¿Qué podía hacer frente al miedo?
¿Qué podía hacer frente a los gritos, la incertidumbre, el abandono?
¿Qué podía hacer frente al silencio que presagiaban el ojo letal del inspector, de la corrección, de la furia?
La furia no la elegí, al menos no conscientemente. Es simple, en más de un aspecto. Fue un regalo (maldito) del cielo, fue un mecanismo de supervivencia: un escape. El caos me quitó todo lo que respetaba: mi silencio y mis pensamientos. ¿Qué iba a hacer yo si no es que pelear de vuelta?
Eso se dijo a sí mismo un niño ante la miseria del mundo circundante. Aquel tuvo un desafío real. Hoy día yo ya no tengo desafíos reales. En parte, que bueno. Edificar de la nada no es algo que deba hacer yo, como sí lo hizo él. ¿A qué acudió? ¿Qué me heredó como un sello fundacional en mi frente?
La ambición desmedida. El control, el orden. Hoy día domina la laxitud, el engaño, y el libertinaje en el mundo. No podría ser de otro modo y no deseo que lo sea. Pero hay un asiento teórico y práctico que mi sangre me ha indicado es en donde debo reposar. Hay una explicación para todo. Hay una -falsa, si quieres- seguridad en el control que parcha todo lo que se puede salir de las manos. Yo, por definición, no puedo controlar ni dejar llevarme por lo que se salga de las manos. Yo no tengo esos otros poderes de la adaptabilidad, de la lujuria y la gula extrema. Yo estoy hecho de otra madera.
En mi día a día se me ha acusado de dos cosas, reales en esencia, pero incomprendidas en la misma medida. Egoísta y autoritario.
Por supuesto. ¿Cómo podría ser de otra manera? si el pequeño sólo tenía sus puños para enfrentarse a lo desconocido y la incierta cantidad de tiempo que el silencio durara? ¿Cómo podría ser de otra manera si sólo entendía de manera fundamental lo que mi mente podía absorber? -un tesoro que, parecía, nadie más comprendía.- ¿Cómo iba a ser de otra manera si mi sangre me arrastra a la edificación de cuestiones, nociones, mundos particulares y compartidos? Si mi esencia es y será siempre poseer el bastión de la dirección en la ejecución de mis ideas. Ellas son la única estela que miran mis ojos.
¿Y sabes qué? no puedo, ni quiero desposeerme del control y la furia. No puedo eliminarla de mí. Así como tú no puedes desprenderte de tus rasgos fundacionales. No quiero eliminarla de mí porque el poder es sabroso, es el ente invisible más cotizado del mundo, es lo más difícil y más fácil de ejercer a la vez, a veces basta con bajar un poco la voz y brindar un silencio. Los que gritan son solo tiranos -probablemente lo fui alguna vez-. No quiero porque he edificado la fuerza, la vida, mi vida, en un ciclo de constancia (mas no rutina, muerte a la rutina, el que solo repite sin inteligencia nunca progresa) que me arroja al desafío del mañana para enfrentarlo con mis mejores armas: el pensamiento y, al parecer, esta furia.
Quema, por supuesto. Me he calcinado millones de veces en sus adentros, a veces no sé de dónde mana la energía de mi interior para seguir enojado y seguir maldiciendo. Es un precio a pagar. Lo que considero pertinente ahora es que no permitiré en la medida de lo posible quemar a los otros, lo he hecho casi sin darme cuenta. Soy en parte desagradable. Pero qué te digo, lo llevo en la sangre. Mis ojos frente al horizonte son sus ojos, mi intuición es la suya pero potenciada, mi furia es la suya, pero atenuada. Pudo haber sido peor, por supuesto.
Sigo siendo combativo. Sigo maldiciendo. ¿Qué te digo? cada quien tiene sus vicios. Tú tienes tus vicios. Sólo el ejercicio de la genealogía individual nos puede develar por qué somos así. Quizá entendernos. Quizá ser mejores.
Yo tengo el sello de la furia en mi frente. Te digo la verdad: nunca se ha apagado. No sé si se apagará algún día. Nunca me ha abandonado. No sé si esto es bondad. No me importaría, yo no busco la bondad, nunca la he buscado. Esperaría en cambio que asemejara o acercara a la virtud, esa sí la persigo, de esa sí estoy sediento. La virtud duele, sacrifica, endurece poco a poco conforme pasa el tiempo, esta furia y esta asertividad me llevan, con suerte, a habitar allí. Para eso sirve, por lo menos. Pocos lo entendemos. Pocos tenemos la cabeza tan dañada en ese sentido. Pero... aquí estamos. Asumiendo que sí servimos para algo de lo que quizá el mundo no está preparado. Servimos a ideales que están más allá de lo humano. Porque si no podemos ser dioses -que ordenarían el cosmos en su totalidad-, por lo menos podemos parecernos a ellos. Aunque, en efecto, somos los más humanos de todos los dioses.
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