Hoy escribo como seguidor. Como seguidor de un artista de talla mundial. Como alguien que puede reconocer que habla a través del prisma del más profundo gusto personal. Pero es que sin eso no se habla. Sin el sesgo, hablaríamos de fría filosofía analítica (y ni eso). Hoy les voy a contar mi experiencia en el concierto "Sin Cantar ni Afinar" de Antón Álvarez, mejor conocido como C. Tangana.
Era junio de este año. La cuenta personal de C. Tangana sube una historia donde anuncia la gira "Sin Cantar ni Afinar", programada para los días quince y dieciséis de noviembre de 2022. Desde ese momento supe que era una oportunidad única. No tanto por desconocer el paradero de Antón posterior a su visita, pues vamos, tiene treinta años, y se encuentra en pleno despegue musical, sino, más bien porque podría suponer la experiencia del espectáculo que conlleva vivir uno de sus conciertos. Las críticas en Twitter hablaban por sí solas, miles de historias en Instagram también lo confirmaban: el tipo es un showman. Pero no nos adelantemos.
Decidí consumir mis ahorros para comprar el boleto. Estuve dispuesto a apartar General A, es decir, la sección más próxima al escenario. Las entradas se vendían como pan caliente, y yo entraba en desesperación por comprar un boleto. Finalmente lo conseguí, y lo que me quedó fue simplemente esperar.
El día del concierto llegó, yo también llegué al Palacio de los Deportes, a eso de las siete de la noche. Hice una fila de una media hora antes de pasar directamente al interior del recinto.
Una pantalla enorme cubría tres cuartos del escenario donde se podía leer claramente "Sin Cantar ni Afinar Tour", y una cámara apuntaba al público, de modo que todos los seguidores nos veíamos ahí. Me sorprendió que dos horas antes de la presentación ya había generosa cantidad de personas esperando. Me acerque a unos quince metros del escenario, y aún tenía que esperar a las nueve de la noche.
Todo valió la pena, pronto el silencio de la espera parecía esfumarse en halos de euforia que se extendían entre todos los fanáticos, ya eran las nueve. Pucho tardaba en salir, ¿qué pasa? Pucho tardaba, sal ya Pucho. Los tambores rompían el silencio y la multitud ensordecía, enloquecía en gritos afinados en una sola sintonía: la emoción. El escenario proyectaba luces, de pronto salió Pucho, jovial, trapero, rockstar: El Madrileño. Aún no ha dejado de ser Cremita del todo.
Pero la sobremesa apenas comenzaba, pronto se comenzaba a observar la planeación absoluta del concierto. Tirando los dados y con la nariz untada en perico [cita requerida] Pucho daba rienda suelta al verdadero sabor, a lo cual Cambia(bamos)! a recordar que estamos en la tierra de los chingazos.
Se profundizó en El Madrileño con Comerte entera, pero a su vez se alternaban temas de su discografía anterior, que sinceramente no conocía, pero de todos modos bailaba. Nos sorprendía la ejecución de Párteme la cara con un Ed Maverick que parecía más consolidado, "Acúerdate bien de que tienes..., acá no pasó nada..." Se oía Ateo, adquisición musical encontrada en la sobremesa, se oía Te Olvidaste de quién te enamoraste...
La canción que paralizó mi corazón fue Demasiadas Mujeres, cuya introducción es tomada de "El Amor", y fue añadida en el concierto, resultó aún más épica de lo que ya era. Aquella canción la canté con más pulmones y energía del infierno que las anteriores. Se desvaneció el tiempo. Aún puedo oír esas trompetas...
Me gustó la exploración que se hizo de la sobremesa, pues Pucho cantaba el himno a la fidelidad, Me maten, y su legendario coro: "me muera no les pueda fallar, yo sin esta gente pa' que cojones quiero pasar... Me maten, me me maten...".
Y ahí estaba Ingobernable y su son que siempre invita a bailar, y ahí estaba Nominao, y estaba para mi sorpresa Antes de Morir, colaboración original con Rosalía... Nada me costó soñar pensando un segundo en verla también en el escenario.
Estuvo la transición tan ingeniosa y chistosa a Llorando en la Limo, pequeños asaltos de trap muy bien engarzados en la ejecución global del Madrileño. Y ¡Toma que toma!, y aún recordamos al chaval hambriento que no invitabais al baile, antes cuando era inocente antes, antes él no era nadie ¡toma que toma!, y ahora todo el día metido en farra, escalando pa'lante. Intentando olvidar, toreando recuerdos que arden...
Lamentablemente, todo tiene un final, y la canción de cierre fue Hong Kong, no mi favorita, pero respetable. Me quedé con las ganas de que se tocara Cuando Olvidaré, pero entiendo que el legendario discurso que pronuncia Pepe Blanco no pudo ser reproducido sin el autor presente, pero qué lástima.
C. Tangana es un absoluto showman. Es alguien que disfruta de brindar un espectáculo, y esto es visible en cada detalle que plasma en la puesta en escena, que pareciera más orientada a la reproducción en teatro que en un foro tan amplio. Ahí se perdía la acústica, a pesar de que toda la orquesta se reprodujo de manera sinfónica (a excepción de las pistas de trap) de manera excepcional. Antón disfruta de dar el espectáculo, pero nada de eso tendría sentido sin que antes disfrutara de hacer música, y esto se nota. Se nota la pasión, y ese, queridos lectores, ese es el punto nodal de cualquier artista. Antón comparte su amor por la música de manera coherente, estrafalaria, excéntrica, pero sobre todo, con pasión y determinación absoluta.
Sin Cantar ni afinar Tour fue un excelente concierto, demostrando Antón que no solo está a la talla de un Palacio de los Deportes, sino que ya le va quedando corto. Poco le falta para ascender a ligas aún más grandes. ¡Viva Pucho!
-O
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