Me levantaba de una
pesada siesta. Pesadilla. En sueños alguien me ahogaba apretándome una bolsa en
la cabeza. Cuando sentí que la vida se escapaba de mi pecho, desperté. Ya eran
las 8:30 pm. Tallé mis ojos y fui a buscar agua.
Hacía tiempo que no
dormía en la tarde. Instintivamente tomé el teléfono celular y consulté las
notificaciones.
¿Qué? ¿Un mensaje de Lucía
Pereira? El aire de mis pulmones se escapó. Tuve que tomar un momento para reponerme
del sobresalto.
Hace seis años no éramos
extraños. Hace seis años la tomaba de la mano y desafiábamos al destino
imponiendo nuestra unidad con respecto al porvenir. Hace seis años éramos
dioses.
El mensaje decía: “Hey.
Sé que ha pasado mucho tiempo, ¿quieres hablar?”
Los momentos del pasado,
suspendidos en fractales de memoria, comenzaban a circundar por mi mente en ese
momento. Contesté algo, un saludo que inmediatamente abrió un diálogo. Inicialmente
pensé en regresar un poco de orden a esa relación fracturada desde hace tanto
tiempo. Pero también dentro de mí nacía una ira, primero sádica, luego
racional. Finalmente, deliciosa que me impidió elegir lo correcto.
No necesitaba la paz.
Necesitaba lo que era mío. Necesitaba ese beso, tocar esa piel tersa, besar
esos labios, cobrar las noches que eran mías. ¿Todo esto porque me engañó?
Bien… diría que sí. Ella se estaba metiendo al ruedo también. Ella jugó con
fuego primero.
Me sorprendió que la que
propuso hervir en fuego fue ella: -¿Quieres ver cómo se me ve mi nuevo
tatuaje?-
-Claro. ¿Tu quieres ver esta nueva marca de
ropa interior que he comprado?-
El intercambio de cuerpos
desnudos digital fue delicioso, pero no por la calidad de la piel que veía,
sino por el logro que suponía ante todo lo que estaba en juego de por medio.
Quizá los egos. El mío, más bien. Quizá ella también entendió que la forma de
cerrar este ciclo era haciéndolo estallar, porque nunca tuvo el rostro para
disculparse por mentirme. Quizá ella también se acordó de alguna noche de hace
seis años donde, bañados por la luz de la luna, me hablaba desde el alma.
-Que bueno oír tu voz de
nuevo, Lucía.-
-Gracias. Ja, ja, ja.
-Dime, cómo has estado.
-Pues fíjate que ya no
apliqué para la escuela de modas. Estoy estudiando para enfermería. ¿cómo ves?
Pero dime qué has hecho tú, ¿qué ha sido de tu vida?
-Yo estudié literatura.
Acabé el tramite de titulación hace apenas un mes. Estoy de pasante, ya mero
cae la chamba. Pero óyeme, chica, ¿por qué no te habías dejado ver? ¿por qué no
contestabas? ¿quieres tomar un café juntos?
-Sí, me encantaría.
¿Quieres mejor venir a mi depa? Podemos cenar algo…-, decía con una voz que no
recordaba que sedujera tanto. Capté de inmediato.
-Tengo una idea muy loca
para ti, chica. Para nosotros, pues. Este fin de semana tengo pensado ir a
Cuernavaca a pasarla. Es una casa de unos primos. Tengo que ir a limpiarla,
pero nadie me acompañará para allá. ¿Te parece si vamos?
Dudó un momento. Quise ir
a Cuernavaca sencillamente por un capricho personal. No fue problema convencer
a mis primos para que me dejaran un fin solo por allá, finalmente, las casas
abandonadas siempre exigen limpieza. Sencillamente quería tener algún tiempo a
solas con ella. Esto lo determiné casi
inconscientemente. Qué dicotomía, querer fuego pero a la vez, racionalizar algo.
¿A caso lo que vivimos ameritaba una segunda oportunidad? En realidad, no. Pero
no podía solo probar su cuerpo, tenía que probar su alma también.
-Vamos, Lucy. Hace tanto
no conversamos. Además, si llamaste es por algo. Piénsalo. Tengo mucho que
decirte.
-Te digo mañana.
Descansa.
Y colgó el celular.
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Al día siguiente (jueves,
saldríamos el viernes por la noche) mandó la confirmación. Ocho treinta de la
noche, algún lugar de Xochimilco. Pasaría por ella, conversaríamos, iríamos a
la casa el fin de semana, regresaríamos lunes por la mañana.
-Lucy, ya estoy aquí
afuera.-, le mensajeaba.
Mi auto era un March
azul. Veía a la distancia esa casa a ladrillos rojos. Era un tanto extraño lo poco
que había cambiado esa fachada.
Salió de la casa. Altura
media, rostro redondo, nariz y frente mediana, cabello muy lacio, chaqueta de
cuero negra. Creo que no creció ni un centímetro desde la última vez que la vi.
No era radiante, pero tampoco era fea.
Creo que adquirí cierta objetividad con respecto a su belleza después de no
haberla visto por tanto tiempo. La recordaba hermosa, tras los años la encontraba
más bien promedio, como un metal que no relucía. Su tez era blanca como la
recordaba. Tenía los ojos delineados de un negro profundo que la hacían ver más
agresiva de lo que de por sí ya era. Labios rojos y aún un poco partidos, como
los recordaba. Nunca ocultaba su efusión, nos saludamos, y ella dijo:
-¡Hola, cómo estas! ¿Qué
ha sido de ti?
-ven, sube al auto, te
contaré ahí qué ha pasado.
Conversamos. Tomamos la
autopista. Ella me veía con ojos de profundo deseo. Yo también a ella. Me dijo
que si podíamos parar para… Le dije que llegando a la casa tendríamos todo el
tiempo del mundo.
De pronto sentí entre mis
venas una pulsión muy fuerte de pisar el acelerador. Me quemaba la sangre. No
sé por qué lo sentía, pero fui presionando, primero poco a poco, luego de
manera fatal.
Ella comenzó a gritar que
qué me pasaba, que si quería matarnos a ambos. Yo simplemente no podía
articular palabra alguna.
Una piedra atascada en
una rueda volcó el auto, todo sucedió en la eternidad de los segundos más
largos que he vivido en la existencia, entonces nuestros cuerpos se mallugaron
entre las paredes metálicas. Dimos por lo menos tres vueltas en el
accidente, terminamos de cabeza y con las bolsas de seguridad apretándonos
entre los asientos.
Parecía que despertaba
por primera vez en mi vida cuando abrí los ojos. Veía las luces amarillas de
las farolas que alumbraban el camino de la autopista, al parecer vacía, nadie
venía a ayudarnos. Estábamos de cabeza. Me moví, y sentí el cuerpo entero
contracturado y roto. La sangre me nubló los ojos. Con la manga me secaba la
vista. El espejo retrovisor apuntó a mi rostro. Tenía varios golpes, un corte
en el labio que sangraba, una herida en la frente.
Voltee a ver a Lucía.
Estaba con un hilo de consciencia y llorando más de espanto que de dolor. La
sangre escurría de su boca, manchando su chaqueta de cuero y su camisa blanca escandalosamente.
Hubo varios segundos de
silencio. No estábamos muertos.
Recordé un momento en el
que regresábamos de una excursión del colegio, también era de noche. Sostuvimos
miradas. Casi nos besamos. Cuando uno es adolescente todo es casi. Casi
vivimos, casi bebemos, casi amamos. Casi sabemos lo que estamos haciendo.
De la columna vertebral,
surgió un impulso brutal de besarla. Lo obedecí. Ella también buscó mis labios.
Cada movimiento era una oda al pasado, en la noche cándida, yo y ella, en medio
de la debacle, teníamos el mismo deseo de vivir antes de morir. Acariciamos
nuestros cuerpos rotos, a veces apretábamos un poco más en la herida del otro
para que diera un brinquito y riéramos de ello. Nos desnudamos, dos cuerpos
heridos encendían la pasión de un fuego vehemente; la sangre, el carmín que
circula eternamente en nuestras venas finalmente se unía el de uno con el del
otro, en un roce erótico. Los cristales se
empañaban. Era como si una flor naciera en el apocalipsis, era la resistencia
de los niños inocentes que tanto tiempo gestaron ganas de algo, pero eran tan
jóvenes que no sabían de qué. Esto era el qué, los jadeos húmedos, las
cavidades húmedas, el momento presente y la intercalación de momentos de esa
tensión que cosquilleaba desde el pasado, donde los destellos estuvieron tan
cerca pero tan lejos. Todo ello no murió, aquello que no muere se transforma, y
se hace más fuerte.
Nacidos de la mente del
recuerdo
las dos caras de donde
nace la luz,
la luna y el sol se
amaron la noche,
se apagó la luz del
cuerdo.
Y para cuando despertaron
nada quedó, ni el sueño, solo
la bruma
de la melódica sinfonía
que el demonio dirigía
con nuestros cuerpos.
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