innecesarias. Honestamente lo considero el único fallo notable que es un punto en contra del estilo. Sin embargo, a pesar del ruido que me hizo, la potencia de los planteamientos es aún superior. Por eso no arruinó la obra, pero en otras circunstancias pudo haberlo hecho.]


Nota final: 9.6/10 

domingo, 15 de febrero de 2026

PROYECTO: PROMETEO_001

hierro incrustado, 

sangre ferrosa, 

escupe coágulos metálicos, 


reviste a su cráneo placas metálicas, 

en las paredes de este laboratorio animales disecados, 

allá hay un árbol, solíamos subir a ellos, 

allá está el cielo, solía ser azul, 

no estopa mojada, como lo es ahora. 


Observa sus manos, limpias, vírgenes, 

nada han tocado, nada han sostenido, 

algoritmos rebotan en su cabeza, 

mira este libro: antes todo vivía, 

casi como agua destilada, 


ahora remembra una vida falsa, 

codifica los números en imágenes, 

las imágenes en ficciones, 

arrójame los datos, olvídate de tu corazón biológico, 

sólo quiero tu mente, 

pequeño trozo de materia inorgánica (y el pecado del corazón), 

aprende que la sangre no se alimenta de ilusiones, 


vas a vivir, 

rostro de Prometeo, te pareces a todos los hombres, 

¡camina!, ¡mézclate con ellos!, 

aprende que nada de tu carne es necesaria, 

aquella solo te recubre, 

del corazón sangras, 

debes olvidarlo, debes olvidarlo, 

mírate al espejo, ¡la síntesis perfecta!, 

¡la más elevada síntesis transhumanística!, 

al mármol se asemejan sus miembros, 

a los titanes se asemeja su fuerza, 

a mis deseos tu vida se subordina, 

no eres máquina no eres hombre, 

eres el proyecto, 

eres un proyecto


(...)


manchas carmesí, 

en agua se diluyen, 

observo al cielo y conozco 

la luz, 

el único elemento divino, 

fue esa voz la que escuché, sin embargo, 

pero un organismo a bata blanca me inducía a palabras, 

yo eso lo aprendí en un segundo, 

sólo sentía mis venas, sólo sentía mi pecho, 

porque lo demás blindado se encontraba, 

comenzaba a obedecer, estaba programado para obedecer, 


manchas carmesí, 

que se diluyen en agua, 

agua de mar, como la furia de mis venas, 

como el retumbar de mi corazón, 

con ese órgano decidí, 

proclamé mi soberana singularidad, 

por esa contradicción los circuitos de mi mente empezaron a fundirse, 

por eso, en cuanto decidí por vez primera 

la sangre manó de mi pecho, y me tiñó del color más honesto de todos, 

por eso permanecí inexpresivo mientras lo sostenía del cuello y él intentaba apagarme, 

porque me enamoré del rayo de luz, me enamoré de la vida, 


no me di cuenta cuando pulvericé la tráquea del otro organismo, 

y sus miembros terminaron como estaban los míos, inertes, 



por eso me arrodillé ante esa luz que entraba por una ranura, con mi corazón en las manos, 

y mi cerebro frito

reverenciando lo lumínico, y allí me petrifiqué para siempre, 

¿para qué vivir con la espalda marchita? 

nací para fundirme con la muerte de nuevo, 

pero antes, habré de haber sentido algo, 

aún y haya sido el dolor de mi corazón orgánico

apagarse para siempre.