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lunes, 2 de septiembre de 2024

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 Un lugar donde reposar, alejado del ruido. Un lugar hermoso. Los pasos que dejo atrás en el sendero imaginario se pierden, el tiempo pasa y es letal. Cada segundo es tan fundamentalmente arrollador que no puedo sino figurarme la alarmante situación, silenciosa, por supuesto. La duda y el deseo ardiente son la directriz del camino imaginario, pero aquello que busco es sólo metafísico e imaginario. Me doy cuenta, estoy paralizado entre dos momentos intangibles, el pasado maldito que no es más que un relato a partir del momento en el que dejó de ser, y el futuro posible, que no siendo en actualidad, no puede ser más que palabras e imaginación que se basa en tendencias e impresiones. Es cierto, esta soledad es macabra, pero a la vez perfectamente lógica. Personas como yo, con la mente maldita, solo pueden formular la coherencia en sistemas intangibles. Me preguntaba si por aparte de la intuición que cargo como cruz en los hombros, los hechos que hago y ejecuto son en realidad algo significativo. Algo más allá que un peldaño de apoyo para, por supuesto, esa intuición. Es una vida muy normal la mía. ¿Por qué me causa insignificancia y hasta repudio lo natural? Lo normal, lo 'sin chiste', lo cotidiano. ¿Hay algo realmente tan profundo en los objetos? ¿No es verdad que las ideas son las que significan los hechos cotidianos y hacen que nuestra vida sea más que eso, sobrevivir? ¿Y qué más hace grandiosa a la vida más allá de la repetición (si es que eso la hace grandiosa)? ¿No es el amor? ¿No es la conexión? Sin ella, ¿en verdad los seres humanos pueden evadir la miseria? Pero uno está atrapado en su propia psique, ¿no? y sujeto a sus propios comportamientos. ¿Es posible encontrar un lugar donde reposar, alejado del ruido? 

Donde la maleza en el valle esté fresca, y que las gotas de rocío se posen, donde el sol resplandezca en una suave mañana, donde se pueda observar paz y nada más que paz a lo lejos. Un lugar donde poder caminar a pasos alados, lejos de la guerra, lejos de las prisiones personales [quizá solo anhelo la prisión más elevada de todas], lejos del mundo, lejos, incluso, de mi mente. Un lugar donde no tenga que pedir explicaciones ni darlas. Donde emerja la confianza sin mucha dilación, donde el entendimiento sea mutuo. ¿Soy un viajero? ¿Es ese mi destino? 

Es probable, sin embargo, que me encuentre siempre viajando, que por eso lo arruine siempre, y que por eso disfrute tanto recomponiendo mis engranajes, vendando mi cuerpo. He encontrado comodidad en la noción de búsqueda, y ahora no sé si puedo hallar la noción de una verdadera conexión, conexión en mis términos, pues estoy cansado, por fin derrotado, no sé por cuanto tiempo. Enterrado en el desierto, así me imagino, por quien sabe cuantos eones. En mi planeta imaginario. Hasta que mis músculos se desintegren. Hasta que me fusione con la arena y solo sea alma, y deba divagar una vez más entre la materia, y esperar a vivir de nuevo. Hasta ese momento, fantasma, viajero nocturno, ladrón de momentos, primeros momentos. Y lluvia. Ideación y destierro de tantos lugares, escuela, hábitos, cordura, mi mismo. Un cráneo suavemente dejado en el olvido. Un manofacturador de recuerdos y planes extraños. Un catador de verdades y juzgador de mentiras. Pero, supongo, un emperador a final de cuentas. 



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