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lunes, 20 de abril de 2026

Carnicero, de Joyce Carol Oates

 

El Carnicero, de Joyce Carol Oates

 

Destacar un solo punto de Carnicero, de Joyce Carol Oates resulta complicado, porque todos ellos conforman un buen libro y simplemente están allí, cohesionados, y brillando en conjunto.

Del Dr. Silas Weir basta con decir lo evidente: que en verdad nunca fue ni un verdadero médico, ni un verdadero caballero. Esto es importante porque ¿cuántas veces no se presentó como iluminado por la mano de Dios, siguiendo lo que la Providencia le indicaba? Weir representa la caracterización más clara y evidente del mal absoluto. Violentaba, mataba, subordinaba, y, en una palabra, hacía uso, re-uso y abuso del poder. A diferencia de monarcas o reyes a quienes esto no suele representar un problema aparente, (llámese Napoleón Bonaparte, Julio César, etc., pues integran visión en su voluntad de poder) Weir solo gustaba de sacar provecho de su poder para sí mismo, nunca a favor de una causa o algún ordenamiento más allá de su tosca noción de providencia y satisfacción personal. Esto lo convierte en un mediocre moral.

Pero lo que hace que no resulte en un caricaturesco personajillo es que presenta evidentes claroscuros. A pesar de que podamos decir de Weir desde el segundo uno en que se nos presenta en el libro, que tiene una moral torcida, la narrativa que él se inventa lo hace parecer ver como un bienintencionado. En momentos puntuales su máscara de amabilidad y altruismo lo hacen pasar por, incluso, un buen médico. Eso lo podemos ver sobre todo en el primer cuarto de la novela, cuando Weir es un mediocre ‘médico’ en ascenso. Huelga decir que ni si quiera pudo refinar habilidades básicas de su oficio, como suturar, realizar diagnósticos oportunos, o reconocer correctamente la anatomía del cuerpo humano. Lo anterior lo aprendió ‘a medias’ y ‘sobre la marcha’, lo cual llama la atención cuando ‘teniendo experiencia’ tenía que ejercer sus habilidades y terminaba por hacer un desastre. Recordemos su intento de ‘curar’ el labio leporino, el experimento para la ‘cura’ de la diarrea, el sádico asesinado de la niña con hidrocefalia.

La locura absoluta comienza cuando por azares del destino sale de Chenut Hill, y asume el cargo del sanatorio mental de Trenton para lo cual puede dar rienda suelta a sus impulsos más violentos ‘en aras de la ciencia’. Si nos preguntamos ¿qué realmente hizo?, ¿fue pionero en algo? Solo podremos contestar con un único ‘logro’. Ese único y más grande logro de Weir no es de Weir, es de Gretel, la enfermera más experimentada de ese sanatorio, que ya tenía experiencia realizando curaciones. Hablamos de la cura para la fístula, que se trata de una fisura precisamente en el interior de la cavidad vaginal que causa incontinencia en los esfínteres de evacuación. La sugerencia de cambiar el hilo de sutura normal por uno de plata en la paciente Brigit, de la cual hablaremos en seguida, fue idea de Gretel, y Weir se apropió del mérito simplemente porque su posición de poder y moral se lo permitían.

El anterior es sólo uno de los ejemplos -somero incluso- de su maldad encarnada. No podemos entender el libro ni al doctor mismo sin hablar precisamente de Brigit Kinealy. Para Weir, un ser angelical en el cuál no tiene remordimientos de pasar por encima como lo hace con todo lo que conoce. Es cierto, le llama la atención su belleza exótica, aquella lo cautiva, pero no puede amarla, él simplemente la quiere poseer. Y eso hace. Posee su vida, su alma, anhela representar su salvación. Pero lo que Silas Weir nunca pudo visualizar es que Brigit además de ser un ser profundamente sensible, es también profundamente inteligente. Este contraste con respecto a él es enorme, sobre todo en los diálogos que sostenían en torno a los tratamientos de las enfermas, a quienes ella solicitaba compasión.

Toda la tiranía del Dr. Weir solamente podía conducir a lo que terminó ocurriendo en el libro: con una insurrección. Naturalmente, el odio era mucho más grande que los deseos de una organización ulterior (más allá de la masacre programada por las enfermeras hacia Weir). Y por eso, la única opción para ellas fue huir una vez que lo abatieron. Que Weir haya sufrido las consecuencias de sus actos, y que de por medio Oates haya hecho un acto de denuncia a la brutalidad, machismo, y los desastrosos caminos a los cuáles conduce la especulación pura y falta de técnica en un sector tan importante como lo es el de la salud, son los aciertos más grandes de esta novela.

El libro podría acabar allí, pero la subtrama es sorpresivamente romántica y acertada para el tono llevado hasta ahora. Hablamos de la vinculación entre Jonathan, primogénito de Weir, y Brigit. Después de haber sido incapaz de azotarla, entablan una relación platónica y romántica. Platónica porque, bajo el contexto en el que se vinculan, nunca podrían estar el uno con el otro. Y romántica porque sí hay una correspondencia entre ambos, que precisamente se pone en tela de juicio hacia el final de la obra. Entendiendo que la trama principal es la del carnicero, y que la coherencia interna del libro nos conduce a su satisfactorio final, podemos comprender que esta subtrama no sea resolutiva, y quede a la especulación si Brigit renunciará a su vida hasta ese momento por Jonathan. ¿Por qué preservaba tras todo ese tiempo (ya casada) su anterior anillo de compromiso? ¿Qué le dijo en ese trozo de papel a Jonathan? Son preguntas que estimulan nuestra imaginación lectora, pues no son resueltas.  

El desenlace de cada personaje no se siente forzado ni superficial. Incluso, podría decir que en términos técnicos se me cruzó una segunda novela dentro de la novela principal, casi sin darme cuenta. Pareciera el final del libro ser, incluso, el cimento fuerte para una secuela en la que se pudiera explorar la nueva vinculación de Brigit con Jonathan, pues el material expuesto da lo suficiente como para lo misterioso, accidentado y problemático que un nuevo libro pueda explorar. O puede quedar simplemente abierto para que nosotros imaginemos el resto. En el fondo, da igual porque la novela ha sido genial.

Carnicero, de Joyce Carol Oates es una pieza muy bien ejecutada de la reciente literatura norteamericana.

 

por Octavio Cervantes

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