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domingo, 11 de diciembre de 2022

Dios

 Tenía ocho años y me dijeron que mi tío se casaba. En ese entonces mis ideas del mundo eran más simples. No por ello, en su momento, menos complejas para mi pequeña mente. ¿Qué es el casamiento, mamá? Es cuando dos personas se quieren mucho y van a vivir para siempre juntos. Muy bien, mamá. 

La idea de una fiesta me parecía perfectamente lógica. Para ese entonces ya había participado en algunas con mis compañeritos del kinder y primaria. Entonces dije: genial, todo bien, sólo que esta fiesta es para gente más grande. En el aspecto teórico todo iría de maravilla. O eso se supondría. 

Por increíble que parezca, ese día hace trece años, pise por primera vez una iglesia. Si algo agradezco profundamente a mis padres es haberme brindado laicidad en mi pensamiento, y con ello cierta distancia del cristianismo. Pero hablamos de la iglesia. Entré, los vitrales eran impresionantes, los techos enormes y cóncavos, todo maravilloso y un poco raro hasta que... Me sobresaltó observar la figura de un hombre clavado en una cruz. Horrorizado, observaba cada aspecto de su ser, cada uno más terrible que el anterior: dos pies clavados por un único clavo, sangrantes. Rodillas descarapeladas, también sangrantes. El vientre tan delgado que parecía que a ese hombre se le había succionado toda grasa y agua intraintestinal. En el costado derecho una herida abierta, donde juré que podría brotar un ojo, o cualquier alimaña. Las dos manos clavadas en las otras dos puntas de la cruz, abriendo el pecho indefenso. El rostro, quizá el más macabro de todos, mirando al cielo, con una corona de espinas que se incrusta en las sienes, las hace llorar sangre. 

¿Qué hacía ese hombre ahí? ¿Quién era? ¿Por qué sufre? ¿Qué clase de culto es este, el que le reza a un hombre clavado en la cruz? 

Sí, tenía cierto trasfondo. A pesar de no haber sido inmiscuido en la religión católica, mi padre me contó las bases del mito, y cómo éste permea prácticamente cada rincón ideológico de este país. Pero, como siempre ocurre, una cosa es la teoría y otra la práctica. Nunca había tenido una aproximación directa con la iglesia hasta ese momento. Ese cristo gigante nunca saldrá de mi cabeza. Recuerdo que esa misma noche me puse a llorar. No sabría decir si de miedo o de compasión. Tal vez un poco de ambas. 

Algún momento creí el mito. Quizá fueron solo meses. Me sentía bien con la idea de que hablar con mi mente no tenía un efecto solo individual, sino que alguien más me escuchaba. Pero, no fueron las injusticias. No fue el evidente tránsito arbitrario de la naturaleza, donde o hay bondad ni fealdad ni belleza. Nada de ello fue lo que realmente me hizo darme de que el dios judío-cristiano no existe. Lo que realmente me apartó de mi breve filiación ideológica a cristo fue una cosa sencilla: que "Dios" no hablaba conmigo. Que evidentemente todo era una ficción. Lo pensé igual de claro que lo tengo ahora: si Dios existe, tiene que manifestarse, y tiene que ser una manifestación externa a mí. Muchos dicen que encuentran a Dios en la música, otros que en el suave viento en conjunción con el lucero matutino. Otros tantos dicen que encuentran a Dios en el orden cósmico, que si no hubiera Dios quién habría inventado el universo. Otros lo encuentran entre líneas de un libro, supuestamente sagrado. Todos hablan de encontrar. Ahí está el error. ¿Por qué se tendría que encontrar a Dios y no que simplemente el viniera a nosotros? 

Mi ateísmo se funda en la esencial premisa de que si Dios no se manifiesta, no existe. Todo el mundo creyente habla de su manifestación en diferentes cosas, como he mencionado. Pero eso no habla más que un acto absolutamente arbitrario, porque se elige creer. Y es que ahí está el sentido manifiesto y más explícito aquí. Ahí radica toda la esencia de esto. Cuando alguien cree en Dios, elige creer. 

Dios es la suplantación del vació metafísico esencial que radica en toda la existencia. Déjenme explicar lo anterior. Como seres humanos insertos en una realidad contingente en la que pudimos o no existir, en la que todo acto es tan vano en el fondo de su significación, es clara una cosa: la vida no tiene sentido. Esto no tiene por qué ser algo absolutamente malo. De hecho, es el punto de partida para una existencia plena. Si la vida no tiene sentido, queda la opción de elegir el destino entre las cosas que se nos presentan como elementos a nuestro alrededor. No obstante, esta realidad, es decir, la de que la vida no tiene sentido, es tan fuerte que, para algunas personas, no tiene cabida para poder ser soportada sin un tremendo desgarre emocional así como psicológico. Y es duro, lo se. Por eso existen refugios mentales. Por eso los cultos a las cosas, creencias, elementos, son tan grandes. ¿Qué es la playera usada por Maradona sino un trozo de tela enmarcado? ¿Qué es una bandera sino un trozo de tela ondeando con un dibujito impreso? ¿Qué es una cruz en la pared sino madera vieja en forma de "x"? Despojar del simbolismo a los objetos es solo un desafío audaz, no una significación última, lo sé, pero decido lanzar la pregunta: ¿no ese santo al que rezas es solo una figurita? ¿no sabes que sus palabras son reales solo en tu cabeza? ¿no sabes que esa significación del objeto de culto es solo tuya? 

No. No por esto desprecio al culto. Todos tenemos nuestros cultos. Pero pasa que con el del cristianismo tengo muchos problemas. Me parece que estos problemas son de corte humanitario. Es decir que, me parece, podrían interesarle a todo aquel que quiera trazar un plan de vida libre, lejos de restricciones extrañas. 

Problemas que encuentro con las medidas del cristianismo: 

1. Dogmatismo: ¿por qué tengo que creer lo que las 'sagradas' escrituras dicen? Creer esa realidad anula siglos de investigación científica con respecto al origen del mundo y del cosmos. No, Dios no creo el mundo en siete días. Tampoco muchos de los creyentes saben el contexto del judeo-cristianismo que se gestaba en los momentos donde Poncio Pilato mandó a matar a Jesús de Nazareth, en una decisión tomada casi al azar y entre dubitaciones. Tampoco conocen el origen de las fuentes que leen (cosa que es necesaria si ahí están depositando su fe), que los primeros evangelios se escribieron hasta 100 años después de la muerte de Jesús, y que todo el mito creció en torno a escritores posteriores. Nadie que haya vivido junto con Jesús narró su historia (ver El Evangelio según Jesucristo, de José Saramago).

2. Virginidad y prohibición sexual: ¿Por qué no se puede vivir una vida sexual libre? Parece que el tema les asusta de verdad. La idea de la virginidad hasta el casamiento me parece bonita en planteamiento, pero limitante a la realidad. Vida sexual libre, protegida, segura, informada y placentera para todos. Se acabó el dilema. 

3. "Si Dios quiere...", "pidámosle a Dios que se de...": Como si fuera una suerte de comodín para cuando se acabó la esperanza: Dios entra al ataque. "Si Dios quiere" es la directa evasión de la realidad tangible para darle cabida a un sutil "realmente espero que las cosas mejoren... espero que la magia esté de mi lado." Muchas veces la realidad es cruda y así tiene que serlo. 

4. Cultos: no es un secreto que las cúpulas del Vaticano operan entre redes de pederastia, depravación sexual y cantidades de dinero exorbitantes. Me da repulsión pensar que existen asociaciones así. La iglesia tiene una carga política desmedida. Históricamente, se ha dedicado desde quemar mujeres hasta adoctrinar a los nativos indígenas del terreno que hoy ocupamos como México, en 1521. Y ha erigido sus normas, sus estandartes, todo en aras del control económico y político. La iglesia es una asociación corrupta. 

5. Rituales obligatorios: primera comunión, un niño no entiende a cabalidad qué ocurre y come una hostia y toma un vino que simulan ser Dios. Confirmación. Casamiento. La iglesia no quiere a los no creyentes, no quiere perder su imperio ideológico, por eso no te suelta nunca y por supuesto te va preparando desde chico a ser un "buen cristiano". 

Hay más. Pero ahí están los que me generan más ruido. 


Después de esta crítica me siento liberado. Ha sido una que he llevado dentro desde hace mucho tiempo y tenía que salir. Pero sobre todo constituye un aspecto central en mi modo de vivir: una vida sin Dios y con una profunda creencia en el poder del individuo y su poder de elección. No supeditado a Dios ni a nadie más. Seamos libres pensadores responsables de sus ideas. 

O-

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