Si me preguntan ¿qué es lo bello?, no puedo responder otra cosa que: yo no sé qué es la belleza, o lo bello en sí, pero ciertamente puedo decir qué no lo es.
Hablar de la estética implica las visiones particulares de cada individuo, y de ahí parte una de las primeras problemáticas de este rubro filosófico: que no existirán dos ópticas de que hablen exactamente de la misma experiencia, por más puntos de vista que hayan en el mundo. ¿Qué ve el otro? ¿Cómo lo ve?
No podemos saberlo. Sabemos de qué constan los sentimientos, pero siempre de manera general. No obstante, hay una coincidencia cuando hablamos de las emociones. Cuando decimos que estamos tristes, melancólicos, enojados, felices o desesperanzados, nadie sabe de qué modo lo estamos, pero todos comprenden, de una forma u otra, qué significa lo que decimos. Esto marca una profunda distancia entre los individuos. Y si bien hay personas que llegan a empatizar mejor con los demás, siempre ese acto se trata de una idea, entonces podemos concluir que lo que conmueve al otro es la idea del dolor ajeno. O, por otro lado, lo que anima al otro es la idea del regocijo de otro individuo.
En ese sentido, el ejercicio estético (que es la culminación de la reflexión acerca de lo bello), es una experiencia meramente personal. Ninguna persona se percatará de nuestra propia interioridad. Entender esto es ya bastante. No obstante, esto abre la reflexión a otro punto: ¿qué buscamos en ese sentimiento?
La respuesta a esa pregunta ha llenado libros y tratados filosóficos, se han descrito desde los procesos de la percepción hasta sus diferentes reacciones para el individuo, así como la marca que deja en el alma la experiencia estética, no sin falta de razones, pues es un tema complejo.
Casi nunca podemos explicar por qué algo nos parece bello. Cuando hablamos de algo bello, en realidad hablamos de un recuerdo y de las emociones que durante ese momento se suscitaban en nosotros. Buscamos, en esencia, momentos que nos hagan salir de la realidad como la conocemos. Ver algo que nos mueva las pasiones internas. Solo nosotros experimentamos el cómo. La estética es un ejercicio personal. Las corrientes artísticas alinean los diversos pensamientos en una reglamentación, este hecho da márgenes a partir de los cuales hablar o no, pero muchas veces los artistas son aún más grandes que esas reglas, por eso las rompen. Sin embargo, el costo de ese acto es conocer la técnica, para que, en conjunción a la sagrada creatividad, explote en un nuevo mundo nunca antes visto.
La estética y su representación debe estar normada. Si no lo estuviera, una mirada cualquiera sería 'estética', es decir bella. Hay elementos que encontramos bellos por casualidad. Pero, si pensamos un poco más a fondo, podemos concluir que lo que encontramos bello es el significado que hay tras de ellos, eso que los hace únicos e irrepetibles, y absolutamente comunicantes. Caminar una mañana por nuestro vecindario y ver salir el sol no es solamente bello por el hecho de observar el astro naciente, sino por todo lo que significa: primeramente, una figura llamativa mucho más grande que cualquiera de nosotros. En segunda, el aviso de un abanico infinito de posibilidades esperando a acontecer, pues sabemos que en el día puede ocurrir potencialmente cualquier cosa. Tercero: el reconocimiento de nuestra pequeñez, donde se esconde un sentimiento de subyugación al futuro. Todo esto es un ejercicio mental. En el fondo, estamos complaciéndonos del producto de nuestras ideas acerca del agente externo.
Para que ese producto haya sido alcanzado no se necesitó ninguna técnica. No por lo menos ninguna expresada fuera de nosotros. No obstante, un excelente medio para canalizar la visión es la técnica. Aquí surge otro debate, y es: ¿el artista puede nacer de la técnica? No. El ejemplo claro son las pinturas contemporáneas que ilustran con técnica hiper-realista, que no se distancian prácticamente en nada de una fotografía. En esos casos, la creatividad nunca sale a la luz, y lo que vemos son imágenes plásticas.
La creatividad necesita aterrizar en el mundo práctico, y su mejor aliado es la técnica. Me molesta mucho la beta del arte 'conceptual', donde no se necesita técnica, visión, procedimiento, ni ninguna cualidad para expresar lo que el artista siente. Ni si quiera se si en esos casos el 'artista' siente. Ahí solo hay hambre de dinero y de forjar un renombre que está orientado en ser reconocible para comprar 'cosas' con valor inventado.
Ahora bien, el valor artístico es inventado, no obstante, reconocemos que hay algo valioso ahí. Reconocemos que la visión existe.
Detrás de toda obra artística hay una afirmación de la vida, siempre particular. Eso es lo que buscamos cuando deseamos algo bello. Las razones son desconocidas, pues 'en los gustos no hay nada escrito'. Ese juicio está más a flor de piel de lo que parece. En toda decisión que vaya más allá de la satisfacción de las necesidades básicas se encuentra el juicio estético, porque siempre tendemos hacia lo bello. Es lo preferible. Es lo que nos alegra y nos hace vivir. Queremos una familia porque brinda momentos bellos y estéticos que nunca se olvidan. Queremos leer porque nos transporta a mundos que no son reales o porque por medio de palabras podemos alcanzar a vivir (aunque sea solo por instantes), la belleza en sí misma.
Ese juicio oscila entre los filamentos más significativos de la existencia, diciendo lo que no se puede decir, o no nos atrevemos a decir, y formas excepcionales. En el camino, nos perdemos entre penumbras sin fin o paraísos etéreos. Todo eso nos hace mejores personas, porque plantear el juicio estético es equivalente a buscar la excelencia. Ese es el único camino para alcanzarla. Ese es el único camino a seguir.
O-
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