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miércoles, 24 de julio de 2024

Harakiri (?)

Deslicé la katana por su cuello. Carmesí, brillante y estrambótico, ese cuerpo se empapaba, y el suelo se manchaba de explosiones pirotécnicas de muerte. La luna impactaba a la sangre con su luz plateada, su reflejo colisionaba con mi iris formando la imagen nítida, era una noche brillante. Ya desangrado el cuerpo, en mis espaldas lo até, salí de la vieja habitación, con paredes cubiertas de flores petulantes en un marco de madera acartonado. Afuera de la casona había un barril con pólvora a medio llenar. Allí lo arrojé, y encendí una chispa con un pedernal antiguo, explotaban por los cielos omniscientes los restos de ese cadáver, apenas asesinado. 

-12.000- Daba la espalda, con indiferencia. Soltaba en el suelo un saco con monedas. Antes de tomarla, un par de sus matones me derribaron y golpearon, me dijeron que llegaba tarde, que a la próxima vez no recibiría nada. 

Resaca moral. Desperté, mire al techo que sobre mi existía, mire las paredes que formaban un cuarto reducido, mire mi pequeña pocilga que acaso podría llamar hogar. Otra esquina doblada del libro. Una vez más. Y se encapsula la rabia. Y la locura. No miro mi reflejo. Una bolsa de monedas. Pero alcanza. Puedo vivir. 

Es una punzada constante. Veo una foto. Acaso un pasado glorioso. Recuerdos permanentes. Sonrisas genuinas. Ojos del mar, y rostro lírico, promesas que pretenden trascender el tiempo tangible. Nunca fue mi culpa. No eso. El final. Casi como mantra personal y vengativo, juré matarla por su traición. Ensombrecí los gestos de mi rostro. Y, naturalmente, desaparecí por completo. 

Entonces conocí a ese bastardo para el cual trabajo. Tuve que arrancar un par de columnas antes de recibir encargo. Dormir con un muerto al lado, también. Destrozar vísceras, y oler sangre magullada. 

El bucle era por lo menos agradable, y dulcemente adictivo. Era, a causa de una búsqueda perpetua, el que me contentara con alcanzar el color rojo de la sangre, era, a causa de una desilusión perpetua, que mi hambre antes evaporada había vuelto. Era como si un pacto hubiera sellado mi destino. 

Recibí noticia de un nuevo encargo un par de días después de la última ejecución. Supongo, era el destino que inconscientemente me auguré en delirios. Supongo, las palabras a veces trascienden, necesitan trascender más allá de la estipulación oral, casi como una maldición que uno se adjudica a si mismo. Casi me atreví a decir que no, que no podía hacerlo. Por poco pregunto quién demonios le pondría precio a la cabeza de Akane. Acepté el encargo. 

El mejor momento era por la noche, enfrente de los Sakuras. Era la temporada perfecta. Los sábados solía dar un paseo nocturno. Alguna vez la acompañé, y subíamos el puente y frente al templo solíamos conversar hasta el alba. Entre las sombras, me escabullí un par de semanas debajo de los arbustos, y sobre las copas de los árboles, para mirar su rutina. Era la misma de siempre. 

Sangre fría. Pecho recalcitrante. Eso sentía. Pero daba igual. Así, perdería el corazón para siempre. Así nos liberaría, a ella de la vida, a mi del tormento. 

Me convencía de que era lo necesario. Salí por la tarde, bastó el aroma de la serrulata que revestía su alma para guiarme, incluso con los ojos cerrados, hacia donde ella se encontraba. Emergí entre las sombras silenciosamente y me detuve a sus espaldas. Ella miraba al cielo estrellado y en nebulosa, en transe. En el segundo antes de ejecutar acción vinieron a mi mente los recuerdos, el pasado, las tardes de verano donde vivíamos como personas normales, el calor, su calor, de sus besos, cuerpo, de su sexo, su elegancia letal, su forma de servir el té, todas las noches en vela que pasamos, sus ojos, que sabía que figuraban la imagen perfecta para ella en su contemplación: su pequeño paraíso. Deslicé la cuchilla por su cuello, ella alcanzó a voltear hacia mí, me miró, y es imposible para una amante no reconocer el semblante visual de quien ama, los ojos ya han penetrado el alma, supo que fui yo en su último hálito vital, entonces me petrifiqué. Ella vociferó un gargajo con sangre, y el dolor que ella sintió lo pude espejar, soy un hombre sin honor. Estoy escribiendo esto con su cadáver al lado mío, y ya me ha llegado el alba de nuevo, me he tardado en escribir esto más de lo que había proyectado. Ese es el motivo preciso de mi proceder. Toca el harakiri, he perdido la humanidad que me restaba. Ninguna cantidad de odio proyectado remedia el recibido. Bien, pues, adiós, adiós para siempre. 


 

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