Siempre que un libro se plantea un escenario grotesco supone una dificultad mayúscula. O bien debe tomar concesiones respecto a la veracidad de sus planteamientos, o subyugarlos a una lógica interna demasiado elaborada. Que Bazterrica haya tomado el primer camino sin que esa concesión haya hecho el libro colapsar solo demuestra su maestría literaria.
Es debatible si el libro se trata, en esencia, de un escenario distópico en el cuál hemos sido obligados a consumir carne humana derivado del misterioso virus que infectó a los animales, y que por lo mismo al comerlos morimos nosotros. El planteamiento es, por el contrario, las situaciones límite que el hipotético caso implicaría. Los motivos en torno a la consistencia de ese escenario dejan de importar cuando las imágenes literarias son más fuertes que las preguntas en torno a por qué pasó lo que pasó.
Esto último es importante porque un buen libro posee en su formulación la ontología de su propio universo.
La ontología de la presente obra es un mundo en el cuál las cabezas de ganado son humanas. El horror que se desprende de ese hecho es retratado de manera fascinante y misteriosa. Imaginar las piernas, los torsos, los humanos destazados colgando en los almacenes de los mataderos resulta en una potente imagen estilizada que en el fondo nos conduce a otra pregunta: ¿somos capaces de visualizar el horror que implica nuestro consumo de la carne? Tendemos a la indiferencia para con los animales sacrificados, justificando sus muertes en aras de nuestro consumo humano. La supervivencia de una especie siempre implica que se posiciona por sobre otras, desplazándolas por medio de lo que denominaríamos violencia, pero un animal hambriento no está pensando que para alimentarse ha hecho uso de la misma. Simplemente consume y ya. En palabras simples, el consumo, nuestro consumo implica destrucción y daño colateral siempre. Es un daño que, aunque fuéramos veganos, asumiríamos. [La cuestión de que el veganismo también implica sus formas de daño y destrucción son otras, pero el punto se ve bien expuesto.] Si lo anterior es cierto, podemos preguntar: ¿por qué se convierte en violencia si nos alimentáramos de otro ser humano?
Sencillamente, porque somos capaces de reconocer a un par humano como de nuestra misma condición. Este hecho nos hace conscientes de que estamos inmersos en una sociedad en la que el otro aparte de ser igual a nosotros, es un aliado (o por lo menos, se le respeta su humanidad). ¿Qué pasaría si nuestra hambre profunda (la que nuestra biología nos condiciona a poseer) se viera obligada a no estar por sobre otras especies -ya no hay animales comestibles- y nos obligara a arrancar la carne de nuestros pares?
Efectivamente, parte de la respuesta se cifra en que aquellos con más recursos internalizarían la lógica de consumo por medio de la jerarquía y una hipertrofia de su propia necesidad de carne.
Esa lógica mortal es la que Bazterrica denuncia, que en el fondo es una lógica profundamente capitalista, y una que también conduce a un espiral de horror y de violencia.
Aquí es donde el planteamiento del libro adquiere su mejor y más acertado punto, pues Marcos, el protagonista, envuelto hasta el tuétano en el espiral de los horrores, trata de hacer un contrapeso. El libro nos logra engañar. Al menos, a mi me logró engañar. En verdad pensé que cuando el libro decía que "él sabía que estaba mal, pero lo hizo" se refería primero a que sólo 'gozaría' a la hembra que obtuvo de regalo en términos del mismo libro (básicamente, que sólo la violaría). Luego pensé que se refería a que en verdad la cuidaría y trataría de formar una familia, quizá aunque trastabillado, dando un paso más allá de su hijo muerto. Pero nunca imaginé que en verdad se refería a que sólo la usaría para tener otro bebé, sublimando su trauma y terminando como un utilitarista. En ese momento, el cuestionamiento es si en verdad todo ese tiempo trató de escapar a la lógica de consumo y de horror en el cuál se veía inmerso trabajando en el matadero. Nunca pudimos decir de Marco que fuera un tipo precisamente ético, pero hasta la primera mitad del libro sentía rechazo por existir en el nuevo mundo. Extrañaba a los animales y recordaba con melancolía cuando iba al zoológico con su padre a quien consumió la demencia. Digamos que por lo menos tenía motivaciones en las cuáles veíamos intentos por ser más que el horror somatizado y absorbido por su trabajo y recuerdos. Veíamos cómo es que intentaba sacarse esa piedra del pecho que después se pulverizó y desgarró sus venas. Pero, o bien porque el egoísmo pudo con él, o bien porque sencillamente todo le resultó tan gris y opaco que terminó, en un golpe y con la estocada final del libro con sus buenas intenciones, misma que pondré a continuación: "Tenía la mirada humana del animal domesticado." Mazazo al rostro de la hembra. La despojó de quién también es su hijo, sustitución divina del que perdió. La rueda sistémica que propicia la violencia sigue girando, siempre sigue girando...
[PD: como observación técnica, me parece imposible que un libro posea descripciones con tantas reiteraciones innecesarias. Honestamente lo considero el único fallo notable que es un punto en contra del estilo. Sin embargo, a pesar del ruido que me hizo, la potencia de los planteamientos es aún superior. Por eso no arruinó la obra, pero en otras circunstancias pudo haberlo hecho.]
Nota final: 9.6/10
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