El
Carnicero, de Joyce Carol Oates
Destacar un solo punto de
Carnicero, de Joyce Carol Oates resulta complicado, porque todos ellos conforman
un buen libro y simplemente están allí, cohesionados, y brillando en conjunto.
Del Dr. Silas Weir basta
con decir lo evidente: que en verdad nunca fue ni un verdadero médico, ni un
verdadero caballero. Esto es importante porque ¿cuántas veces no se
presentó como iluminado por la mano de Dios, siguiendo lo que la Providencia
le indicaba? Weir representa la caracterización más clara y evidente del mal
absoluto. Violentaba, mataba, subordinaba, y, en una palabra, hacía uso, re-uso
y abuso del poder. A diferencia de monarcas o reyes a quienes esto no suele
representar un problema aparente, (llámese Napoleón Bonaparte, Julio César,
etc., pues integran visión en su voluntad de poder) Weir solo gustaba de sacar
provecho de su poder para sí mismo, nunca a favor de una causa o algún
ordenamiento más allá de su tosca noción de providencia y satisfacción personal.
Esto lo convierte en un mediocre moral.
Pero lo que hace que no
resulte en un caricaturesco personajillo es que presenta evidentes claroscuros.
A pesar de que podamos decir de Weir desde el segundo uno en que se nos
presenta en el libro, que tiene una moral torcida, la narrativa que él se
inventa lo hace parecer ver como un bienintencionado. En momentos puntuales su
máscara de amabilidad y altruismo lo hacen pasar por, incluso, un buen médico.
Eso lo podemos ver sobre todo en el primer cuarto de la novela, cuando Weir es
un mediocre ‘médico’ en ascenso. Huelga decir que ni si quiera pudo refinar habilidades
básicas de su oficio, como suturar, realizar diagnósticos oportunos, o
reconocer correctamente la anatomía del cuerpo humano. Lo anterior lo aprendió ‘a
medias’ y ‘sobre la marcha’, lo cual llama la atención cuando ‘teniendo
experiencia’ tenía que ejercer sus habilidades y terminaba por hacer un desastre.
Recordemos su intento de ‘curar’ el labio leporino, el experimento para la ‘cura’
de la diarrea, el sádico asesinado de la niña con hidrocefalia.
La locura absoluta
comienza cuando por azares del destino sale de Chenut Hill, y asume el cargo
del sanatorio mental de Trenton para lo cual puede dar rienda suelta a sus
impulsos más violentos ‘en aras de la ciencia’. Si nos preguntamos ¿qué
realmente hizo?, ¿fue pionero en algo? Solo podremos contestar con un único ‘logro’.
Ese único y más grande logro de Weir no es de Weir, es de Gretel, la enfermera
más experimentada de ese sanatorio, que ya tenía experiencia realizando
curaciones. Hablamos de la cura para la fístula, que se trata de una fisura
precisamente en el interior de la cavidad vaginal que causa incontinencia en
los esfínteres de evacuación. La sugerencia de cambiar el hilo de sutura normal
por uno de plata en la paciente Brigit, de la cual hablaremos en seguida, fue
idea de Gretel, y Weir se apropió del mérito simplemente porque su posición de
poder y moral se lo permitían.
El anterior es sólo uno
de los ejemplos -somero incluso- de su maldad encarnada. No podemos entender el
libro ni al doctor mismo sin hablar precisamente de Brigit Kinealy. Para Weir, un
ser angelical en el cuál no tiene remordimientos de pasar por encima como lo
hace con todo lo que conoce. Es cierto, le llama la atención su belleza exótica,
aquella lo cautiva, pero no puede amarla, él simplemente la quiere
poseer. Y eso hace. Posee su vida, su alma, anhela representar su salvación.
Pero lo que Silas Weir nunca pudo visualizar es que Brigit además de ser un ser
profundamente sensible, es también profundamente inteligente. Este contraste
con respecto a él es enorme, sobre todo en los diálogos que sostenían en torno
a los tratamientos de las enfermas, a quienes ella solicitaba compasión.
Toda la tiranía del Dr.
Weir solamente podía conducir a lo que terminó ocurriendo en el libro: con una
insurrección. Naturalmente, el odio era mucho más grande que los deseos de una
organización ulterior (más allá de la masacre programada por las enfermeras hacia
Weir). Y por eso, la única opción para ellas fue huir una vez que lo abatieron.
Que Weir haya sufrido las consecuencias de sus actos, y que de por medio Oates haya
hecho un acto de denuncia a la brutalidad, machismo, y los desastrosos caminos
a los cuáles conduce la especulación pura y falta de técnica en un sector tan
importante como lo es el de la salud, son los aciertos más grandes de esta
novela.
El libro podría acabar
allí, pero la subtrama es sorpresivamente romántica y acertada para el tono
llevado hasta ahora. Hablamos de la vinculación entre Jonathan, primogénito de
Weir, y Brigit. Después de haber sido incapaz de azotarla, entablan una
relación platónica y romántica. Platónica porque, bajo el contexto en el que se
vinculan, nunca podrían estar el uno con el otro. Y romántica porque sí hay una
correspondencia entre ambos, que precisamente se pone en tela de juicio hacia
el final de la obra. Entendiendo que la trama principal es la del carnicero, y
que la coherencia interna del libro nos conduce a su satisfactorio final,
podemos comprender que esta subtrama no sea resolutiva, y quede a la
especulación si Brigit renunciará a su vida hasta ese momento por Jonathan.
¿Por qué preservaba tras todo ese tiempo (ya casada) su anterior anillo de
compromiso? ¿Qué le dijo en ese trozo de papel a Jonathan? Son preguntas que estimulan
nuestra imaginación lectora, pues no son resueltas.
El desenlace de cada
personaje no se siente forzado ni superficial. Incluso, podría decir que en
términos técnicos se me cruzó una segunda novela dentro de la novela principal,
casi sin darme cuenta. Pareciera el final del libro ser, incluso, el cimento
fuerte para una secuela en la que se pudiera explorar la nueva vinculación de
Brigit con Jonathan, pues el material expuesto da lo suficiente como para lo
misterioso, accidentado y problemático que un nuevo libro pueda explorar. O
puede quedar simplemente abierto para que nosotros imaginemos el resto. En el
fondo, da igual porque la novela ha sido genial.
Carnicero,
de Joyce Carol Oates es una pieza muy bien ejecutada de la reciente literatura
norteamericana.
por Octavio Cervantes
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