Hablar de la muerte tiene una connotación muy poderosa: que su llegada está garantizada. Pensar en la muerte significa pensar en el final del todo: la desintegración de la vida, del cosmos, de todo lo que hemos conocido hasta el momento tal y como lo figuramos en nuestra mente, ya que es bien cierta una cosa, tenemos el hecho empírico de que cuando alguien muere la consciencia que habitaba su cuerpo desaparece, y que ese mismo cuerpo se descompone hasta convertirse en polvo (en un proceso muy macabro).
Pero, si reflexionamos bien, lo que presenciamos siempre es la muerte ajena, a menos que sea nuestra propia muerte, de la cual no hay vuelta atrás. Aún en experiencias cercanas a la muerte, la salvación del individuo es solo una prórroga antes del punto final.
Ante lo dicho, los individuos asumimos diferentes posturas ante la muerte, porque es verdad que el hecho de pensar en ella nos genera una ansiedad que se afronta de diferentes modos. Muchos individuos niegan (o tratan de burlar) su existencia, tanto sobre protegiéndose, como exponiéndose de más, en el fondo son dos caras de una misma moneda. Aquel paranoico que paga sumas incomprensibles de dinero anuales por un seguro médico que no usa, que está alerta de cada malestar en su cuerpo, por mínimo que sea, tanto aquel que expone su integridad en pelas físicas y deportes extremos, y actividades de alto riesgo, no se comportan tan diferente, pues obedecen al razonamiento ya mencionado de negar la muerte. Uno mediante métodos obsesivos compulsivos, otro por mera compulsión. Pero es natural. En realidad, el individuo no puede salir de ese espectro, pues o bien se encara la muerte (en los momentos previos al juicio final), o se le evade (como día a día lo hacemos).
El periodo de tiempo en el que habitamos es la gran prórroga. El momento previo a nuestra muerte, ¡ese es todo el momento que representa nuestra vida! Si lo observamos netamente, de lo único de lo que gozamos es de tiempo y recursos (que varían dependiendo del contexto previo al individuo). Eso indica que, al final de cuentas, por adversa que sea la situación, siempre tenemos una decisión por tomar: dictaminar como consumir el tiempo que nos queda de vida. No me sorprende por qué el miedo existe, a nadie debería sorprenderle. Sócrates creía que después de la muerte había potencialmente dos opciones; o bien que todo pereciera, y que el final aconteciera como un descanso eterno, o bien que existiera un más allá parecido al cielo, donde todas las almas podrían convivir eternamente en un lugar sin tiempo. La duda eterna nos inyecta una incertidumbre doble, pues por un lado, tenemos que no sabemos con exactitud que pasará mañana, y por el otro, no sabemos qué pasará al final, después de todo.
Vivir el día a día oscila entonces entre el misterio de las circunstancias particulares y la (a veces remota) posibilidad del fin. Volvemos al mismo punto que hace unas líneas: netamente tenemos tiempo (indefinido, pero expectamos que sea mucho), recursos, y la posibilidad de decidir qué será, en la medida de lo posible, el mañana.
Bajo mi punto de vista, la multiplicidad de la vida tiene sentido dado el hecho de que, como individuos, y en cierto pacto implícito, como humanidad, nos hemos dado cuenta de ello. Por ello actuamos como actuamos, sea cual sea nuestro comportamiento, porque habrá un final, y queremos significar nuestra vida mediante las acciones que hacemos para nosotros mismos. Adquirir consciencia de ello, sobre todo si uno es muy chico, es decir, siendo niño, es una verdad muy dura de asimilar. No obstante, ahí es donde se bifurca por primera vez el camino de los infantes hasta llegar a lo que serán, pues la etapa de los cero a los tres años es (o debería ser) normativa para todos los pequeños humanos, pues son aún muy frágiles como para siquiera caminar o defenderse. Pero después, es por medio de la adquisición de consciencia y de esa verdad primigenia que el individuo decide qué hará con su vida y en qué la consumirá.
Alguna vez me pregunté qué ocurriría si pretendiéramos ser inmortales. Concluí que nada tendría sentido. Eventualmente, supongo yo, todo estaría quieto, perderíamos movimiento. ¿A quién le gustaría gastar la habilidad de hacer cualquier cosa hasta más allá de la muerte? Hasta más allá del límite inimaginable alguna vez tratado de concebir por el ser humano. Las historias de amor tienen sentido porque son un hecho único, porque cada ser humano es único e irremplazable, y esos tratos que existieron en una relación, en su especificidad, se olvidan a través de los siglos a la vez que el tiempo se desvanece, y solo el susurro del viento queda como remanente de tantas acciones, y es ese mismo viento el que nos cuenta lo grande o terrible que alguna vez fue algo. Sí, las cosas terminan, pero probablemente es el ciclo el que debamos de tener en mente, y que somos parte de sus engranajes. Sí, el tiempo es limitado, pero entonces nuestro deber es evitar una vida que no valga la pena ser vivida, tal y como la hemos vivido hasta el día de hoy otra vez, ¡eternamente!, como diría Nietzsche.
Aquella vez que me pregunté por la inmortalidad escribí un cuento en donde un científico crea una máquina que le otorga el preciado deseo de nunca morir, pero en el camino, habiendo visto todos los mundos existentes, habidos y por haber, se siente solo, y de pronto solo anhela lo que ha vivido, porque nadie más puede acompañarlo. En eso, quiere entonces esperar hasta el principio o el final de los tiempos, pero esa pregunta no tiene más sentido, pues el tiempo ha perdido sus medidas, nada puede ser medible para él. El científico se dedica, pues, a revivir una y otra vez su vida antes de ser inmortal, pues es ahí donde las cosas significaban, y donde el silencio no era su único acompañante. [Este texto podría ser próximamente publicado en este blog].
Así pues, la muerte es lo único seguro de la vida, la reflexión puede terminar ahí. Pero hay un cierto desdén e inconformidad al respecto, que a más de uno incomoda. ¿Cómo es posible que las cosas acaben, que no exista una recompensa por todo aquello bueno que hice en vida? ¿Cómo es posible un final? Esa es una de las preguntas que no se pueden responder, pues no configuramos el universo, ni la realidad existente. No tenemos las herramientas para hacerlo. La salida a esta pregunta tan grande es la invención de las religiones, pues generan una mitología fantástica de seres que existen en planos supra-humanos. Y como todo aquello supera nuestras capacidades físicas, aún llevadas al límite, solo queda fascinarnos por el poder de la imaginación y su famoso "y si...". Para mí es claro que después de la muerte no hay nada. Todo acaba, hasta la magia. Pero afirmar la vida es lo que nos queda, mientras ésta nos pertenezca. Signifiquemos nuestra existencia, ya que estamos aquí, y no temamos a la muerte, pues como diría Epicuro: mientras la muerte no está, yo estoy aquí, y cuando ella está, yo ya no, luego entonces es ilógico preocuparse por algo que no está aquí.
-O
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