[de algún momento de 2021]
Arrumbado al lado de un triste libro se encuentra una nota que nunca fue leída de manera correcta. Era una nota al pie de página de la vida. Eran unas cuantas letras, toscas, pero imprescindibles. Goteaba sangre de la orilla de la mesa. La tinta era sangre. “Te amo”, estaba escrito. El filo de la navaja trazó la caligrafía que cercenó el papel en blanco. El individuo estaba sentado sobre una silla de madera que olía aún a bosque. El libro reposaba frente a él. El hombre estaba abatido sobre su mesa de trabajo.
En la imaginación del individuo se figuraba una silueta divina que se clavaba en un pasado imposible, de esos de las que ya no se hablan, de los que ya no se piensan. En el reverso de un espejo de bolsillo se encontraba un pequeño grabado que tallaba el rostro de una mujer que había sido su amada. El grabado estaba hecho a mano y de memoria, pues el tiempo había disuelto sus memorias. Cada que miraba el sencillo grabado, un recuerdo anclado en un pasado que, con dotes de sus fantasías personales, aderezaban una historia nueva, cada vez más idealista, cada vez más contaminada.
Verdaderamente la amó. No obstante, no logró esbozar ninguna referencia de su rostro, ya ni si quiera en su recuerdo. A pesar de mirar el grabado, era como si todo lo que veía perteneciese a trazas de un retrato hablado. Ahora, en lugar de rostro, no podía más que superponer enormes vacíos oscuros en sus cuencas, con iris de luz, cabellos a veces dorados, a veces negros, una sonrisa delimitada por cortes de cuchillo e hilos de sangre recorriendo finamente la barbilla. Él recorría los campos donde llegaba la brisa fresca matutina diariamente con esa figura vacía. Cada mañana, en su mente, el salía a los campos alados, verdes de pureza y recolectaba los frutos de un manzano para comer todo el día. Él miraba al sol y lo ubicaba como el único punto estable entre el caótico cielo, que amaba también en las noches; estrellado de lejanas estrellas. Ahí, a su lado, estaba ella. Sonreía y vacilaba con sus palabras. En los recuerdos de antaño, solía tocarla y jugar con su cabello, luego morder sus cachetes y posteriormente, darle un beso. En aquel momento sus palabras se entendían. Cuando pasó el tiempo, su rostro se difuminaba y palidecía. Él tuvo que hacer esfuerzos brutales para que el cielo, el pasto, los olores, todo, permaneciera igual al del día anterior, pero poco a poco se desvanecía. Los olores se desvanecían en el tiempo. Ella se desvanecía en el tiempo. Al ser su único recuerdo activo, había abusado de él. Su rostro se desfiguró hasta lo que era ahora. El último día ocurrió del siguiente modo: el despertó como siempre, volteó a su lado y preguntó: -amor, ¿cómo estás? - escuchó un balbuceo disfórico, la observó, en ese momento solo era silueta, trató de tocarla como solía hacerlo, pero no pudo más que atravesar su espectro. Rutinariamente, bajó a cocinar unos huevos a la leña, abrió la ventana y no observó nada vivo, se dio cuenta de la repetición, de los escaparates mentales que estaba creando. No lo veía, pero él sabía que detrás de cada pájaro cantando y silueta conocida, estaba el universo amorfo y espeluznante del que no sabía nada. Observó a través de la rustica cocina a la pequeña sala de madera que era alumbrada por un rayo solar, miraba a una silueta comiendo, una silueta de mujer con el corazón sangrante. Se acercó y observó en el suelo las palabras: “ya no te amo”. Por primera vez coincidió algo de la idealización con la realidad después de tantos años. Después no hubo silueta y solo hubo silencio.
Él
despertaba sobre en la mesita de noche con un libro y dedicatoria que se encontraba
abierto. Él lo tomó y lo cerró. Pensó unos segundos. Lo abrió, arrancó la
primera página. Bajo el influjo de la locura, corrió a la cocina y cortó el
dorso de su mano para usar la sangre como tinta. Escribió con el cuchillo “ya
no te amo”, y él se desvaneció.
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