Hendiduras siempre oscuras y profundas, el noema visualiza esas cavernas oculares, y se pregunta si en la terracota de sus paredes acaso podrá escuchar sus propios pasos, acaso sobreponerse al vacío del silencio. Una mirada que murió hace muchos años, ahora un par de vísceras del infinito, dos cavidades, como campanas vacías, y recuerdos desperdigados de un valle seco. Reluciente silencio, reluciente espectro que carcome los contornos en donde se incrustan negros surcos que rodean la coronilla. Y los dientes, siempre blancos, ahora expuestos, como expuesta está el hambre, extensión del estómago, de las tripas. Clavo la mirada en las cuencas, siento frío en mi pecho, siento cómo un puño me parte las costillas, y me desgarra la piel, mis músculos se descosen de un zarpazo, mi torso se embarra de miel tibia, de sangre vehemente, siento la mano que se contrae, que penetra entre mis huesos, se extienden sus dedos como un ave que extiende sus alas, y el delicado roce delinea mi corazón bombeante, lo circunda como quien acaricia a un pequeño felino, lo mira como quien observa verde alrededor del iris, casi se podría sentir la sádica condescendencia en esas caricias, pero lo sujeta, sujeta al cardio con los finos dedos de quetzal, y es apenas ahí donde ennegrecidos ojos de cenizas me miran, lo estalla sin dudarlo, logra estallar, es un órgano magullado, en plasta, está deshecho, está hecho añicos, me obligué a rendir reverencia, pero sonrío, sonrío porque mi mano derecha guarda consigo el músculo perdido, pero es el suyo, su cardio, mis dedos están enroscados en una amalgama de masa coagulada con venas y arterias profanadas, estranguladas, asfixiadas, ella también me rinde reverencia, le digo mírame a los ojos, unos ojos blancos sin suspiro se vislumbran a través de las tinieblas que habitan su rostro, nos desplomamos, miro el jardín que de a poco crece derredor nuestro. Los segundos se han vuelto una marea que en sus aguas confunden el ayer con el ahora, y el instante con el futuro. Ella se aleja, se pierde en cósmicos espejos destellantes, hasta que veo, de nuevo, con claridad, y lo único que me queda de ella, un cráneo humano, bien definido, frente de mí.
No hay comentarios:
Publicar un comentario