Solo dedicaré un par de palabras al eclipse del 14 de octubre de 2023.
A eso de las 9:30 de la mañana la luz adquirió tonalidades doradas. Se diría que era una luz de la post-guerra, con sabor a desolación. Una luz que alumbra, pero no ilumina. Era, sin dudas, una luz mucho más solemne que la de un día cualquiera de otoño.
Las Islas de Ciudad Universitaria estaban repletas de fanáticos del eclipse que apenas dejaban espacio unos con respecto a los otros. Poder natural y astronómico: la sombra fue la que señaló la coordenada en donde debieran de reunirse los espectadores, en grupos de 70,000 personas incluso.
Percibí incertidumbre, ¿de qué exactamente? ya sabemos que ocurrirá. Pero parecía flotar entre nosotros cierto tipo de desasosiego, una ansiedad apenas perceptible. ¿Ya nos dimos cuenta de los poderes naturales?
Levanté la visión a través de un vidrio negro jade al cielo, lo que llego a observar es el sol en sus tonos amarillos poderosos con un huequito a su costado. Al fondo se escuchan los tambores, acaso como reminiscencia de los verdaderos rituales de Tenochtitlán.
En su punto máximo pude capturar una fotografía del sol escondido tras la sombra de la luna. Usualmente la luna es la que se esconde, el sol es el que domina, pero ayer el sol se vistió de luna. Una luna gigante y poderosa. Lumínica. A la que si miras de frente te destroza las córneas.
Ya cuando el sol volvía en sí, las nubes cubrieron unos segundos su luz y se pudo ver a través de ellas el eclipse. Convulsos aplausos y ovaciones surgieron de entre el público, porque efectivamente, se estaba observando un espectáculo.
Pude ver filas de veinte minutos para ver cinco segundos a través del telescopio, pic-nics, emoción y cercanía fraternal que un evento de esta naturaleza brinda. Así como el sol volvió a su estado natural, así se desarticuló el cuerpo de espectadores solares, el día volvió a ser normal.
Aquello fue como un bello poema que todos leímos, observamos y gozamos.
He aquí un par de fotos:
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